Ateleia cerró la puerta de su habitación y apoyó la espalda contra la madera.
Resopló, largo. Como si recién ahora pudiera soltar el aire que había contenido toda la noche. Se deshizo del vestido con movimientos mecánicos, sin mirarse al espejo. Se puso una camisa simple, suelta, y dejó el collar colgando entre sus dedos un instante antes de colocárselo de nuevo.
Siempre el collar.
Siempre ahí.
Se metió en la cama, de costado, mirando hacia el balcón.
Cerró los ojos.
La mansión quedó en silencio.
Alaric no dormía.
Caminaba de un lado al otro de su habitación como un animal encerrado. Se había quitado la chaqueta, la camisa, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas.
Valerius y ella. Solos. En la biblioteca.
La imagen se le clavaba como una astilla.
—Seguro la estaba calmando... —murmuró, con los dientes apretados—. Seguro la tocó.
La idea le encendió algo oscuro en el estómago.
No celos.
No todavía.
Era algo más primitivo. Territorial.
Golpeó la pared con el puño.
La piedra vibró. El impacto le dolió, pero no lo suficiente como para apagar el fuego.
Entonces la luna entró.
La luz plateada cruzó la habitación y se derramó sobre el balcón abierto. Alaric levantó la vista... y el recuerdo lo atravesó como un rayo.
Años atrás.
Una noche parecida.
Un salto imprudente.
El filo frío de un abrecartas contra su cuello.
Los ojos violetas mirándolo sin miedo.
Una sonrisa lenta, peligrosa, se dibujó en su rostro.
—...Siempre fuiste mala idea —susurró.
Se acercó al balcón. Apoyó una mano en la baranda. Midió la distancia sin pensarlo siquiera.
Su cuerpo recordaba el movimiento.
Saltó.
El aire nocturno le golpeó el rostro. Cayó con precisión en el balcón contiguo, sus pies hicieron un golpe seco. Las puertas estaban entreabiertas.
Como si lo estuvieran esperando.
Alaric empujó las puertas del balcón sin anunciarse. Entró.
El golpe seco de la madera contra la pared quebró el silencio de la habitación.
Se quedó inmóvil.
La luna entraba a raudales, tiñendo todo de un azul pálido, casi irreal. Ateleia estaba en la cama. No vestía los ropajes de la fiesta ni las capas que la volvían inaccesible. Llevaba una ropa sencilla de dormir, liviana, impropia de la imagen impenetrable que había construido para el mundo.
Su cabello oscuro caía suelto por la espalda, como si nunca hubiera conocido una trenza disciplinada ni una mano ajena que lo ordenara. La luz lunar la envolvía con una delicadeza que no pedía permiso.
Por primera vez esa noche, Alaric no supo qué hacer.
No era la Ateleia que había enfrentado en el salón.
No era la futura reina calculadora.
No era la pieza política.
Era... humana. Frágil. Demasiado real.
Sintió algo extraño, incómodo. Una fisura en la armadura.
Entonces lo notó.
Ella no dormía.
Ateleia estaba sentada en la cama, la espalda recta, los ojos violetas clavados en él. Despierta. Alerta. Sorprendida y avergonzada.
Alaric parpadeó una vez. Solo una. Se recompuso con rapidez, como si alguien hubiera encendido una llama detrás de sus ojos.
Ateleia no retrocedió.
Se levantó de la cama con un movimiento rápido, casi brusco, como si el colchón hubiera dejado de ser seguro en el instante en que él apareció. La tela liviana de la camisa cayó recta sobre su cuerpo, marcando sin buscarlo. No se cubrió. No se encogió.
—Sal de mi habitación —ordenó, con la voz firme, aunque el pulso le golpeara las sienes.
Alaric no se movió.
Se apoyó con calma insolente en el marco de la puerta del balcón, metió las manos en los bolsillos del pantalón y ladeó la cabeza, observándola como si fuera un territorio recién reclamado.
—Vaya... —murmuró—. Definitivamente la niña salvaje ya no está por aquí.
Sus ojos la recorrieron sin apuro. De arriba abajo. Sin disimulo.
—Ahora tenemos una... hermosa mujer —añadió—. Creciste.
La frase no era elogio. Era constatación. Y eso la enfureció.
Ateleia avanzó un paso.
—Ya está bien con que me jueguen a la dama obediente delante de los demás —dijo, con una calma afilada—. ¿Pero tú? —se acercó otro paso, sin miedo, sin bajar la mirada—. Tú jamás vas a decirme qué hacer. Ni quién soy. Ni dónde está mi lugar.
La distancia entre ambos se volvió mínima.
Alaric sonrió.
No una sonrisa amable.
Una lenta. Peligrosa.
—Cuidado con lo que dices —respondió, bajando apenas la voz—. No vaya a ser que te coma la lengua el gato.
El aire se tensó.
Ateleia sintió el impulso de empujarlo. De golpearlo. De hacerlo salir por donde había entrado. Pero no lo hizo. Porque entendió algo en ese instante: él estaba buscando reacción. Dominio. Terreno.
Y no pensaba dárselo.
—Vete —repitió—. Ahora.
Alaric dio un paso más hacia ella.
El enojo le endureció el rostro, pero debajo... había otra cosa. Algo demasiado vivo.
—No te acerques a mi hermano —dijo, con un filo nuevo en la voz—. No te corresponde.
Eso fue suficiente.
Ateleia sonrió.
No con dulzura.
Con soberbia.
—No eres mi guardián, Alaric Galios —susurró—. Y Valerius no es una extensión de tu voluntad. Si eso te incomoda... es tu problema. No el mío.
Por un segundo, el silencio fue total.
La luna los bañaba como si el mundo exterior no existiera.
Alaric se detuvo a un paso de ella.
Demasiado cerca.
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Editado: 07.02.2026