Un halo de luz le picó en el ojo a Cyprian y lo despertó.
No se movió de inmediato. Dejó que la claridad lo encontrara primero, como hacía siempre. El mundo debía esperarlo. El mayordomo ya estaba allí, silencioso, preciso, informándole sobre documentos, audiencias, decisiones que otros creían importantes.
Cyprian escuchaba.
Cyprian controlaba.
Al salir de su habitación rumbo al estudio, algo alteró ese orden perfecto.
Valerius estaba apoyado contra la pared, rígido, atento de una forma poco habitual. Más adelante, Alaric merodeaba el pasillo del estudio como un animal encerrado.
Aquello se salía de toda normalidad.
Cyprian decidió ignorarlo.
Siguió hablando mientras abría la puerta del estudio.
La voz del mayordomo se apagó de golpe.
El silencio fue absoluto.
Cyprian avanzó un paso... y lo vio.
Ateleia estaba sentada detrás de su escritorio. En su silla.
No se había movido al verlo entrar. No bajó la mirada. No pidió permiso.
Ateleia levantó los ojos.
La furia que contenía no era caótica. Era antigua. Domada. Peligrosa.
-Te permití demasiadas cosas desde que me compraste y me arrastraste a tu jaula dorada -dijo-. A ese lugar al que llamas hogar, aunque nadie en tu familia lo sienta como tal.
Se irguió en la silla. Espalda recta. Mentón elevado.
-¿Y ahora crees que también vas a decirme con quién me voy a casar?
Cyprian no reaccionó de inmediato.
La observó cómo se observa una grieta en una muralla: sin sorpresa, pero con cálculo.
-Fuera -ordenó.
El mayordomo parpadeó.
-Mi señor...
Cyprian giró apenas el rostro.
-Déjanos.
El hombre salió sin mirar atrás. La puerta se cerró.
El aire cambió.
Cyprian avanzó despacio.
-Te sentaste en mi silla -dijo-.
Eso no es un error. Es una provocación.
Rodeó el escritorio, apoyando la mano sobre la madera. El calor respondió al contacto.
-Nunca te enseñé a confundir desafío con poder.
Ateleia no se movió.
-Nunca fue tu intención enseñarme a elegir -respondió.
Cyprian sonrió. No había humor en ello.
-No necesitabas elegir. Tu destino fue decidido cuando aún no sabías pronunciar tu nombre.
Dio un paso más. El aire comenzó a calentarse, denso, opresivo. Las antorchas temblaron.
-Te comprometí siendo una niña -dijo con absoluta frialdad-. Un pacto antiguo. Necesario.
Tu cuerpo, tu nombre y tu linaje fueron prometidos para asegurar este reino y el poder de casa Galios.
El mundo pareció inclinarse.
-¿Qué...? -susurró Ateleia.
-No repito decisiones -continuó Cyprian-.
Te asigné un lugar y una corona.
Ella se puso de pie lentamente.
-Yo no soy un objeto.
Cyprian se detuvo frente a ella.
-No -corrigió-.
Eres un recurso excepcional.
La palabra cayó como una sentencia.
El calor se volvió insoportable. Las paredes vibraron. El fuego comenzó a filtrarse por las grietas del suelo.
-Y los recursos -añadió- se usan... o se rompen.
Alaric sintió peligro y entro al estudio.
-Padre...
-Silencio.
La orden no fue gritaba. Fue impuesta. El fuego rugió.
Cyprian tomó a Ateleia del mentón.
-Te hice reina.
Te hice temida.
Te hice deseable.
Sus dedos quemaban.
-Y, aun así, me miras como si pudiera perderte.
Ella tembló.
No de miedo.
De furia.
-Suéltame.
-Aprende a obedecer -susurró- o aprenderás a quebrarte.
El poder estalló.
Alaric y Valerius sintieron el fuego activarse al mismo tiempo.
-¡Padre, basta! -gritó Valerius.
Cyprian alzó la mano.
El ataque iba a caer.
Y entonces...
El fuego murió.
El calor desapareció como si nunca hubiera existido. El aire se volvió gélido. El suelo crujió bajo una escarcha imposible. Las respiraciones se congelaron en los pulmones. El fuego de toda la mansión se extinguió al mismo tiempo.
Cyprian se quedó inmóvil. Sintió frío. Por primera vez.
Ateleia estaba de pie. Ya no temblaba.
El poder emanaba de ella. Trajo el vacío absoluto donde el fuego no podía existir.
Los criados cayeron de rodillas en otros sectores de la casa. Los caballos relincharon. El reino entero sintió el impacto en los huesos.
Ateleia avanzó.
Cada paso robaba el aire.
Cyprian intentó moverse. No pudo.
-Nunca vuelvas a tocarme -dijo ella.
Su voz no parecía venir solo de su garganta.
-Nunca vuelvas a decidir por mí.
Se detuvo frente a él.
-No tienes control sobre mí.
Ni sobre mi cuerpo.
Ni sobre mi poder.
Ni sobre mi destino.
Se inclinó apenas.
-Conoce tu lugar.
El frío se disipó.
El fuego no volvió.
Un silencio antinatural cayó sobre la mansión.
Entonces, se escucharon los cascos. Muchos.
Los portones de la mansión se abrieron de par en par con un crujido que sonó a advertencia.
El jardín aún estaba cubierto por restos del frío antinatural. La hierba quebradiza, las fuentes silenciosas, el aire espeso como si el mundo todavía no hubiera decidido si volver a respirar.
Los caballos entraron primero.
Grandes. Negros. Cubiertos con arneses marcados por el emblema de la Casa Thalios. Resoplaban inquietos, como si percibieran que aquel lugar ya no obedecía las leyes normales.
Cyprian salió al frente.
Su fuego seguía apagado... pero no su furia.
Ateleia avanzó a su lado. No detrás. No protegida.
A su lado.
Alaric y Valerius se colocaron apenas un paso más atrás, tensos, listos para intervenir si el mundo volvía a quebrarse.
Del carruaje descendió primero una joven.
La hija de Thalios.
Su presencia era afilada, contenida, observadora. Sus ojos recorrieron el jardín, la mansión... y se detuvieron en Ateleia con una mezcla de reconocimiento y alarma.
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Editado: 07.02.2026