Blacks Queen

Capitulo 12

Nerion Thalios se dirigió a Ateleia y le hizo una leve reverencia, profunda, cargada de respeto.

—Hola. Soy Nerion Thalios —dijo—.
Quien me acompaña...

Levantó la mano para acercar a la dama a su lado.

—...es mi hija, Sereia Thalios.

Sereia también le hizo una reverencia. Sus ojos brillaban con una emoción difícil de disimular, como si aquel encuentro hubiese sido esperado durante mucho tiempo.

—Es un placer conocerte, al fin —dijo—. Te hemos estado esperando.

Aquello descolocó a Ateleia.

El eco de la pelea con Cyprian todavía le vibraba en el cuerpo, pero poco a poco volvió en sí.

—¿Al fin? ¿Esperarme? —repitió—.
Oh... ¿es por lo que dicen los libros de historia, ¿no? Eso de que el último rey era... como yo.

—Algo así —respondió Sereia.

Su mirada se desvió hacia Valerius, a quien saludó con un gesto sobrio.

—Val, es incluso mejor de lo que me contaste. Solo con mirarla puedo ver cómo la naturaleza a su alrededor se inclina ante ella.

Ateleia sintió cómo las piezas encajaban demasiado rápido.

Y no le gustó.

Se giró lentamente, visiblemente molesta, con una mirada que preguntaba qué demonios estaba pasando.

Valerius se rió y dio un paso al frente. Aplaudió una sola vez, seco, cortando la tensión.

—Bueno —dijo mirando a Sereia—, ahora que tu padre pudo comprobarlo por su propio pie... o mejor dicho, sentirlo.
Hagámoslo, ¿no?

Cyprian y Alaric se giraron hacia él al mismo tiempo.

—¿Hacer qué? —preguntó Cyprian.

Valerius rodeó a Ateleia y tomó su hombro con familiaridad. Luego se colocó junto a Nerion y Sereia. Sonrió, relajado.

—Llevarnos a la única persona con derecho legítimo al trono de Solestecia, claro.
La llevaremos a la única casa donde aún prevalecen el honor y la justicia.

Cyprian, furioso, intentó invocar su magia.

Nada.

Miró sus manos. Seguían heladas.

Alaric no hizo nada. Desvió la mirada, esperando su momento. Pero ambos miraron a Valerius con odio puro.

Valerius comenzó a reírse a carcajadas.

—¿De verdad pensaban que iba a dejar las cosas así? —dijo—.
Solo esperé. Todo sucedió exactamente como lo planeé.

Se giró hacia Alaric.

—Tú, estúpido hermano mío... ¿pensaste que actuando con arrogancia y violencia contra una niña no harías despertar su poder?
Nuestro padre estaba esperando justamente ese error.

Alaric bajó la mirada, avergonzado. Porque sabía que, en el fondo, Valerius tenía razón.

Entonces Valerius se giró hacia Cyprian.

Su sonrisa cambió. Se volvió oscura.

—¿Y tú? —continuó—.
¿Qué decir de ti? No eres más que una bestia avariciosa, vacía y cruel.

Valerius alzó la vista hacia la luna llena.

—Papá —dijo—, ¿sabías que uno de los reyes anteriores al último, el que dominaba la luz, poseía un poder único?
Los Ojos de la Verdad.
Capaces de revelar secretos... de mostrar lo que está oculto.

Cyprian abrió los ojos como quien ve a su verdugo.

—Cállate, Valerius —susurró—.
No sabes nada.

—Lo sé todo.

Alaric levantó la cabeza, confundido.

—Papá... —dijo, con la voz quebrada—.
¿Qué estás diciendo? ¿Qué pasa con mamá?

Su pulso se aceleró. Por un instante volvió a ser un niño, llorando frente a una puerta cerrada.

Valerius se giró hacia Ateleia y le sostuvo el rostro con ambas manos.

—Yo sé que tú tienes ese poder también. Sé que usar magia oscura te provoca dolor, que te agota.
Pero ya no puedo esperar más.

Ateleia dudó.

—Estoy exhausta... ni siquiera sé controlar mi magia. Sale de forma instintiva. No sé si tengo ese don... ni el precio que puede costar.

Valerius cayó de rodillas frente a ella, sin soltarle las manos.

—Por favor.
Si haces esto, seré tu aliado hasta el final. He hablado con nobles, he preparado el terreno.
La Casa Thalios será tu fortaleza.

Levantó la mirada, sincero.

—Si debo dar mi vida por ti, lo haré.

Su voz bajó.

—Después de todo... eras tú quien aligeraba mis días. La que llenaba mi soledad de luz, sin saberlo.

Ateleia se conmovió. Él también había sido un refugio.

—Tú también aligerabas mis días —dijo—.
Creo que... sí fuiste mi amigo.

Se enderezó. Cerró los ojos, luego abrió uno y lo miró.

—Me vas a deber una.

Valerius asintió.

—Solo formula la pregunta en tu mente.
Concéntrate.
Pregunta qué pasó con mi madre.

El suelo vibró suavemente. El aire se volvió ligero, primaveral. El collar de Ateleia comenzó a titilar con una luz dorada y viva. Las estrellas parecieron responder.

La luz dorada se intensificó.

Ateleia dejó de sentir el suelo bajo sus pies.

El mundo se abrió.

Primero fue el silencio.
Luego, una habitación que no reconocía... pero que sentía.

Una alcoba antigua. Cálida. Iluminada por fuego suave. Había flores frescas sobre una mesa baja. Un intento torpe de reconciliación.

Ella no era un espectador: estaba allí.

Vio a la mujer.

Hermosa. Cansada. Con una tristeza antigua en los ojos. La madre de Valerius y Alaric sostenía una copa entre las manos, dudosa, pero esperanzada. Creía. Todavía creía.

Cyprian estaba frente a ella.

Más joven. Igual de frío.

Ateleia sintió el conjuro antes de verlo.

Magia de agua y fuego entrelazadas. Un veneno alquímico comprado a la Casa Vandros. No mataba de inmediato. Borraba. Sumía el cuerpo en un sueño profundo mientras lo consumía lentamente, hasta no dejar rastro. Ni tumba. Ni sospecha.

—Bebe —dijo Cyprian en la visión.

La mujer lo hizo.

Sonrió con debilidad.

—Quizás... esta vez podamos arreglarlo.

Ateleia quiso gritarle que no.

No pudo.

El veneno comenzó a actuar.

Las manos de la mujer temblaron. La copa cayó al suelo. El cuerpo se volvió pesado, torpe, como si el sueño la reclamara con demasiada fuerza.




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