El Palacio de los Blackwell rebosaba esa noche de opulencia fingida: candelabros de cristal derramaban luz dorada sobre mesas cargadas de manjares parisinos, vinos añejos y risas calculadas. Nobles, plebeyos adinerados y fieles seguidores se mezclaban en un baile de peticiones disfrazadas de cortesías. En el centro, sobre un estrado elevado, el Rey Fedrick Blackwell presidía con una sonrisa practicada, flanqueado a su izquierda por su hija Cissy —quince años, primera aparición pública, envuelta en seda blanca que contrastaba con su piel pálida— y a su derecha por la Reina Stella, cuyo rostro sereno ocultaba una incomodidad que solo los más cercanos podían adivinar.
La música —un vals suave de cuerdas y arpas— se deslizaba por el salón como perfume caro. Hasta que un hombre demacrado, vestido con una capa raída que aún conservaba ecos de elegancia pasada, avanzó entre la multitud. El mago oscuro. Dieciséis años atrás, cuando los Blackwell no lograban concebir heredero, él había intervenido: un ritual prohibido, un precio en oro y promesas de silencio eterno. A cambio, se le concedió un negocio próspero y la orden de mantenerse lejos. Ahora, su rostro hundido y sus ojos ardientes gritaban ruina.
Se inclinó profundamente ante el estrado.
—Queridos Reyes—Dijo con una voz ronca pero clara—espero que gozéis de excelente salud salud. Y permitidme saludar con respeto a la Princesa Cissy Blackwell, flor de la casa.
Fedrick inclinó la cabeza apenas, su sonrisa se congeló.
El mago levanto la mirada, fija en el rey.
—Vengo a implorar, mi señor, que no me desemparéis a mí ni a mi familia. Estamos en la miseria. Tengo un hijo de…
—No.
—¿No?—Repitió el mago, incrédulo—. Mi rey, creo que olvidáis que yo…
—No me interesan vuestras historias interrumpió Fedrick, su voz helada y alta para que todos oyeran—. Se os dio oro. Seo os dio un negocio próspero. Ayudamos a quienes saben aprovechar las oportunidades, no a quienes la dilapidan por ambición desmedida.—Lo recorrió de arriba abajo con desprecio—. Veo que habéis vuelto al punto de partida.
Señaló a los guardias con un gesto imperioso.
El mago enrojeció de furia. Sus ojos se desviaron hacia la reina, que apartó la mirada, incómoda. "Ya veo… usasteis mi magia para vuestro deseo y ahora me arrojáis como basura", pensó. Entonces su mirada cayó sobre Cissy.
La niña observaba con los ojos muy abiertos, el pecho subiendo y bajando rápido bajo el corsé. No entendía del todo, pero sentía el peso de la vergüenza ajena.
Los guardias avanzaron.
El mago se zafó con un movimiento brusco, alzando una mano temblorosa hacia la princesa.
—¡Cissy Blackwell! —rugió, voz que resonó como trueno en el silencio—. ¡La sangre de los Blackwell se secará en tu vientre! ¡No habrá cuna que arrulle tu linaje, ni corona que herede tu nombre! —Su dedo la señaló como una daga—. ¡Cissy Blackwell, tu casa muere contigo! ¡El linaje se extingue en tu carne estéril, y el trono de los Blackwell se convertirá en polvo y olvido!
Un viento frío inexplicable barrió el salón, apagando varias velas. Cissy retrocedió un paso, pálida. La reina ahogó un jadeo. El rey se puso en pie, furioso.
Antes de que los guardias lo alcanzaran, el mago se envolvió en sombras que surgieron de la nada. Desapareció en un remolino de oscuridad, dejando solo el eco de su voz y el olor a ozono quemado. El salón estalló en susurros aterrorizados. Cissy, con quince años y el mundo de pronto demasiado grande, sintió por primera vez el frío de un destino que no había pedido