Un año después de la maldición, el Palacio de los Blackwell aún fingía que nada había cambiado. Los reyes repetían que Cissy era demasiado joven para preocuparse: su cuerpo rebosaba vida, sus ojos brillaban con sueños. Pero la maldición no necesitaba prisa. Se filtraba como veneno lento, invisible al principio.
Empezó con Esteban, príncipe de un reino vecino. Una alianza perfecta, meses de paseos por jardines y promesas susurradas.
Hasta que un caballo encabritó en una cacería y Esteban cayó. Quedó ciego.
Cissy entró sola a su sala de convalecencia, el aire cargado de hierbas amargas.
—Esteban… —extendió la mano.
Él retrocedió al oír su voz
—Lo sé —dijo seco—. Por tu culpa estoy así.
—¿Qué…? —Las lágrimas picaron—. Fue un accidente…
El rey padre irrumpió, señalándola.
—¡Estás maldita! Lo dice el pueblo. Eres una plaga, y mi hijo pagó por tocarte.
La reina Lyrion lo abrazó y lo apartó.
—Aléjate, monstruo. Ya le quitaste la vista. ¿Quieres matarlo?
Cissy retrocedió, el mundo nublado. Su padre la sacó de allí con un chasquido de dedos, dejando atrás cofres de oro que ya no eran bienvenidos.
Los años siguientes fueron un desfile de rechazos. Pretendientes llegaban atraídos por su belleza innegable —piel pálida, cabello negro como medianoche, sonrisa tierna— y por la promesa de un trono.
Pero la maldición los tocaba uno a uno. Uno enfermó de una fiebre inexplicable que lo dejó débil para siempre. Otro vio su fortuna arder en un incendio “accidental”. Un tercero huyó al alba, pálido, murmurando que había soñado con una voz fría: “Huye de la reina estéril antes de que te consuma”.
Cissy aprendió a no ilusionarse. Caminaba por pasillos vacíos, tocaba su vientre plano en la oscuridad y se preguntaba si alguna vez latiría una vida allí. Sus padres seguían diciendo: “Encontraremos al correcto”. Pero en sus ojos crecía la duda. A los dieciocho años llegó el último. Un caballero valiente de tierras lejanas, que se reía de las maldiciones y juraba: “No creo en cuentos viejos. Te amo a ti, no a un trono”. Cissy, agotada de esperanzas rotas, se permitió creer. Por primera vez en años, sintió calor en el pecho. Se entregaron bajo la luz de la luna, y dos meses después, su vientre se redondeó levemente.
Fue el momento más luminoso de su vida.
Hasta que llegó la sangre.
Un aborto cruel, sin explicación médica. El caballero, que había jurado quedarse, palideció al verla sangrar. Retrocedió, ojos llenos de terror.
—Mi semilla se secará —murmuró, repitiendo las palabras como un eco ajeno—. Si sigo contigo, mi semilla no florecerá.
Huyó esa misma noche, sin despedida, dejando solo el eco de sus botas en el pasillo.
Cissy se quedó sola en la cama fría, abrazando su vientre vacío. La maldición ya no era un rumor: era real, tangible.
Cualquier amor que tocaba se marchitaba.
Cualquier vida que intentaba nacer se apagaba. Y ahora, incluso los más valientes huían como cobardes. En la penumbra de su habitación, miró por la ventana hacia un mundo que la temía. La esperanza que había ardido en ella se convirtió en cenizas frías. Ya no buscaba pretendientes. Solo esperaba que el destino, algún día, le diera una respuesta. O una salida.