Blackwell

Capítulo III: La puerta cerrada

La noche era fría y sin luna cuando el rey Fedrick salió del palacio. La reina Stella consolaba a Cissy en sus aposentos, susurrando palabras que ya no creían ni ellas mismas. El aborto había sido el golpe final: la esperanza de un heredero, extinguida en sangre y lágrimas. Fedrick no podía verlo más. Su hija se apagaba día a día, y con ella, el futuro de los Blackwell.

Se vistió con ropas de plebeyo —túnica raída, capa oscura, botas gastadas— y montó su caballo más discreto. Cabalgó solo, sin escolta, hacia las afueras del reino, donde el mago había vivido en su miseria. El camino se volvió sendero de tierra, luego barro, hasta llegar a una cabaña que parecía más tumba que hogar. Solo una luz temblorosa en la ventana de la cocina evitaba que pareciera abandonada por completo. Fedrick desmontó, el aliento formando nubes en el aire helado. Se quitó la capucha, revelando un rostro hundido por noches sin dormir y culpa que no admitía. Una mujer pálida y frágil abrió. Tosió al verlo, un sonido seco y profundo que resonó en la noche.

¿Qué se le ofrece? —preguntó, voz ronca, entrecerrando los ojos al reconocerlo.

Vengo a buscar a Tim. El mago —dijo Fedrick con la autoridad que le quedaba—. Dígame dónde está.

La mujer lo miró de arriba abajo, como si midiera el peso de su arrogancia.

Tim falleció hace un año —respondió, sin emoción—. No vuelva aquí. No es bienvenido. Fedrick sintió la sangre subirle al rostro. Vergüenza y furia se mezclaron.

¡Es mentira! —rugió, empujando la puerta y entrando a la fuerza—. ¿Dónde está ese infeliz?

La cabaña olía a humo viejo, hierbas secas y pobreza. Una vela solitaria iluminaba la mesa astillada. La mujer retrocedió un paso, tosiendo de nuevo, pero su mirada no flaqueó.

¿Mentira? —soltó una media sonrisa amarga—. Ojalá lo fuera. Vosotros nos desamparasteis. No tuvimos con qué enterrarlo decentemente. ¿Creéis que los magos viven de hechizos? Mi hijo… nuestro hijo… lo perdimos por vuestra culpa. Lo vendieron como esclavo para sobrevivir.Al menos vosotros tenéis a vuestra hija intacta. Desagradecidos.

Fedrick se llevó las manos a la cabeza, el pecho subiendo y bajando con furia. Perdió el control por un instante, hasta que levantó la mirada y la señaló con dedo tembloroso.

No me interesan su vida ni su hijo. Eso lo tenían merecido —escupió—. Dígame dónde se esconde Tim. ¡¿DÓNDE ESTÁ?!.

La mujer se tambaleó, apoyándose en la pared. Su tos se volvió más violenta, un sonido húmedo y doloroso. El rey no lo vio —o no quiso verlo—.

Siguió gritando, voz resonando en la cabaña diminuta.

Ella levantó una mano débil, como para detenerlo, pero las palabras se le atoraron en la garganta. Sus ojos se nublaron. El cuerpo frágil se dobló, y cayó de rodillas, jadeando.

Fedrick se congeló. Por primera vez esa noche, el silencio fue más fuerte que su ira.

La vela parpadeó, como si también estuviera a punto de apagarse.




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