El rey Fedrick vio cómo la mujer se tambaleaba, a punto de colapsar contra la pared de la cabaña. Por un segundo, un destello de algo parecido a la piedad cruzó su mente. Pero lo aplastó rápido. Solo importaba Cissy. Su hija. Su legado. El linaje que se extinguía.
La fulminó con la mirada, como si su debilidad fuera una ofensa personal.
—Debo encontrar otro mago… o una hechicera. Alguien capaz de romper esta maldición —murmuró para sí mismo, arrojando un puñado de monedas de oro al suelo. Rodaron con sonido metálico en la penumbra.
Salió sin mirar atrás, montó su caballo y desapareció en la noche.
Dentro de la cabaña, la mujer se arrastró hasta las monedas. Las recogió con mano temblorosa, maldiciendo entre dientes. El oro brillaba frío bajo la vela moribunda.
Horas después, el Palacio de los Blackwell volvió a llenarse de luces y murmullos. El rey había convocado una cena secreta: curanderos, charlatanes, supuestos sabios de magia oscura. Mesas cargadas de vino y promesas vacías. Las negativas se acumulaban como polvo: “Imposible”, “Demasiado fuerte”, “Las palabras pronunciadas son irrevocables”. Cissy observaba desde un rincón, brazos cruzados sobre el vientre vacío, negándose a participar. La reina Stella se pellizcaba el puente de la nariz, agotada.
Entonces las velas empezaron a bailar. Una brisa inexplicable recorrió el salón, haciendo flamear las llamas en dirección contraria. Todas las miradas se volvieron hacia la entrada.
Una figura envuelta en una túnica negra avanzó con pasos silenciosos. Capucha baja, cabello negro como ala de cuervo cayendo en mechones. Dedos largos y delgados se extendieron en saludo. Bajo la tela, un rostro angelical: piel pálida, labios suaves, pero algo en su presencia hacía que el aire se espesara.
—Buenas noches, Sus Majestades —dijo con voz tranquila, inclinando apenas la cabeza.
El Rey la miro con impaciencia.
—¿Quién eres? No importa. Solo haz tu trabajo.
Cissy inclinó la cabeza para verla mejor. La mujer agachó un poco más el rostro, como si evitara la luz plena.
—Soy Rose —continuó la hechicera, voz serena como agua quieta—. Hechicera del pueblo de Whinster. —Hizo una pausa, dejando que el nombre colgara en el aire—. La maldición sobre la princesa no se puede romper. Las palabras pronunciadas fueron peores que un maleficio común: se clavaron en la sangre, en el destino mismo. Pero… puedo cambiar su rumbo.
Levantó el rostro por completo.
Cissy contuvo el aliento.
A pesar de la belleza etérea —rasgos delicados, casi angelicales—, los ojos de Rose eran imposibles de ignorar. Uno, café oscuro como tierra fértil y profunda. El otro, blanco puro, sin rastro de pupila ni iris. Un ojo que veía el mundo tal cual era; el otro que parecía mirar a través de él, hacia algo más antiguo y cruel.
El salón quedó en silencio. Solo el crepitar de las velas respondió.
Rose sonrió levemente, como si supiera exactamente qué acababa de despertar.
Rose abrió los labios para continuar, pero el rey la interrumpió con impaciencia
—Hazlo —ordenó—. No importa el precio. ¿Cuánto oro quieres?
La hechicera inclinó la cabeza con una reverencia serena.
—Nada, Su Majestad. Lo haré para ayudar a vuestra casa. Solo pido una cosa: si en algún momento mi salud flaquea, ¿podría recurrir a vosotros?
La reina Stella se enderezó en su asiento, los ojos brillantes por primera vez en meses, como si viera un milagro.
—Por supuesto —respondió con rapidez—. El hecho de que no pidas oro nos da la confianza que necesitamos. Incluso podríamos nombrarte hechicera oficial del reino…
—Oh, no, Sus Majestades. No me atrevería —dijo Rose, enderezándose con humildad—. Solo necesito un lugar privado con la princesa para cambiar el rumbo de la antigua maldición.
El rey Fedrick intercambió una mirada con su esposa y luego observó a Cissy. Por un instante, algo parecido a la esperanza cruzó su rostro cansado.
—Será como desees —dijo, levantando una mano para llamar al guardia más cercano—. La Torre Norte está desocupada. Podéis ir allí. Os esperaremos aquí.
—Padre… —susurró Cissy, la voz teñida de desconfianza.
La reina Stella negó suavemente con la cabeza, un gesto casi imperceptible.
—Bien —aceptó Cissy al fin, levantándose con lentitud—. Vamos.
El guardia las escoltó en silencio por los pasillos del palacio. El aire se volvió más denso a medida que subían hacia la Torre Norte, como si el propio castillo respirara con resentimiento. Las antorchas parpadeaban sin motivo, proyectando sombras que parecían estirarse hacia ellas. Cissy sentía el peso de algo que no lograba comprender, un presentimiento que le oprimía el pecho.
—Tranquila —dijo Rose con voz suave, rompiendo el silencio—.Es normal sentir desconfianza al principio. Pero cuando veas cómo mejora tu vida… serás feliz.
Cissy se sobresaltó. ¿Cómo sabía exactamente lo que estaba pensando? No había dicho una sola palabra en voz alta. Apretó las manos con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos y solo asintió, incapaz de responder.
La torre se alzaba ante ellas, oscura y silenciosa, como una boca abierta esperando devorar secretos.