Blinding Love

Capítulo 1: Decisiones

Gangster Vol.1

Las mujeres que buscan ser iguales que los hombres carecen de ambición.

Doy un brinco del susto que siento al escuchar el estruendo de los platos al romperse y resonar por toda la casa. Mi vista está borrosa, no sé si por las lágrimas que empañan mis ojos o por el miedo que siento y me hace temblar hasta las manos que apenas puedo sostener mis cosas mientras las meto apresuradamente en la mochila. Tengo todo el cuerpo temblando. Me limpio la sangre que sigue saliendo de mi nariz con el dorso de la mano y continúo empacando todo lo que creo que voy a necesitar.

No puedo quedarme.

Esta vez, de verdad, no puedo.

De pronto, varios golpes sacuden la puerta de mi habitación.

La abro enseguida, viendo a Sofía entrar y, en cuanto me ve, no necesita preguntarme nada. Lo entiende. Sabe qué me voy a ir de la casa.

—Ya no puedo más, Sofía. Si no me voy, me voy a lanzar del edificio —murmuro, intentando contener el temblor de mi voz.

Ella no dice nada.

Simplemente comienza a ayudarme a empacar.

—¿Cuánto ha sido esta vez? —pregunta finalmente.

Bajo la mirada.

—Me ha robado $2,000. Se llevó todos mis ahorros. Ese dinero era para pagar la renta de la casa y el agua... —La voz se me quiebra—. Yo ya no puedo más.

Me dejo caer al suelo y rompo en llanto.

Mi madre es una adicta al juego. Ella siempre lo había sido, pero nunca fue un problema. Nunca nos había faltado nada. Sin embargo, desde hace un año todo cambió. Empezó a gastarse todo el sueldo en el juego. Después comenzó a pedirnos dinero a mi hermana y a mí con la excusa de que necesitaba pagar las cosas de la casa. Pero nunca las pagaba. Lo jugaba. Y lo perdía.

Pude soportar muchas cosas.

Pude soportar que se enamorara de un hombre más joven que ella. Incluso pude soportar los golpes que me daba cada vez que le decía que había visto a ese maldito con otras mujeres. Pude soportar el día en que me dio una paliza mientras gritaba que lo prefería a él antes que a nosotras. Pude soportarlo todo.

Pero ya no puedo más.

—Hermana, perdóname —digo mientras tomo sus manos entre las mías—. Vendré pronto por ti, te lo prometo. Dame dos semanas.

Ella comienza a llorar.

Y verla así me desespera todavía más.

Solo tiene catorce años.

No puedo dejarla sola.

No puedo imaginarla durmiendo en la calle.

—Jazmín, tranquila. Confío en ti —susurra entre lágrimas—. Solo... no me olvides, por favor.

Siento que algo dentro de mí se rompe.

Asiento y le doy un beso en la frente antes de dirigirme hacia la ventana que da al pasillo del edificio.

Un pie.

Luego el otro.

Estoy a punto de escapar cuando la puerta principal se abre.

Mi madre me ve.

—¿A dónde diablos piensas irte, maldita puta? —pregunta.

Me quedo paralizada.

—¿Piensas irte? —vuelve a preguntar, esta vez con una voz extrañamente calmada.

Por un instante, una pequeña esperanza se abre paso dentro de mí.

Tal vez volvió en sí.

Tal vez esta vez pueda hablar con ella.

Tal vez...

—Antes de irte, dame unos $200. Necesito pagar la luz.

La esperanza muere tan rápido como apareció.

—Mamá, ayer pagué la luz —respondo tan bajo que ni siquiera yo misma podía escucharme hablar. Que patética soy

Las lágrimas vuelven a deslizarse por mi rostro.

Y entonces ocurre.

Sin siquiera verlo venir, siento otro golpe en la nariz, justo en el mismo lugar donde me había golpeado minutos antes.

El dolor me hace tambalear.

—¡Hija de puta! ¡No me cuestiones y dame el maldito dinero! —grita mientras me hala del cabello.

Me hala tan fuerte que no puedo evitar caerme, me hala y me comienza aruñarme toda la cara el cuello lo hace con tal odio que no puedo evitar gritar del dolor. Grito tan fuerte que los vecinos comienzan a salir de sus apartamentos al escuchar el escándalo. Algunos corren hacia nosotras y finalmente consiguen separarnos. En cuanto siento que sus manos me sueltan, no lo pienso.

No miro atrás.

No me despido.

Simplemente corro.

Corro tan rápido como mis piernas me lo permiten.

Porque sé que, si me detengo, voy a volver.

Y si vuelvo...

No sé si algún día voy a conseguir salir.

Dos meses después.

Recojo mi diploma en la oficina de la universidad. Acababa de graduarme de Administración de Empresas, Contabilidad y Finanzas y, a pesar de haber logrado algo importante, no podía evitar sentirme vacía. Al salir, me encuentro con mi mejor amigo, Connor, y Sofia, sonriendo felices.

—¡Ay, felicidades, hermana! —grita Sofia, feliz de verme con mi diploma.

Cumplí con mi promesa y, a las dos semanas, fui a buscarla. Connor me había ayudado a conseguir un apartamento. Bueno, realmente él había puesto mi parte y, ya luego, pude devolverle el dinero. Y, a pesar de que ahora vivíamos un poco apretados por la llegada de Sofia, no podía negar que, por primera vez, podía sentir un poco de paz.

—Hector nos invitó a celebrar tu graduación —dijo Connor, alegre.

Hector era un señor que se había enamorado de mi amigo Connor. El viejo quedó loco desde el primer momento en que lo vio en el restaurante en el que Connor y yo trabajábamos. Acepté la salida y Hector nos llevó a un lindo restaurante italiano a cenar.

Mientras cenábamos, pude notar a mi mejor amigo algo inquieto y a Hector con aquella mirada calculadora que lo caracterizaba. El tipo era un mafioso importante y altamente peligroso. Todo Inglaterra sabía quién era este señor, solo que todos fingíamos demencia.

—Mi querida Jazmín, hay algo que quiero proponerte —disparó finalmente Hector.

—Cariño, este no es el mejor momento para hablar de negocios. Estamos celebrando que mi chica finalmente se ha graduado —dijo Connor, mirándome con preocupación, aunque aún mantenía su tono amoroso con Hector.




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