Bloodshoot Creado Para El Caos

CAPITULO 2

William despertó con una sensación extraña: paz.
No era habitual. Generalmente despertaba con el ruido mental de listas, pendientes y esa vaga ansiedad que no sabía explicar. Esta vez no. Esta vez había calor. Respiración ajena. Un brazo apoyado con confianza sobre su pecho, como si siempre hubiera pertenecido ahí.

Abrió los ojos.

Vanessa lo miraba.

—Estás despierto —susurró.

—Lamentablemente —respondió él—. Esperaba cinco minutos más de inconsciencia.

Ella sonrió y, sin decir nada, se inclinó para besarlo. Fue un beso lento, sin prisa, sin promesas. De esos que no necesitan explicación porque existen solo para confirmar que algo fue real.

William pensó que, si moría pronto, ese momento ya justificaba bastante.

Horas después, el día avanzó con una normalidad sospechosa. Demasiado tranquila. Demasiado limpia. Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.

William caminaba solo por la calle, manos en los bolsillos, repasando mentalmente lo ocurrido la noche anterior. No se sentía culpable. Tampoco asustado. Se sentía… vivo. Irónico, considerando el contexto.

Fue entonces cuando una voz lo detuvo.

—William Clark.

Se giró.

El hombre no parecía peligroso. Eso fue lo inquietante. Traje oscuro, sin corbata. Cabello prolijamente peinado. Edad indefinida, como si hubiera aprendido a no pertenecer a ninguna década en particular.

—¿Nos conocemos? —preguntó William.

—No —respondió el hombre—. Pero yo lo conozco a usted.
Antes de que William pudiera reaccionar, el hombre dio un paso hacia un callejón cercano y lo miró como si la decisión ya estuviera tomada.

—No tomará mucho tiempo.

William dudó. Luego pensó que, honestamente, no tenía mucho que perder. Lo siguió.

El callejón estaba vacío. Silencioso. El ruido de la ciudad parecía apagarse ahí dentro, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

—Tiene una enfermedad terminal —dijo el hombre sin rodeos.
William se tensó.

—Eso no es algo que se diga así como así.

—Le quedan meses —continuó—. Tal vez menos. Ningún tratamiento convencional funcionará.

William lo miró fijamente.

—Si esto es una broma, es de pésimo gusto.
El hombre negó con la cabeza.

—Proyecto Zero —dijo—. Un programa experimental diseñado para eliminar enfermedades terminales. No ralentizarlas. Eliminarlas.

William sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Y por qué yo?

—Porque cumple con todos los criterios. Porque no tiene nada que perder. Y porque, cuando alguien está al borde del final, suele ser más honesto consigo mismo.

El hombre sacó un sobre negro del interior de su saco y se lo extendió.

—Lea.

William abrió el contrato ahí mismo. Las palabras eran claras. Frías. Jurídicamente perfectas.

Empleado de por vida.

Mientras continúe con vida.

Proyecto Zero no se responsabiliza por efectos secundarios.
William tragó saliva.

—¿Esto es real?

—Tan real como su diagnóstico.

No preguntó por el procedimiento. No preguntó por los riesgos. No preguntó qué pasaba después.

Solo pensó en Vanessa.

En la cama.

En no morir solo.

Firmó.

El hombre sonrió apenas, como si hubiera ganado algo invisible.

Sacó una tarjeta y se la entregó. Negra. Minimalista.
CLIENTE: P-000
—Nos comunicaremos —dijo el hombre, dándose vuelta—. Bienvenido al Proyecto Zero.

Y se fue.

William quedó solo en el callejón, con la tarjeta en la mano y el eco de sus propias decisiones resonándole en el pecho.

Miró su firma en el contrato. Sintió una mezcla de alivio y miedo. No sabía si acababa de salvar su vida… o de venderla en el peor momento posible.

Guardó la tarjeta en el bolsillo.

El viento sopló entre los edificios, llevándose cualquier certeza que hubiera tenido.

Por primera vez desde el diagnóstico, William no estaba pensando en morir.

Estaba pensando en lo que acababa de aceptar.
Y en lo irreversible que se sentía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.