Bloodshoot Creado Para El Caos

CAPITULO 3

El restaurante era distinto al de la primera cita. Más pequeño. Más silencioso. Un lugar donde las conversaciones parecían quedarse pegadas a las paredes, como si el aire tuviera memoria. William jugaba con el borde del plato, empujando la comida de un lado a otro sin verdadero interés.
Vanessa lo observaba.

—No estás comiendo —dijo.

—Estoy pensando —respondió él—. Es peor para la digestión.
Ella suspiró.

—William.

Ese tono. No lo acusaba, pero tampoco lo absolvía. Él levantó la mirada y supo que no podía seguir evitando el tema.
—Ayer me detuvo un tipo en la calle —empezó—. Sabía lo de mi enfermedad. Me habló de un proyecto. Proyecto Zero.
Vanessa frunció el ceño.

—Eso ya suena mal.

—Según él, es un programa experimental para eliminar enfermedades terminales.

El silencio cayó entre ellos, pesado.
—¿Y tú…? —preguntó ella, con cautela.

William metió la mano en el bolsillo y sacó la tarjeta negra. La dejó sobre la mesa.

—Firmé un contrato.

Vanessa la tomó. Leyó. Sus ojos se oscurecieron.
—Empleado de por vida —leyó en voz baja—. William… ¿estás escuchándote?

—Estoy escuchando la palabra vida —respondió—. Y ahora mismo es una palabra bastante frágil.

Ella negó con la cabeza.

—Firmaste algo sin pensarlo. Sin abogado. Sin preguntar nada. Eso no es valentía, es desesperación.

La palabra le dolió más de lo que esperaba.

—No quiero morir —dijo William, bajando la voz—. No quiero desaparecer sin haber hecho algo que importara.

—¿Y si eso te mata más rápido? —replicó ella—. ¿Y si te usan? ¿Si te convierten en algo que no reconoces?

William la miró. Por primera vez, no tenía un chiste preparado.
—Tenía miedo —admitió—. Y por una vez, no quise hacerme el gracioso.

Vanessa apoyó la mano sobre la suya.

—Yo no te juzgo por querer vivir —dijo—. Te cuestiono por no cuidarte. Hay una diferencia.

La comida llegó a su fin sin que ninguno lo notara. Pagaron. Salieron a la calle con la noche ya instalada, luces reflejándose en el asfalto mojado.

William inhaló aire frío. Abrió la boca para decir algo más… cuando su teléfono vibró.

Número desconocido.

Atendió.

—William Clark —dijo la voz del hombre—. Es hora.

Vanessa lo observó tensarse.

—¿Hora de qué? —preguntó William.

—Del experimento —respondió el hombre—. Le enviaré las coordenadas. Esta noche.

El teléfono emitió un sonido. Mensaje recibido.
William miró la pantalla. Coordenadas. Precisas. Inapelables.

Colgó.

Vanessa lo miró con preocupación.

—¿Era él?

William asintió lentamente.

—Quiere que vaya ahora.

Ella tragó saliva.

—Entonces esto es real.

William guardó el teléfono.

—Nunca dejó de serlo.

Se miraron. El mundo seguía girando a su alrededor, indiferente. Pero algo se había roto, o tal vez estaba a punto de nacer.

William no sabía si estaba caminando hacia su salvación…
o hacia el momento exacto en que dejaría de ser quien era.




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