Bloodshoot Creado Para El Caos

CAPITULO 4

Las coordenadas lo llevaron lejos de la ciudad.
Demasiado lejos.

William bajó del taxi frente a una estructura que no figuraba en ningún mapa público: concreto oscuro, luces mínimas, cámaras silenciosas que seguían cada uno de sus movimientos. El aire ahí era distinto, más pesado, como si el lugar respirara secretos.

—Llegas puntual —dijo una voz.

Un hombre se adelantó desde la sombra. Alto, delgado, mirada afilada como bisturí. Su acento era difícil de ubicar.
—Thomas Rijkaard —se presentó—. Director operativo del Proyecto Zero.

William intentó bromear, pero la garganta se le cerró.
—Bonito lugar para curarse —dijo al final—. Muy acogedor. Muy… bunker apocalíptico.

Thomas no sonrió.

—Sígueme.

Las puertas se abrieron con un siseo mecánico. Bajaron. Pasillos blancos. Demasiado blancos. Personas con batas caminaban sin mirarlo a los ojos. Todo olía a metal, químicos y decisiones irreversibles.

—A partir de ahora —dijo Thomas mientras avanzaban—, nada de lo que ocurra aquí podrá deshacerse.

—Perfecto —respondió William—. Justo lo que buscaba: irreversibilidad.

Lo condujeron a una sala circular. En el centro, una camilla rodeada de brazos mecánicos, pantallas encendidas, tubos llenos de un líquido verde que parecía brillar desde dentro.

—El suero Zero —explicó Thomas—. Reescribe lo que está fallando… y lo que nunca estuvo destinado a mejorar.

William se recostó. Los brazos metálicos descendieron.

—¿Va a doler? —preguntó.

—Mucho.

La primera inyección entró directo al torrente sanguíneo.
William gritó.

El verde recorrió sus venas como fuego líquido. Sintió cómo algo moría dentro de él… y algo más tomaba su lugar. Sus huesos crujieron. Los músculos se tensaron, crecieron, se redefinieron. Su mente ardía, inundada de información, patrones, claridad brutal.

El monitor se volvió loco.

—Presión estable —dijo alguien—. Regeneración activa.

William dejó de gritar.

Porque ya no dolía.

Era peor.

Era poder.

Vanessa llegó corriendo, el corazón golpeándole las costillas. Las coordenadas seguían abiertas en el teléfono de William, olvidadas sobre la mesa de la cocina. Había insistido. Gritado. Amenazado con llamar a la policía. Nadie la detuvo.

Eso la asustó aún más.

Entró a la sala… y se detuvo en seco.

El hombre que estaba de pie frente a ella no era el mismo William.

Ya no estaba encorvado. Ni pálido. Ni frágil. Su cuerpo era atlético, firme, como si siempre hubiera sido así. Sus ojos tenían un brillo distinto. Más alerta. Más profundo.

—William… —susurró.

Él la miró. Sonrió.

—Te dije que odiaba el gimnasio —dijo—. Al parecer solo necesitaba una mutación genética ilegal.

Ella se acercó, tocó su brazo. Era real. Demasiado real.
—¿Qué te hicieron? —preguntó, con miedo.

Thomas intervino.

—Lo mejoraron. Superfuerza: superior a cualquier humano convencional. Resistencia extrema. Agilidad aumentada. Intelecto optimizado.

Vanessa lo fulminó con la mirada.

—No es un objeto.

—Es un activo —corrigió Thomas—. Y ya está listo para su primera misión.

Las pantallas cambiaron. Imágenes de una universidad. Planos. Horarios.

—Un grupo criminal planea un ataque esta noche —dijo Thomas—. Entre los estudiantes se encuentra la hija de uno de nuestros patrocinadores.

William observó en silencio.
—El objetivo —continuó—: eliminar la amenaza.

Vanessa dio un paso adelante.

—No. —Su voz temblaba—. Esto no es una cura. Es convertirlo en un arma.

William cerró los puños. Sintió la fuerza ahí. Esperando.
—No tengo opción —dijo finalmente.

—Siempre hay opción —replicó ella.

William negó lentamente.

—Firmé.

El contrato no era tinta sobre papel.

Era una cadena invisible.

Thomas asintió.

—Bienvenido a tu nueva vida, P-000.

William miró a Vanessa por última vez antes de darse vuelta hacia la oscuridad del pasillo.

No sabía si acababa de salvar el mundo de alguien…
o de perder el suyo para siempre.




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