La puerta del departamento se cerró con un sonido seco, definitivo.
William apoyó la espalda contra ella durante unos segundos, respirando hondo, como si el aire de afuera todavía lo persiguiera.
Luego dejó la bolsa sobre la mesa.
Negra. Impecable. El logo del Proyecto Zero brillaba con una sobriedad casi elegante, como si aquello no contuviera armas, secretos y decisiones moralmente cuestionables, sino ropa de oficina.
Su teléfono vibró.
Una vez.
Dos.
Cinco.
William lo tomó.
Vanessa (mensaje de voz):
William, no vuelvas a buscarme. No sé quién eres ahora, pero lo que vi hoy… da miedo. No quiero estar con alguien que puede matar por orden de otros.
Reprodujo el mensaje otra vez.
Y otra.
En el tercero, bajó el volumen, como si así doliera menos.
—Genial —murmuró—. Curado, musculoso y oficialmente soltero en menos de veinticuatro horas. Récord personal.
Se dejó caer en el sofá. El viejo sofá que crujía como si protestara cada movimiento.
—Tranquilo —le dijo—. Yo tampoco me reconozco.
Pasaron las horas. El silencio del departamento se volvió pesado. No había tos. No había fatiga. Su cuerpo estaba lleno de energía, pero su cabeza… su cabeza no dejaba de repetir la misma pregunta: ¿Valió la pena?.
Finalmente, se levantó.
Abrió la bolsa.
Dentro había orden. Demasiado orden. Un traje negro con detalles rojos, tejido extraño, flexible, casi vivo. Guantes. Botas. Armas compactas, frías, perfectamente equilibradas. Todo parecía diseñado para alguien que no debía existir.
Una nota descansaba encima.
Bienvenido al Proyecto Zero
P-000
Alias: BLOODSHOOT
William soltó una risa corta, amarga.
—Bloodshoot —repitió—. Claro. ¿Por qué no? Morí una vez, mínimo merezco un nombre ridículamente épico.
Tomó el traje. Se lo puso con cuidado, como si temiera romper algo sagrado. El material se ajustó a su cuerpo como una segunda piel. No apretaba. No pesaba. Era… correcto.
Se miró al espejo.
El hombre reflejado no parecía enfermo.
Tampoco parecía completamente humano.
—Bueno —dijo—. Al menos me queda bien.
Guardó la nota en el bolsillo interno. Luego tomó las armas. Las sostuvo con una facilidad que le resultó inquietante. No tuvo que pensar. Su cuerpo sabía qué hacer.
El teléfono vibró otra vez.
No lo miró.
Caminó hacia la ventana. La abrió. El aire nocturno entró de golpe, frío, real.
William miró el departamento por última vez. El sofá. La mesa. La vida que ya no encajaba con él.
—No quería esto —susurró—. Pero tampoco quería desaparecer.
Saltó.
La ciudad lo recibió con luces y sombras. Con ruido. Con caos.
Con un nuevo nombre latiéndole en la sangre.
BLOODSHOOT había salido al mundo.
Y ya no había vuelta atrás.
#66 en Ciencia ficción
#1034 en Otros
#377 en Humor
enfermedad grave, amor por internet, creacion de un arma letal
Editado: 19.01.2026