La universidad más grande de Nueva Jersey dormía a medias.
Luces encendidas en algunos edificios, estudiantes rezagados caminando con café en mano, seguridad privada haciendo rondas con más rutina que atención real. Desde lo alto de un edificio auxiliar, William observaba todo en silencio.
Esperaba.
Su traje se fundía con la noche. Su respiración era lenta, controlada. Demasiado controlada para alguien que, horas antes, todavía se cansaba subiendo escaleras.
Entonces la vio.
Una van negra se detuvo frente a la entrada principal.
En el costado, letras blancas y limpias: VALORA’S TECH
—Genial —murmuró William—. Nada sospechoso. Nada en absoluto.
Se llevó la mano al pecho… y sacó el teléfono.
Reprodujo el mensaje de Vanessa.
No me busques más…
Lo escuchó completo.
Luego otra vez.
—Excelente idea, Clark —se dijo—. Tortúrate emocionalmente antes de una misión mortal. Muy profesional.
Cuando levantó la mirada, la puerta principal ya estaba bloqueada. Varios guardias formaban una barrera humana, revisando credenciales, impidiendo el paso a cualquiera que no estuviera “autorizado”.
William suspiró.
—Bueno… vamos a trabajar.
Se dejó caer.
El primer guardia no lo vio venir. William lo desarmó con un golpe seco y lo lanzó contra la pared. El segundo intentó reaccionar. Grave error. El tercero ni siquiera alcanzó a gritar.
No fue elegante.
Fue efectivo.
William avanzó. Cada paso era más rápido, más preciso. Derribó guardias, esquivó balas, rompió defensas humanas como si fueran de cartón. No sentía placer. Tampoco culpa inmediata.
Solo movimiento.
Entró al edificio principal. Pasillos largos. Aulas cerradas. Más seguridad. Menos oportunidades.
—Esto empieza a parecer una mala excursión escolar —murmuró mientras dejaba inconsciente a otro hombre.
Finalmente, una puerta abierta.
Dentro, un aula iluminada. Estudiantes sentados. Y al frente, un hombre con traje gris, sonrisa perfecta, recogiendo firmas como si estuviera vendiendo salvación en papel reciclado.
William entró.
El golpe fue brutal. Directo. El hombre cayó al suelo, desarmado, sangrando por la ceja. William lo levantó del cuello y lo estampó contra el escritorio.
—¡Espera! —gritó el hombre— ¡Por favor!
William se detuvo.
Respiró.
—Habla.
El hombre tragó saliva.
—VALORA —dijo—. Proyecto VALORA. Humanos genéticamente mejorados. Para proteger al mundo.
William lo soltó lo suficiente como para que pudiera hablar.
—Superfuerza. Velocidad hipersónica. Vuelo. Visión de calor.
Aliento gélido. Telequinesis. Resistencia mejorada. Intelecto superior… oído capaz de escuchar conversaciones en China.
William parpadeó.
—Eso último suena innecesario y extremadamente molesto.
El hombre lo miró, confundido.
—¿Qué… qué eres tú?
William lo ayudó a ponerse de pie. Le acomodó el traje gris con cuidado casi absurdo.
—Alguien que firmó algo sin leer la letra chica.
—Mi nombre es Daniel Preston —dijo el hombre—. Presidente de VALORA’S TECH.
William lo observó unos segundos. No vio maldad. Vio ambición. Vio peligro potencial. Pero no una amenaza inmediata.
—Mi misión era eliminar la amenaza —dijo William—. Así que vamos a hacer algo.
Daniel lo miró, temblando.
—¿Qué cosa?
—Vas a hacerte pasar por muerto.
Silencio.
—¿Cómo?
William sonrió apenas.
—Confía en mí. Ya sobreviviste a lo peor.
Minutos después, William se alejaba del edificio. Sirenas a lo lejos. Caos contenido. Informes confusos.
Objetivo neutralizado.
Amenaza eliminada.
Desde un tejado, William observó la universidad una última vez.
No había salvado el mundo.
Pero tampoco lo había condenado.
Y por primera vez desde que se convirtió en BLOODSHOOT, entendió algo con claridad inquietante:
El verdadero enemigo no siempre era el objetivo.
A veces… era la misión misma.
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Editado: 19.01.2026