Bloodshoot Creado Para El Caos

CAPITULO 10

La mañana en VALORA’S TECH comenzó como cualquier otra.

Café humeante en escritorios de acero, pantallas encendidas mostrando modelos imposibles, científicos discutiendo con pasión controlada. El murmullo de la normalidad. Nadie sabía que esa palabra estaba a punto de morir.

Las puertas principales se abrieron.

El hombre que entró no pidió permiso.

Traje táctico negro. Brazos descubiertos, músculos tensos como cables. Un chaleco verde cruzándole el pecho como una promesa tóxica. Caminaba despacio. Demasiado despacio para alguien con prisa.

El primer disparo fue seco.

El segundo, innecesario.

El tercero, deliberado.

Gritos. Sangre. Huida desordenada.

El sujeto avanzaba matando con calma quirúrgica, como si cada vida fuera un trámite. No corría. No dudaba. Disfrutaba del silencio que dejaba atrás.

—Proyecto Zero —murmuró—. Limpieza.

Un laboratorio estalló en cristales.

Y entonces… el aire cambió.

Una pared cedió como cartón. Entre polvo y chispas, una figura cayó de pie.

Negro. Rojo. Ojos encendidos.

BLOODSHOOT.

El atacante giró, sonrió con algo que no era alegría.

—P-002 —dijo—. Me llaman DESTROYER.

—Bonito nombre —respondió William—. Compensa una personalidad pobre.

El primer golpe sacudió el laboratorio. Mesas volaron. Pantallas se apagaron en lluvia de chispas. DESTROYER era fuerza pura: cada impacto era un martillo. William respondió con precisión, esquivando por centímetros, devolviendo golpes que partían acero.

DESTROYER lo lanzó contra una pared. William la atravesó. Se levantó antes de tocar el suelo.

—¿Eso es todo? —escupió sangre y sonrió—. Pensé que Zero mejoraba más.

DESTROYER rugió y embistió. William lo recibió con un rodillazo que dobló una columna. Volaron tubos. Químicos incendiaron el aire. Se golpearon entre mesas, escaleras, vidrios. Puños contra hueso. Codos contra costillas. El laboratorio se convirtió en un campo de guerra.

DESTROYER levantó a William y lo estrelló contra el suelo una y otra vez. William sintió el impacto… y se levantó igual.

—No soy tu reemplazo —dijo—. Soy tu error.

Un golpe directo al mentón. DESTROYER retrocedió. William aprovechó: combinaciones rápidas, brutales, limpias. Lo empujó hacia las ventanas del décimo piso justo cuando las sirenas cortaron el aire.

El FBI había llegado.

DESTROYER intentó levantarse. William lo tomó del chaleco.
—Esto termina aquí.

Lo lanzó.

El vidrio explotó. El cuerpo cayó, girando, hasta impactar contra el suelo frente a los agentes. Inconsciente. Vivo.
Silencio.

Luego aplausos nerviosos. Gente llorando. Gente viva.

Los empleados de VALORA’S TECH rodearon a William, lo escoltaron fuera como si temieran que desapareciera. Afuera, entre luces rojas y azules, estaba Vanessa.

William la vio… y todo el peso cayó.

La abrazó con fuerza, como si el mundo intentara arrancársela. Ella lo sostuvo igual.

—Lo lograste —susurró.

—No —respondió—. Sobrevivimos.

Se alejaron unos pasos, se ocultaron entre sombras y sirenas. William la besó. No fue delicado. Fue urgente. Real. Humano.
Por un instante, no hubo proyectos, ni números, ni nombres en clave.

Solo dos personas aferrándose a algo verdadero.

En lo alto, entre ruinas de vidrio y acero, el Proyecto Zero acababa de aprender una lección: No todos los monstruos obedecen.

Y algunos… eligen ser héroes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.