Bloodshoot llegó al hospital como una sombra rota.
No pidió permiso. No preguntó nombres. Recorrió los pasillos con el corazón golpeándole el pecho más fuerte que cualquier enemigo. Cada paso era un recuerdo de la voz de Thomas, de la amenaza pronunciada con una calma monstruosa.
Habitación 314.
Ahí estaba Vanessa.
Pálida. Conectada a tubos. Respirando… pero demasiado quieta.
Un hombre con bata blanca estaba inclinado sobre ella, manipulando una bolsa de suero. Sus movimientos eran precisos, casi demasiado seguros. William lo observó un segundo más de lo normal.
Instinto.
El doctor se giró apenas.
—¿Quién es usted? No puede—
No terminó la frase.
William lo sujetó del cuello y lo estampó contra la pared. El crujido fue seco. Definitivo. El cuerpo cayó al suelo sin resistencia.
William respiraba agitado.
—Lo siento —susurró—. Ya no confío en nadie.
Actuó rápido. Cerró la puerta. Bajó las persianas. Revisó el suero. No era veneno… pero podría haberlo sido. Cambió la bolsa con manos firmes, recordando cada instrucción que había aprendido en el laboratorio Zero. Ajustó las válvulas.
Calculó la dosis. Midió el tiempo.
Por primera vez, no obedecía órdenes.
Protegía.
Luego hizo lo que había aprendido a hacer demasiado bien: se deshizo del cuerpo. Limpió la sangre. Borró huellas. El hospital volvió a parecer un hospital.
La noche pasó lenta, vigilante.
William no durmió.
Al amanecer, una enfermera golpeó la puerta suavemente.
—Buenos días, vengo a revisar a la paciente—
William salió del baño ya cambiado, una mochila al hombro. Su rostro estaba cansado, pero decidido.
—Está descansando —dijo—. No quiero que la despierten.
La enfermera asintió, revisó los monitores desde la entrada… y se fue.
William exhaló.
Entonces escuchó una voz débil.
—¿William…?
Se giró.
Vanessa estaba despierta. Sus ojos, aún cansados, lo buscaban como si el mundo se hubiera roto y él fuera lo único intacto.
William se quedó inmóvil un segundo.
Luego se quebró.
—¡Vanessa! —exclamó, dejando caer la mochila.
La abrazó con cuidado, como si el aire pudiera hacerle daño. Ella le rodeó el cuello con dificultad. Se besaron. Lento. Real. Vivo.
William rió. Lloró. Ambas cosas a la vez.
—Pensé que te perdía… —susurró.
—Sigues siendo dramático —dijo ella, con una sonrisa débil—. ¿Qué pasó?
William apoyó la frente contra la suya.
Y le contó todo.
Desde el callejón. El contrato. El suero. Las mentiras. Las misiones falsas. VALORA. Los sujetos. Thomas. La cacería. La amenaza.
—Me desmayaron —dijo ella cuando terminó—… ¿verdad?
William asintió.
—Pero no volverán a tocarte —dijo—. Nunca más.
Vanessa lo miró en silencio. Luego tomó su mano.
—Entonces deja de huir —dijo—. Pelea. Pero no solo.
William apretó sus dedos.
Por primera vez desde que firmó aquel contrato, no se sentía un arma.
Se sentía humano.
Y eso, para Thomas Rijkaard, era el peor error posible.
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Editado: 19.01.2026