La noche estaba tranquila, de esas que engañan.
William y Vanessa estaban sentados en el suelo del living, apoyados contra el sofá. No había trajes, ni armas, ni planes.
Solo una lámpara encendida y dos tazas de café que ya se habían enfriado.
Vanessa rompió el silencio.
—A veces siento que este país te exprime… y luego te pide que agradezcas —dijo, mirando al vacío.
William la observó sin interrumpirla.
—No es fácil vivir aquí cuando no tienes papeles —continuó—. Tres trabajos, turnos dobles, sonrisas obligatorias. Siempre con miedo de que alguien pregunte de más.
Se abrazó las rodillas.
—En México teníamos poco, pero estábamos juntos. Nos fuimos porque… —tragó saliva— porque mi papá se negó a trabajar para gente peligrosa. Dijeron que era solo “protección”. No lo era.
William apretó los dientes.
—Una noche dejaron una advertencia en la puerta —dijo ella—. Al día siguiente ya estábamos empacando. Cruzamos con lo puesto. Aquí… nadie te espera.
William tomó su mano.
—Ya no estás sola.
Vanessa lo miró.
—Eso me asusta —confesó—. Porque cuando todo se cae, duele más.
William respiró hondo.
—Renuncia a los otros dos trabajos —dijo con calma—. No tienes que matarte para sobrevivir.
—William…
—Yo me encargo —continuó—. Hasta que esto termine. Hasta que estemos bien.
Vanessa lo abrazó fuerte.
—No quiero depender de ti.
—No es dependencia —sonrió él—. Es equipo.
Ella rió suavemente, con lágrimas en los ojos.
Por un momento, el mundo pareció sencillo.
Y por eso mismo… estaba a punto de romperse otra vez.
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Editado: 19.01.2026