Vanessa sostuvo el teléfono unos segundos antes de marcar.
No temblaba. Ya había temblado demasiado en su vida.
—Hola, soy Vanessa Rubio —dijo cuando le contestaron—. Llamo para avisar que no podré continuar como ayudante… sí, lo sé… gracias por la oportunidad.
Colgó. Exhaló
.
Ese trabajo había sido el más cercano a sus sueños, aunque siempre desde atrás, desde el margen. Limpiar, ordenar, observar sin ser vista. Arqueología a la distancia.
Luego fue el turno del otro.
La oficina de abogados era pequeña, gris, llena de papeles que no le pertenecían. El abogado levantó la vista cuando ella dejó la credencial sobre el escritorio.
—¿Segura? —preguntó—. No abundan las oportunidades.
Vanessa sonrió con cansancio.
—Lo sé —respondió—. Pero ya no quiero vivir pidiendo permiso.
Salió. El sol le dio en la cara como una bienvenida inesperada.
Cuando llegó a casa, William estaba sentado en la mesa, revisando su teléfono como si fuera una bomba a punto de explotar.
—¿Y? —preguntó.
Vanessa dejó las llaves.
—Renuncié.
William se levantó y la abrazó.
—Estoy orgulloso de ti.
Ella apoyó la cabeza en su pecho.
—Da miedo —admitió—. Pero también se siente… ligero.
William la besó en la frente.
Dos trabajos menos.
Un poco más de libertad.
Y una guerra que seguía acercándose.
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Editado: 19.01.2026