La ciudad estaba medio dormida cuando William y Vanessa salieron del bar.
Caminaban despacio, todavía riéndose de cosas sin importancia, de esas que solo importan cuando por fin puedes respirar. La noche era tibia, casi amable.
Demasiado amable.
William se detuvo de golpe.
—Vanessa… —susurró.
El aire cambió. Una presión invisible cayó sobre la calle. Las farolas parpadearon una a una hasta apagarse, como si alguien las estuviera desconectando desde el cielo.
Un aplauso lento rompió el silencio.
—De verdad —dijo una voz conocida—, qué escena tan conmovedora.
Thomas Rijkaard salió de las sombras.
No llevaba bata. No llevaba miedo. Su cuerpo era distinto: más alto, más definido, con venas verdosas recorriéndole los brazos como raíces vivas. Sus ojos brillaban con una calma inhumana.
—P-111 —dijo—. La culminación del Proyecto Zero.
William dio un paso al frente.
—Vanessa, corre.
—William, no—
—¡Ahora!
Vanessa reaccionó justo cuando Thomas levantó la mano. Se lanzó detrás de un basurero metálico mientras la calle explotaba. El asfalto se levantó como una ola sólida y se estrelló contra William, lanzándolo contra una pared.
—Siempre fuiste lento —comentó Thomas, avanzando—. Demasiado humano.
William se levantó con dificultad. Thomas lo golpeó antes de que pudiera reaccionar. Un puñetazo. Dos. Tres. Cada impacto era como chocar contra un camión.
William cayó de rodillas.
—Yo te salvé —dijo Thomas—. Te di propósito.
Lo levantó del cuello y lo estampó contra un auto, aplastándolo como si fuera de papel.
William sangraba. Respiraba mal. Estaba perdiendo.
—Mírate —continuó Thomas—. Protegiendo debilidades.
Desde su escondite, Vanessa observaba, con las manos tapándose la boca para no gritar.
Thomas lanzó a William por los aires. Cayó contra el suelo, inmóvil por un segundo eterno.
—Se acabó —dijo Thomas, levantando el brazo para el golpe final.
William abrió los ojos.
Pensó en Vanessa.
En la entrevista.
En la risa en el bar.
En todo lo que Thomas nunca entendió.
William rodó a un lado. El golpe de Thomas destrozó el pavimento. William se levantó de un salto y atacó sin pensar, usando el entorno: rompió una tubería de gas, lanzó una chispa con un golpe metálico y obligó a Thomas a retroceder.
—Aprendí algo de ti —escupió William—. La fuerza sin control es solo ruido.
Thomas cargó. William lo condujo hacia una obra en construcción, lo empujó entre vigas, cables y cemento fresco. Activó una grúa manualmente y la dejó caer sobre Thomas, enterrándolo parcialmente.
Thomas rugió, furioso, intentando levantarse.
William no le dio tiempo.
Concentró todo. Cada músculo. Cada recuerdo.
Un último golpe.
El impacto sacudió la calle entera. Thomas quedó incrustado en el concreto, inconsciente, su cuerpo apagándose lentamente.
Silencio.
William cayó de rodillas, temblando.
—William… —susurró Vanessa, saliendo de su escondite.
Él levantó la vista y sonrió, débil pero vivo.
—Te dije… que te cuidaría.
Las sirenas comenzaron a acercarse a lo lejos.
La ciudad había sobrevivido otra noche.
Y esta vez, Bloodshoot había ganado no por ser un arma… sino por ser humano.
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Editado: 19.01.2026