La noche volvió a reconocerlo.
William se ajustó el traje rojo y negro en lo alto de un edificio, observando Nueva Jersey extendida bajo sus pies como un organismo vivo, imperfecto, ruidoso. Las luces parpadeaban. Las sirenas cantaban a lo lejos.
Bloodshoot respiró hondo.
Saltó.
Cayó en un callejón donde un asalto estaba a punto de convertirse en algo peor. Dos movimientos. Tres golpes. El crimen terminó antes de empezar. Los culpables quedaron en el suelo, vivos, esperando a la policía.
Siguió adelante.
Una red de tráfico ilegal. Una pelea clandestina. Un secuestro que no llegó a consumarse. Bloodshoot se movía rápido, preciso, sin discursos ni poses heroicas. Solo acción.
Al amanecer, la ciudad había dormido un poco más tranquila.
Desde una azotea, William miró el cielo aclararse. Pensó en Vanessa, durmiendo en casa, creyendo en él incluso cuando el mundo no lo hacía. Pensó en los errores, en la sangre derramada, en lo que había perdido para llegar hasta ahí.
—No soy un héroe —murmuró—. Pero tampoco soy un arma.
Se perdió entre las sombras una vez más.
En Nueva Jersey, cuando la noche cae, los criminales aprendieron una nueva regla
Si ves rojo y negro… corre.
Porque Bloodshoot sigue ahí.
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Editado: 20.01.2026