Bloody Heritage

003

CAPÍTULO 01: EL NUEVO COMIENZO

[♧]

—¿Alguna vez has escuchado esa vieja historia japonesa? Dice que cada persona en este planeta está conectada a otra mediante un invisible hilo rojo atado al meñique. No importa cuánto tiempo pase, ni qué tan adversas sean las circunstancias; ese hilo puede estirarse o enredarse, pero jamás romperse, porque esas almas están destinadas a encontrarse. Y es que, en ese encuentro, reside un poder antiguo: no importa cuántas capas de sombra hayan cubierto un corazón, ni qué tan profundo sea el abismo de su amargura. Siempre existe, al otro extremo de ese hilo y en algún rincón del destino, una mano capaz de sostener la antorcha. Porque ninguna alma está tan rota que no pueda ser reconstruida por alguien que posea la paciencia de recoger los pedazos y la valentía de amarlos.

​—¡¡Lily!! —El grito de mi madre rasga el silencio del jardín, obligándome a despegar la vista de las gastadas páginas de mi libro—. ¡Muévete, tenemos que irnos!

​Cierro el libro de golpe, sintiendo que el pecho me pesa un poco más de lo normal. Me levanto del césped con parsimonia, sacudiendo la tierra de mi pantalón con palmaditas descuidadas. Entro a la casa con el ceño fruncido, arrastrando los pies como si cada paso me alejara de quien realmente soy.

​—Cariño, sé que no quieres mudarte —dice mi madre, deteniéndose un momento frente a una caja de cartón medio abierta. Me mira con esos ojos llenos de una esperanza que yo no comparto—. Pero piénsalo así: es como una página nueva en un libro. Una oportunidad para que una nueva historia nazca.

​—Ningún libro cambia de género y de historia tan rápido, mamá —respondo con amargura—. A esto no se le llama "nuevo capítulo", se le llama "reescribir sobre lo que ya estaba bien".

​Salgo de la casa sin esperar respuesta y me hundo en el asiento del auto. Mi madre sube poco después y arranca el motor, lanzándome una mirada de reojo mientras el vecindario de toda mi vida comienza a desvanecerse por el retrovisor.

​—Verás que será bueno para ti, y también para mí, Lily. Necesitamos este aire nuevo.

​"Aire nuevo", qué ironía. Mi madre decidió rehacer su vida y se casó con el alcalde de un pequeño pueblo en Virginia llamado Harpers Ferry. Sinceramente, no sé quién le pone esos nombres a los pueblos, suenan a lugar donde el tiempo se detuvo en el siglo XIX y donde el chisme es el deporte nacional.

[♧]

El trayecto hacia Virginia fue un desfile de árboles que se volvían cada vez más densos y montañas que parecían querer encerrarme. Harpers Ferry apareció entre la niebla como un escenario de película antigua; calles empedradas, edificios de ladrillo rojo y esa sensación extraña de que el río Potomac, que rodea el lugar, guarda demasiados secretos. Es un pueblo que se siente pesado, cargado de historia y de fantasmas que no me pertenecen.

​Finalmente, el auto se detiene. Mi padrastro, David, ya nos estaba esperando. Estacionamos frente a una casa de arquitectura victoriana, imponente y algo intimidante. Tenía tres pisos, paredes de un blanco pulcro que contrastaba con el verde intenso del césped recién podado y unos ventanales enormes que parecían vigilar cada uno de mis movimientos.

​—¡Bienvenidas! —exclama David, acercándose al auto con una sonrisa tan brillante que casi me obliga a entrecerrar los ojos. Parece que el hombre desayuna rayos de sol y felicidad líquida.


David se apresuró a abrir la puerta de mi madre, dándole un beso en la mejilla que me hizo desviar la mirada hacia el bosque.

—Espero que el viaje no haya sido agotador —dijo, intentando conectar conmigo—. Lily, este lugar tiene una energía especial. Sé que te resultará extraño al principio, pero Harpers Ferry tiene una forma muy suya de darte la bienvenida.

Yo solo asentí por compromiso, cargando mi mochila al hombro. Al caminar hacia la entrada, el olor a pino y a humedad del río me golpeó la cara. Todo era demasiado perfecto, demasiado ordenado. Era el tipo de orden que te hace querer desordenar algo solo para comprobar que es real.
​Caminamos por el pasillo de madera crujiente hasta el segundo piso. David se detuvo frente a una puerta de madera oscura y la abrió con un gesto teatral.

​—Este es tu cuarto, Lily. Espero que te guste. Tu madre me dio algunas ideas, pero puedes cambiar lo que quieras.
​Entro a la habitación y me detengo en seco. Es un espacio amplio, dominado por una cama enorme con sábanas blancas y rosas que se ven demasiado suaves para ser verdad. Hay un ventanal gigante que ofrece una vista privilegiada del río; el agua fluye con una calma que me resulta casi insultante. Las paredes son blancas, desnudas, y el bombillo del techo emite una iluminación tenue, casi mortecina.

​Parece un manicomio elegante. Es fría, solitaria y extrañamente silenciosa.

​—Me encanta —susurro, y por primera vez en el día, no estoy siendo sarcástica—. Gracias. Es... perfecta.

[♧]

​A la mañana siguiente, el comedor de la mansión se sentía demasiado grande para nosotros tres. El sol de Virginia entraba con timidez por los ventanales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. El silencio era denso, interrumpido únicamente por el tintineo metálico de los cubiertos contra la porcelana cara. David sonreía a su café como si guardara un secreto, hasta que finalmente decidió romper el hielo.

​—Esta noche celebraremos un baile —anunció con esa voz de político que proyecta seguridad—. Quiero darles la bienvenida formalmente. Es importante que el pueblo sepa quién es mi nueva familia, y que vean lo afortunado que soy.

​Mi madre, conmovida por el gesto, dejó su tenedor para entrelazar su mano con la de él. Se inclinó y le dio un beso en los labios que duró un segundo de más. Yo aparté la mirada de inmediato, concentrándome intensamente en una migaja de pan sobre la mesa. No es que no quisiera que ella fuera feliz, es que ver la felicidad de otros me recordaba lo perdida que me sentía yo.




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