CAPÍTULO 02: EL BAILE DE BIENVENIDA
《 Dicen que no debemos juzgar un libro por su portada ni a una persona por su apariencia, ¿ pero qué hacemos cuando esa apariencia es tan obvia que te deja un sabor amargo o una sensación extraña e imposible de evitar?
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La noche finalmente se desplomó sobre Harpers Ferry, trayendo consigo una humedad que empañaba los grandes ventanales de la mansión. Mi madre entró en mi habitación cargando una percha con un vestido de seda rosa que brillaba bajo la luz tenue. Era precioso, no podía negarlo, pero se sentía como una armadura de delicadeza que no encajaba con mi estado de ánimo. Por complacerla, y para evitar otra charla sobre "nuevos comienzos", me lo puse.
Estaba terminando de retocar mi maquillaje frente al espejo, tratando de reconocer a la chica que me devolvía la mirada, cuando la puerta se abrió suavemente.
—Lily... Dios, mírate, estás hermosa —susurró mi madre, apoyándose en el marco de la puerta—. Te dije que ese color te sentaría de maravilla, y tú que no querías ni probártelo.
Me miré una vez más. El rosa contrastaba con la palidez de mi piel, haciéndome ver más vulnerable de lo que me gustaba admitir
—Mamá, no es que no me guste —mentí a medias, ajustando la falda de seda—. Es solo que todo esto... la casa gigante, la ropa cara, las expectativas... es demasiado. Todavía me pierdo buscando el baño en este lugar, ¿cómo se supone que actúe como la "hija perfecta del alcalde"?
—Cariño, sé que todo es nuevo y abrumador, pero te prometo que te acostumbrarás antes de que te des cuenta —me dijo, acercándose para darme un beso en la frente.
—¿Chicas, están listas? —La voz potente de David retumbó desde el pasillo—. ¡Santo cielo, qué guapas están! —exclamó al vernos—. Pero tenemos que bajar ya; los invitados están empezando a cruzar el umbral y el comité de bienvenida no puede estar incompleto.
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Me colocaron junto a la puerta principal, una posición estratégica para saludar a media ciudad. El desfile de personajes era digno de una novela de misterio. Algunos invitados parecían personas normales, pero otros... bueno, Harpers Ferry tenía habitantes muy peculiares.
Vi pasar a una mujer anciana con el cabello revuelto y grisáceo, cuyos ojos brillantes parecían leerte el alma; juraría que en su tiempo libre preparaba pociones en un caldero. Luego pasó un hombre con una barba tan larga y espesa que me hizo preguntarme si ocultaba colmillos; por la forma en que olfateaba el aire, estaba segura de que era un hombre lobo. Incluso vi a una mujer de una palidez tan extrema y un caminar tan liviano que me reí para mis adentros pensando que era un fantasma que se había equivocado de fiesta.
Justo cuando el aburrimiento empezaba a ganarme, desvié la mirada hacia el camino de entrada. Una fila de figuras se acercaba.
Todos vestían de negro riguroso, rompiendo la estética colorida del resto de los invitados. Parecía que se dirigían a un funeral de alta alcurnia en lugar de a un baile, pero lo que más impactaba no era su ropa, sino su belleza casi irreal. Eran perfectos, demasiado perfectos para ser de este mundo.
—Señor Salvius, bienvenido. Es un honor tenerlo aquí —dijo David, estrechando la mano del patriarca con un respeto que rayaba en la sumisión.
—David Andersson, cuánto tiempo sin vernos en un evento social —respondió el hombre con una voz profunda que parecía vibrar en el suelo.
—El placer es mío. Permítame presentarle a Emily... la hija de mi esposa.
"Emily". Apreté los dientes. Odio que me llamen así; suena a niña pequeña y frágil. Yo prefiero Lily, algo con un poco más de espinas.
—Dígame Lily, un gusto, señor... Salvius —le dije, obligándome a sostenerle la mirada. Sus ojos eran de un color miel brillante, casi sobrenatural bajo las luces de la entrada.
—Ella es mi esposa, Catalina —continuó el señor Salvius.
A su lado, Catalina era una visión de elegancia gótica. Tenía la piel de mármol, el cabello negro como el azabache y, nuevamente, esos hipnotizantes ojos color miel que parecían ver a través de mis capas de seda rosa.
—Un gusto, señora Salvius —murmuré, tratando de no parecer intimidada.
—Oh, qué encantadora. El gusto es nuestro, pequeña —respondió ella con una sonrisa gélida pero cortés.
—Y ellos son nuestros hijos: Dalia, Jackson y Roman.
Mi mirada pasó por Dalia y Jackson, ambos increíblemente atractivos, pero mi mundo se detuvo al llegar al tercero. Era él. El chico del auto. De cerca, su atractivo era todavía más abrumador; tenía facciones afiladas y una expresión de aburrimiento aristocrático que se desvaneció en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos.
—Roman Salvius —dijo él, dando un paso al frente.
Su voz era como el terciopelo rozando una herida abierta. Antes de que pudiera reaccionar, tomó mi mano con una delicadeza inesperada. Su piel estaba fría, como si acabara de tocar hielo, y me dio un pequeño beso en el dorso de la mano sin apartar sus ojos ámbar de los míos ni un solo segundo. En ese momento, el ruido de la fiesta desapareció y solo quedó el latido errático de mi corazón.
El roce de sus labios contra el dorso de mi mano fue apenas un suspiro, pero se sintió como una descarga eléctrica que me recorrió el brazo hasta instalarse en la base de la nuca. Sus labios estaban fríos, inusualmente fríos para alguien que acababa de salir de un auto, pero su mirada... su mirada quemaba.
—Un placer, Lily —dijo Roman. Su voz era baja, con una textura aterciopelada que parecía vibrar en el aire.
No dijo "Emily". Usó mi nombre preferido, como si hubiera estado escuchando mis pensamientos o como si "Lily" encajara mejor con la imagen que él tenía de mí. Sus hermanos, Dalia y Jackson, intercambiaron una mirada rápida que no supe descifrar. Dalia era etérea, con una belleza que intimidaba, y Jackson tenía una mandíbula tan afilada que parecía tallada en mármol.