Bloody Heritage

CAPÍTULO I

𝐂𝐀𝐏𝐈𝐓𝐔𝐋𝐎 𝐈: 𝐍𝐔𝐄𝐕𝐎𝐒 𝐂𝐎𝐌𝐈𝐄𝐍𝐙𝐎𝐒...?

¿ Alguna vez has oído hablar de la leyenda del hilo rojo? Es una antigua creencia de origen asiático que sostiene que todas las personas estamos conectadas a nuestra alma gemela por un hilo invisible, atado al dedo meñique. Según cuenta la historia, sin importar cuánto tiempo pase o qué tan lejos estemos, este vínculo jamás se rompe. Por mucho que el hilo se tense o se enrede, el destino siempre terminará uniendo a quienes están destinados a encontrarse."

-¡Lily, tenemos que irnos! -gritó mi madre desde el interior. La escuché claramente a pesar de la distancia; estaba parada en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho, impaciente.

​-Ya voy, mamá -respondí con desgano.

​Cerré el libro de golpe, marcando la página con un dedo, y me puse en pie. Me sacudí el polvo del pantalón y caminé hacia la casa con pasos lentos, arrastrando los pies contra el pavimento seco del camino de entrada. No tenía ninguna prisa por cruzar esa puerta.

​Al entrar, la encontré maniobrando un par de cajas de cartón grandes. Eran pesadas; el cartón estaba doblado en las esquinas por el esfuerzo.

​-Cariño, cambia esa cara -dijo ella, soltando una de las cajas sobre el sofá para mirarme de frente-. Sé que no te entusiasma la mudanza, pero intenta verlo de otra manera. Es una nueva historia, el siguiente capítulo de un libro.

​Me quedé mirando las cajas, sintiendo un nudo en el estómago.

​-Mamá, ningún libro cambia de trama de la nada, solo porque sí -repliqué, sintiendo cómo el resentimiento se acumulaba en mi garganta-. Y la verdad, no quiero una nueva aventura. Estoy bien con la historia que ya tenía.

​Sin esperar una respuesta, me di media vuelta y salí de la casa para refugiarme en el asiento del copiloto del auto. El aire dentro del vehículo estaba estancado y caliente.

​Pasaron varios minutos antes de que ella finalmente saliera con las últimas pertenencias y subiera al asiento del conductor. Se quedó un momento en silencio, con las manos sobre el volante, antes de suspirar.

​-Hago esto por las dos, Emily -dijo finalmente, con un tono de voz que intentaba ser conciliador-. No es una decisión que tomé a la ligera.

​-Sabes perfectamente que odio que me llamen Emily -corté, mirando por la ventana hacia el jardín que ya no sería mío.

​-Lily, por favor -insistió ella, conectando la llave en el encendido-. Solo inténtalo. Por esta vez, confía en mí.

No dije absolutamente nada. Simplemente abrí mi libro, busqué la página por donde iba y me refugié en la lectura, ignorando por completo la tensión que aún flotaba en el aire. Sentí el suave tirón del motor cuando el auto comenzó a avanzar, dejando atrás la única casa que había conocido en mis dieciséis años de vida.
​Nos dirigíamos a Harpers Ferry, un pueblo pequeño y cargado de historia, fundado en 1859. Mientras las casas de nuestro vecindario se volvían puntos borrosos por la ventana, no pude evitar pensar en la razón detrás de este cambio tan repentino. Todo se reducía a un nombre: Charles Hamilton. Él era el alcalde de Harpers Ferry y, desde hacía unos meses, el nuevo novio de mi madre.
​La idea de mudarnos allí no solo significaba cambiar de código postal, sino integrarnos a la vida de un hombre al que apenas conocía y cuya posición política lo convertía en una figura pública en aquel pueblo. Mi madre parecía emocionada por la idea de este nuevo comienzo, pero para mí, Harpers Ferry no era más que un lugar extraño donde tendría que empezar de cero bajo la sombra de alguien que, honestamente, preferiría no conocer.

El paisaje comenzó a cambiar drásticamente. Atrás quedó la calidez de Oregón; el clima se volvió gélido y los árboles, antes familiares, ahora se agitaban con fuerza ante el viento. Con el paso de los kilómetros, lo moderno se desvaneció. Cruzamos un pequeño pueblo y, al borde de la carretera, vi un cartel desgastado y antiguo que rezaba:

Bienvenidos a Harpers Ferry.

​Después de horas de viaje, entrar en aquel sitio me resultó inquietante. Todo era distinto: las estructuras se veían viejas y las calles estrechas estaban completamente vacías. No se veía ni un alma, solo aquel aire frío que recorría los callejones. Me pareció extraño; en Oregón, las calles siempre tenían movimiento, pero aquí el silencio era absoluto.

​El auto se detuvo frente a un portón de hierro. Un hombre salió al encuentro, reconoció a mi madre y abrió la entrada con una llave. Detrás del portón, alcancé a ver la propiedad: era una mansión que parecía salida de una época distinta. Tenía una fachada de ladrillo rojo, ventanales inmensos y un jardín que, aunque enorme, se sentía desolado.
​Al bajar del auto, mi madre caminó hacia el hombre. Asumí que era Charles. Él la saludó y, juntos, se acercaron a mí.

​-Emily, por fin te conozco. Me alegra mucho que estés aquí -dijo con una sonrisa radiante, casi demasiado brillante para mi gusto.

​-Charles, un gusto -murmuré, manteniendo la distancia.
​-¿Qué te parece la casa? -preguntó él, observando la imponente estructura.

​-Es linda -respondí, aunque el lugar me provocaba una sensación de incomodidad que no supe definir.
​Hubo un silencio incómodo, hasta que Charles volvió a hablar.

​-Emily, te mostraré tu habitación.

​-Charles, ¿podrías llamarme Lily? -lo corregí, sin rodeos.

​-Está bien, Lily -dijo él, sin mostrar molestia.

​Entramos en la casa. El recibidor era espacioso y estaba dominado por una escalera central que parecía no tener fin. Mientras subíamos, mis ojos recorrieron cada detalle, intentando procesar cómo una casa tan lujosa podía sentirse, al mismo tiempo, tan vacía.

Charles empujó una puerta doble de madera pesada y me dejó ver lo que sería mi habitación. Me quedé en silencio, sorprendida por el espacio. Era una estancia enorme, con una cama de matrimonio que lucía un dosel de tela blanca, dándole un aspecto antiguo y elegante. Tenía grandes ventanales que dejaban pasar la poca luz del atardecer y, lo que más llamó mi atención, una repisa empotrada que cubría casi toda una pared, repleta de libros.




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