CAPÍTULO II : QUIEN ES EL ?
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El comedor estaba sumido en un silencio que se me hacía eterno. Eran apenas las ocho de la mañana, pero el ambiente se sentía tan denso como el aire gélido de Harpers Ferry. El desayuno se me estaba haciendo nudo en el estómago; todavía no me acostumbraba a la precisión casi quirúrgica con la que Charles hacía todo, ni a la sonrisa demasiado perfecta de mi madre intentando convencerme de que este "nuevo capítulo" era lo mejor que nos podía pasar.
Justo cuando estaba contando los segundos para pedir permiso y subir a refugiarme entre mis libros, la puerta se abrió.
Entró una chica que parecía el estereotipo viviente de una nerd de novela: lentes de montura gruesa, el cabello castaño recogido en una coleta baja que se estaba desarmando y frenillos que brillaron bajo la luz del candelabro. Tenía ese aire de persona que prefiere pasar desapercibida, aunque algo en su postura no terminaba de encajar con esa timidez.
—Ella es mi sobrina, Amelia Hamilton —anunció Charles. Se levantó con esa elegancia natural suya y se puso a su lado. Mi madre, como si fuera un resorte, lo siguió de inmediato.
—Hola, Amelia. Es un gusto conocerte —dijo mi madre con una de esas sonrisas radiantes que solía reservar para las ocasiones especiales.
—El gusto es mío, señora Ana —respondió la chica.
Me quedé un momento observándola. Para verse como alguien que sufre de acoso escolar, su voz sonaba extrañamente segura, con una firmeza que me tomó por sorpresa. Mi madre se giró hacia mí y me lanzó una mirada cargada de significado, pidiéndome en silencio que cooperara. Solté un suspiro casi imperceptible y me puse en pie, sintiéndome como una intrusa en mi propia vida.
—Ella es mi hija, Emily —me presentó mi madre.
Sentí el pinchazo de siempre al escuchar ese nombre.
—Lily —corregí suavemente, intentando no sonar grosera pero marcando mi territorio—. Dime Lily... Un gusto conocerte, Amelia.
—Lily. El tío Charles me ha hablado mucho de ti —dijo Amelia. Me dedicó una sonrisa enorme, idéntica a la de Charles, y antes de que pudiera dar un paso atrás, me envolvió en un abrazo rápido. Me quedé rígida un segundo; no estaba acostumbrada a que desconocidos invadieran mi espacio personal de esa forma, especialmente en esta casa que todavía sentía tan vacía.
—Qué bueno que ya se conocen —intervino Charles, luciendo genuinamente complacido—. Amelia, ¿por qué no llevas a Lily a dar una vuelta por el pueblo antes del baile? Le vendría bien conocer un poco los alrededores.
Miré a Amelia y luego hacia el gran ventanal que daba al jardín donde anoche creí ver a ese extraño. No es que fuera pesada o no quisiera ir, es que Harpers Ferry todavía me resultaba inquietante. Pero, por otro lado, Amelia parecía la única persona normal en esta ecuación de alcaldes y mansiones lujosas. Quizás ella conocía los secretos de este lugar.
—Claro, si a Lily no le molesta que la vean con la sobrina del alcalde —bromeó Amelia, ajustándose los lentes con un brillo divertido en los ojos.
—No me molesta —respondí con una sonrisa tímida, la primera de la mañana—.
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Salimos de la mansión bajo un sol radiante, aunque la brisa de Harpers Ferry seguía siendo traicionera y fuerte, de esas que te obligan a cerrarte la chaqueta cada dos minutos.
—Entonces, ¿qué quieres ver primero, Lily? —Amelia me miró con una sonrisa vibrante, ajustándose los lentes—. Tenemos el cementerio, la iglesia, el bosque o el puente para ver el río.
Lo soltó con una naturalidad que me dejó descolocada.
—¿Al... cementerio? —pregunté, deteniéndome en seco.
—Sí, al cementerio. Es precioso y tiene muchísima historia —respondió ella, como si estuviera sugiriendo ir por un helado.
—¿"Bonito" y "cementerio" en la misma frase? —Solté una risita incrédula—. Qué tal si mejor vamos al puente a ver el río.
—Hecho, vamos al puente entonces.
Empezamos a caminar por las calles empedradas. A decir verdad, bajo la luz del día, el pueblo no me resultaba tan inquietante como la noche anterior. Tenía un aire antiguo, casi mágico, con mucha naturaleza abrazando las estructuras de piedra. Se sentía... relajante. Un respiro necesario después de tanta mudanza y tensión familiar.
—¿Te gusta el pueblo? —Amelia rompió el silencio, observándome con curiosidad.
—Sí... es muy tranquilo —admití, aunque en el fondo sabía que "tranquilo" a veces podía significar "aburrido".
—Oye, ¿te puedo preguntar cómo era tu vida en Oregón?
Dudé un momento. Recordar mi antigua habitación y mis rutinas me provocó una punzada de nostalgia en el pecho.
—Bueno... era divertida. Solía salir con mis amigos todos los fines de semana. Íbamos al cine, al parque, a la cafetería... —Pasábamos justo frente al imponente portón de una propiedad privada—. Salíamos a comer helado, de compras...
No pude terminar la frase. El portón se abrió de par en par con un chirrido metálico, obligándonos a frenar en seco. Una caravana de autos de lujo, negros y con los vidrios totalmente tintados, comenzó a salir de la propiedad. Parecía el desfile de una familia real o de algo mucho más oscuro.
Me quedé hipnotizada viendo los vehículos pasar, hasta que el último, que llevaba el vidrio abajo, captó toda mi atención.
Dentro iba un chico. Tenía la piel pálida, casi de porcelana, y unos ojos claros, tan intensos que parecían atravesar el cristal. Tenía una mirada intimidante, de esas que te hacen sentir que te están leyendo el alma. Por un par de segundos que se sintieron como horas, nuestras miradas se conectaron. No parpadeó. Yo tampoco pude hacerlo.
Entonces, el auto aceleró y siguió su camino, dejándome con el corazón latiendo a mil por hora.
—¡Oh, por Dios! Acabas de hacer contacto visual con Roman Salvius —exclamó Amelia, prácticamente dando un saltito de emoción.