Bloody Heritage

PRÓLOGO

𝐏𝐑𝐎𝐋𝐎𝐆𝐎

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𝐀𝐃𝐕𝐄𝐑𝐓𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀;

Este prólogo está narrado con un estilo de lenguaje bíblico y contiene menciones directas a historias de la Biblia. Con esto no se busca ofender las creencias de nadie; se incluye únicamente con fines de entretenimiento y con el debido respeto que se merece.

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EL ORIGEN

En los albores del tiempo, cuando el hálito de la creación aún flotaba sobre los valles vírgenes y solo dos humanos pisaban el firme suelo de la Tierra, del vientre de la primera mujer nació el dolor. Eva, la madre de todos, concibió de Adán a su primer hijo, Caín, un hombre moldeado con la fuerza de la roca y destinado a dominar la tierra y sus cultivos. Años más tarde, el suelo recibió a Abel, su hermano, un espíritu sereno y afable que consagró su vida al pastoreo de las ovejas.

​Crecieron bajo el mismo sol, mas sus corazones guardaban diferentes fuegos. Llegó el día en que ambos debían presentar sus ofrendas ante el Altísimo. Abel, con devoción sincera, escogió la oveja más hermosa y pura de su rebaño, ofreciendo su vida en sacrificio. El Creador miró el humo ascender y complacido, bendijo al pastor. Caín, por su parte, presentó los frutos de su sudor: manzanas maduras, raíces de la tierra y granos que él mismo había cultivado con esfuerzo. Mas el Creador, viendo la soberbia que ya anidaba en el pecho del labrador, rechazó su ofrenda y apartó la mirada.

​La humillación encendió una llama negra en el alma de Caín. La envidia, que es el veneno de la hermandad, le nubló el juicio. En el silencio del campo, lejos de la mirada de sus padres, Caín alzó una piedra contra su propio hermano y le arrebató la vida. La primera sangre humana corrió por la hierba, clamando justicia desde el polvo.

​Entonces, el cielo se tiñó de tormenta y la voz del Señor descendió como un trueno devastador, sentenciando al primer homicida con una condena eterna:

«¿Qué has hecho con tu hermano, Caín? Su sangre clama a mí desde la tierra. Por tanto, maldito serás sobre este suelo que abrió su boca para recibir la sangre derramada por tu mano.

Por la sangre que arrebataste, la tierra te negará su sustento. No habrá fruto, ni trigo, ni agua que sacie tu sed, ni pan que apacigüe tu hambre. De la misma sangre de tu hermano te alimentarás para sostener tu mísera existencia.

Por la vida que apagaste en su juventud, tú no conocerás el descanso de la tumba. Vivirás eternamente en las tinieblas de la noche; el sol herirá tu piel y la luz del día será tu tormento.

Verás el transcurrir de los siglos, verás imperios levantarse y caer en el polvo, verás a la humanidad avanzar y transformarse... y tú, estancado en tu maldición, permanecerás inmóvil como una estatua en el desierto del tiempo.»

​Y para sellar el pacto de su castigo, el Creador entregó a Caín un cáliz que contenía un suero espeso, oscuro como el abismo. Al beberlo, el cuerpo de Caín mudó; su corazón se detuvo, sus colmillos se afilaron y sus ojos reflejaron la frialdad de la luna. Se convirtió en el primer vampiro, el esclavo eterno de la noche. Humillado y aterrorizado de sí mismo, Caín huyó hacia las tierras del este, viviendo en la más absoluta soledad durante miles de años, escondiéndose en cuevas y ruinas, contemplando con ojos marchitos cómo la Tierra se poblaba lentamente mientras él seguía siendo el único monstruo sobre la faz de la creación.

Transcurrieron los milenios, y las eras de bronce y de hierro pasaron como ráfagas de viento. Caín, buscando borrar la marca de su pasado ante los ojos de los nuevos hombres, adoptó el apellido Salvius y se ocultó entre las sombras de las civilizaciones que nacían. Sus pasos cansados lo llevaron finalmente a un pequeño y neblinoso pueblo en el corazón de Rumania, un rincón rodeado de bosques espesos y leyendas antiguas.

​Fue allí donde ocurrió lo imposible. Caín conoció a Catalina, una mujer mortal de una belleza casi celestial y con un espíritu tan luminoso que su sola presencia era capaz de disipar la densa oscuridad que habitaba en el alma del maldito. Por primera vez en eones, Caín sintió el calor del amor verdadero. Catalina miró más allá de su monstruosidad y aceptó su destino a su lado. Se unieron en matrimonio, desafiando las leyes de lo natural.

​De esa unión de luz y sombra nació un fruto inesperado y temible. Las leyes del mundo decían que los vampiros no nacen, sino que se crean mediante el bautismo de la sangre; sin embargo, Catalina concibió. En su vientre crecía el primer híbrido de la historia: mitad humano y mitad vampiro.

​Pero la gestación no trajo alegría, sino una sombra funesta. El niño albergaba en su ser un demonio latente, una fuerza oscura que consumió la vitalidad y la energía de Catalina día tras día. Cuando el niño, a quien llamaron Lorenzio Salvius, finalmente llegó al mundo, la luz de su madre se apagó por completo. El parto la dejó al borde de la muerte, con el cuerpo frío y exhausto.

​Enloquecido por el dolor y negándose a perder a la única mujer que le había devuelto la humanidad, Caín tomó una decisión desesperada. Aún conservaba en su poder parte de aquel suero original que el Creador le había entregado en el Edén, una sustancia capaz de transformar la mortalidad en eternidad. Con manos temblorosas, vertió el elixir en los labios marchitos de Catalina. La mujer murió como humana, pero abrió los ojos como una deidad de la noche: la primera Vampira de Sangre Pura, renacida no por el contagio, sino por el poder del suero primigenio.

​Así se fundó la dinastía Salvius. Con el paso de los siglos, Caín y Catalina compartieron su sangre con otros hombres y mujeres seleccionados, otorgándoles una fracción de su poder inmortal y creando así la aristocracia de la noche. Sus descendientes se multiplicaron y convirtieron a otros en un efecto dominó, dando origen a la sociedad vampírica que gobernaría desde las sombras de la historia.




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