El río golpea contra las rocas con un ritmo constante, definitivamente no es un lugar acogedor ni un escenario para conversaciones delicadas. Es frío, apartado y demasiado silencioso. Gregory se detiene a mi lado como si conociera el sitio desde siempre. Ya no estoy nerviosa, estoy alerta. Hay un cambio repentino en nuestras posturas y reconozco el espacio que hace para que empiece el cuestionario.
Me acerco al borde del puente rojo. La madera está fría y vieja al tacto, con una que otra pequeña astilla sobresaliendo de su lugar.
—Necesito que me cuente todo —digo sin rodeos— No puedo defenderlo si no sé qué pasó esa noche.
—¿Y si no quiero contarlo? —No me mira, se observa el anillo y siento que estoy en una prueba en la que mi paciencia va perdiendo.
—Entonces búsquese otro abogado —respondo— No voy a trabajar a ciegas.
Gregory suelta una risa corta, se le nota la falta de amabilidad. Es ese tipo de hombre que está acostumbrado a que la gente retroceda cuando él se pone difícil.
—No quiero otro abogado —dice— Quiero a alguien que no se acobrde con la primera verdad incómoda.
—Perfecto —respondo— Entonces empiece.
Sus manos van a los bolsillos y se gira de llano hacia mí, el reflejo de la luna le pega en el rostro y empiezo a verle potencial como actor de película para adultos.
—¿Qué quiere saber primero? —pregunta.
—Lo básico —digo saliendo de mis pensamientos retorcidos—¿Usted la mató?
—Sí.
No pestañeo, a estas alturas nada me sorprende ni me afecta.
—¿Cómo? —pregunto— ¿Con qué? ¿Dónde la tocó primero? ¿Qué arma usó?
—No la maté con mis manos —dice— No la toqué, tampoco la golpeé. Digamos que no la lastimé físicamente.
—Explíquese.
—Di la orden —responde— Y eso me convierte en responsable.
Asiento. Finalmente ya tengo el primer punto sólido del caso, a partir de aquí no hay frenos.
—¿Por qué dio la orden?
—Porque tenía algo que no debía tener.
Pienso por unos segundos que cosa es tan valiosa como para pagarlo con el cuello, Esmeralda tenía dinero o por lo menos una jugosa herencia, dinero no sería, ¿Algo que vale más que el dinero?
—¿Información?
—Información —bingo.
—¿Qué tipo?
—Movimientos financieros. Transferencias. Cuentas. Números que no debía ver.
—¿Y usted está involucrado en esos números?
—Sí.
—¿Ella lo sabía?
—Sí.
—¿Y por eso la mandó a matar?
—Sí.
No hay culpa en su mirada ni siquiera una mínima señal de arrepentimiento. Tampoco hay justificación. Eso al menos facilita mi trabajo.
—¿Por qué no lo dijo desde el principio? —pregunto.
—Porque no confío en usted a pesar de que reconozco el potencial.
—La sensación es mutua —respondo— Pero si quiere que lo saque de esto, tendrá que empezar a hablar.
Gregory me observa con una calma que irrita, sin embargo, no me intimida, él disfruta guardándose información para verme como niña adivinando con pistas.
—Lo que realmente pasó —dice— es que yo di una orden. Pero quien la ejecutó no fue la persona que debía hacerlo.
—¿Quién debía hacerlo?
—No importa.
—Importa para su defensa.
—No pienso darle nombres de mi círculo de trabajo.
Me agarro del puente de la nariz, me está colmando la paciencia y estoy a tres palabras más de irme a mi casa. El viento se levanta de golpe y mi cabello revolotea en mi rostro, lo aparto mientras me concentro en recordar otros datos del expediente. Gregory tiene cara de aburrimiento así que me concentro en tener lo básico para hoy.
—Las cámaras lo muestran entrando al callejón —digo—Y saliendo después. ¿Qué hacía allí?
—Supervisar —responde—. No confío en el trabajo ajeno. Pero sé cómo actúan mis hombres y no fueron ellos.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mis hombres no dejan ese tipo de desastre.
No lo dice con orgullo sino como alguien que explica un procedimiento estándar.
—Muy bien —digo— Entonces la estrategia es simple. Usted no la mató, usted no estaba allí cuando murió. Usted no dio la orden que se ejecutó. Usted no es el autor material.
Gregory no parpadea. Ni siquiera parece respirar. Está demasiado cómodo admitiendo cosas que a cualquier otro lo pondrían a sudar. Eso me confirma algo que ya sospechaba: este hombre no teme a la cárcel. Teme a otra cosa. O a alguien.
—Continúe —dice.
—Y la fiscalía no puede probar que usted es el autor intelectual del asesinato que realmente ocurrió —añado.
—Pueden intentarlo —responde él—. Y lo harán, de hecho ya lo están haciendo.
—Usted es un objetivo perfecto, rico, conocido, con enemigos. Con un apellido que pesa más que el edificio de tribunales. Y con un historial de decisiones cuestionables. Además por su causa la fiscalía casi cierra cuando el accidente del orfanato
Gregory inclina la cabeza y sonríe, el carbón se siente halagado.
—¿Qué más quiere saber? —pregunta.
—Quiero saber quién realizó el homicidio —digo—. Y no me venga con evasivas.
—No lo sé, sino no la hubiese contactado, no cree —responde con ironía.
—¿Lo sospecha por lo menos? —pregunto poniendo los ojos en blanco, es experto en tocarme los ovarios.
—Sí.
—¿Y va a decírmelo?– Suelto porque a estas alturas de la entrevista parecemos perro y gato y no animales de un mismo equipo.
—No aún —dice— Necesito la confidencialidad de un contrato con su firma.
Me río, porque es absurdo. Ya estoy metida hasta el cuello, pero entiendo su paranoia. Yo tampoco confiaría en nadie si estuviera en su lugar.
—Señor Dupont, si quiere que lo saque de esto, necesito información. No adivinanzas, no silencios, no medias verdades. No soy su secretaria, soy su abogada. Y si no me dice lo que necesito, no voy a poder hacer nada por usted.
Gregory me mira con esa calma irritante, como en nuestro primer encuentro.
—Usted quiere sacarme de esto rápido —dice—Y lo entiendo. Es lo que haría cualquier abogado competente. Pero yo no quiero salir rápido.