El mensaje desaparece de la pantalla y rebusco varias veces, incluso actualizo la app, pero se ha autoeiminado. Intento llamar al antiguo número de Willy, el que usaba para comunicarme cuando trabajé para él, pero la contestadora responde que ese número no existe.
Conocí a Willy en una sala de interrogatorios, sentado con las piernas abiertas, riéndose como si la vida fuera un chiste privado que solo él entendía. Olía a humo barato y tenía esa arrogancia que tienen los hombres que saben que pueden destruirte sin ensuciarse las manos. Era un camello de poca monta que movía mercancía ilegal como si repartiera dulces en un cumpleaños, pero con la diferencia de que, cuando alguien no le pagaba, él mismo se encargaba de que no volvieran a respirar.
Fue el único caso que quise rechazar desde el primer minuto; lo vi entrar y supe que nada bueno podía salir de ahí. Pero Willy no aceptaba un no por respuesta. Entre amenazas, “favores” que nunca pedí y la presión de un superior que prefería evitarse problemas, terminé representándolo. Gané el caso, sí, pero desde entonces entendí que hay absoluciones que se pagan demasiado caras.
Mi oficina está en silencio, salvo por el zumbido del aire acondicionado y el ruido lejano de las impresoras del pasillo. Mis tacones retumban en el piso cuando me acerco a la pieza de madera en la que cuelgo mi cartera . La luz blanca del techo cae sobre mi escritorio lleno de carpetas, resaltadores y una taza de café frío que olvidé hace dos días. Todo está en su sitio, sin embargo siento el cuerpo tenso, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible en mi nuca.
Pongo la cartera en su sitio y me dejo caer en la silla giratoria para buscar la plantilla con la que redactaré el contrato y enviarlo de una buena vez a mi despampanante e insoportable cliente. La respiración de alguien me hace pegar un brinco y miro en dirección a la puerta.
Rose está ahí como un fantasma.
No sé cuánto tiempo lleva observando mi pésimo carácter mañanero: bata beige, cabello recogido en un moño apretado, expresión neutra y unas ojeras que nada envidio.
—Disculpa que venga sin avisar —dice, sin moverse del marco— Anastacia me dijo que estabas considerando el caso Dupont. Pensé que era mejor hablarlo en persona.
No me gusta que Anastacia hable de mis decisiones como si fueran chismes de pasillo, pero eso no es nuevo. Lo que sí es nuevo es Rose en mi oficina, interesada en algo que no es de su incumbencia.
—Estoy ocupada —respondo, guardando el celular en el bolsillo del blazer.
Rose asiente, como si esperara esa respuesta. No invade mi espacio, pero tampoco se va. Se queda ahí, observando, como si estuviera analizando algún cadáver de los que envía fiscalía a su clínica.
—No quiero quitarte tiempo —dice— Solo vine a decirte algo antes de que tomes una decisión que no tiene vuelta atrás.
Me siento en la silla, cruzo las piernas y la miro con el hastío que me causa el que todo aquel que me rodea, quiera advertirme o alejar de un caso que ya está más que tomado. Aún así elijo la cortesía.
—Habla —digo finalmente, cansada de rodeos.
La observo con la misma mezcla de curiosidad y cautela que tenía cuando la veía en la universidad, siempre con el cabello recogido, los libros de anatomía bajo el brazo y esa expresión de quien prefería la compañía de un cadáver a la de cualquier persona viva. Nunca fuimos amigas, ni siquiera cercanas; ella vivía en el laboratorio de patología y yo en la biblioteca de derecho penal, pero ambas compartíamos una obsesión silenciosa por entender lo que otros preferían ignorar: ella diseccionaba cuerpos y yo pecados. Éramos dos extremos del mismo oficio.
Rose no ha cambiado mucho desde entonces, la misma postura rígida de siempre, las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada fija en un punto que no soy yo, como si necesitara ordenar mentalmente cada frase antes de soltarla.
—Te dejé un sobre esta mañana —dice, seria—. El portero debe habértela entregado cuando salías de tu casa.
La memoria me alcanza de inmediato. Sí, lo recuerdo. El portero me llamó justo cuando pasé por su puesto, me extendió un sobre blanco sin remitente y sin ninguna marca que indicara de dónde venía. Lo guardé en el bolso sin pensarlo demasiado, convencida de que sería algo de mi madre o algún documento atrasado sin importancia.
Me levanto sin decir nada y camino hacia el perchero donde colgué la cartera hace unos minutos. El sonido de mis tacones contra el piso se siente más marcado, como si la oficina entera estuviera escuchando. Abro el bolso y rebusco entre la billetera, las llaves, los papeles sueltos y el estuche de lápices. El sobre está ahí escuchando. Lo tomo entre los dedos y noto que no es tan liviano, detalle en el que me fijo justo ahora.
—¿Qué hay adentro? —pregunto, sin apartar la vista de ella mientras sostengo el sobre.
—Fotos —responde—. Y una USB.
La respuesta no me tranquiliza en lo absoluto. Fotos y un dispositivo con información no son cosas que se entregan sin explicación, y mucho menos a una abogada que aún no ha ´´aceptado´´ formalmente un caso. Vuelvo a mirar el sobre, intentando adivinar su contenido sin abrirlo, y siento que la oficina se vuelve más estrecha.
—¿De dónde lo sacaste? —pregunto, esta vez con un tono más firme.
—De la computadora de Carlos —dice, sin rodeos.
La frase me atraviesa con la precisión de un bisturí. Carlos Ferrer. El apellido que aparece en cada esquina del caso, un apellido que huele a dinero, poder y secretos. Me toma apenas un segundo recordar lo que Anastacia me dijo en el Amargus, con esa ligereza irresponsable que tiene para soltar información que no le pertenece: “Rose está saliendo con Carlos Ferrer.”: En ese momento lo tomé como un chisme más pero ahora es una pieza que no encaja demasiado bien en este rompecabezas.
—Rose, explícame algo —digo finalmente, sosteniendo el sobre como si fuera un objeto contaminado— ¿Por qué demonios debería confiar en ti cuando apareces en mi oficina con evidencia que no deberías tener y, para colmo, estás involucrada sentimentalmente con alguien que no es precisamente de fiar?