He visto el video tres veces y aun así siento que no termino de entender lo que estoy mirando. Cada repetición me deja más tensa, como si el archivo escondiera algo que solo se revela cuando una insiste lo suficiente, como si la imagen temblorosa del bosque, la respiración rota de Esmeralda y la luz del flash que corta la oscuridad fueran piezas de un mensaje que todavía no logro descifrar.
Vuelvo a reproducirlo y, a medida que avanzo cuadro por cuadro, empiezo a notar detalles que antes pasé por alto: la tierra húmeda pegada a sus piernas, el sonido del agua golpeando contra las rocas, y, por un instante apenas visible, el poste de luz inclinado que reconozco de inmediato. Es el mismo que está frente a la cabaña donde, hace años, compraba joyería a mi artesano de confianza, cuando él todavía no tenía local en el pueblo y yo apenas empezaba a darme mis primeros gustos. Ese poste siempre me llamó la atención por el número pintado a mano y la forma en que la madera se astilla en la base. No hay dos iguales.
El hallazgo me sobresalta lo suficiente como para retroceder unos segundos y detener el video justo en el instante en que el poste aparece entre sombras. Amplío la imagen todo lo que puedo, cuidando que no pierda definición, y tomo una captura. El número pintado a mano se distingue apenas, pero es suficiente para que la memoria haga el resto. Envío la imagen a imprimir sin pensarlo; necesito verla en papel, con la luz blanca de la oficina, lejos del movimiento del video. Cuando la impresora comienza a trabajar, siento esa mezcla incómoda entre certeza y duda que siempre aparece cuando una pieza del rompecabezas encaja antes de tiempo.
Cuando la impresora termina y tomo la hoja aún tibia, la sostengo con ambas manos para verla mejor bajo la luz blanca del escritorio, pero lo que me detiene no es el poste ni el número pintado a mano. Es la postura de Esmeralda. La forma en que cierra la mano, rígida, casi dolorosa, como si estuviera aferrándose a algo que no quiere soltar. Me inclino un poco más y entonces lo distingo: entre los dedos tensos asoma una cadena fina, apenas un hilo metálico que refleja la luz de un modo extraño, con un dije pequeño que queda atrapado entre la piel y la tierra.
Esa imagen me obliga a volver al video; avanzo hasta el momento en que ella intenta levantarse del suelo y, esta vez, observo cómo lleva la mano al cuello y se arranca la cadena con un gesto rápido, casi desesperado, ocultándola en la palma antes de seguir corriendo. Pauso en el segundo exacto en que el dije queda expuesto, amplío la imagen hasta que ocupa toda la pantalla y tomo otra captura. Necesito verla en papel, sin movimiento, sin ruido, así que la envío a imprimir . Una vez lista, la sostengo unos minutos intentando descifrar el significado del dije. Es ovalado y liso, pulido al estilo de los cabochones antiguos que se usaban en los años cincuenta, con ese brillo discreto, tiene ese aire de objeto que sobrevivió a demasiadas manos y a demasiado tiempo.
Extiendo sobre el escritorio las fotos que Rose me entregó, una por una, con la incertidumbre de no haber visto ese accesorio en ella, me acerco lo más que puedo y escudriño su cuello en cada toma pero no hay rastro de la cadena en ninguna de ellas.
Guardo las impresiones en una funda plástica, junto con las fotos y la USB. Hago dos copias digitales del video y de las imágenes: una en la nube privada del bufete, otra en un pendrive que guardo en el bolsillo interno del blazer. Con Willy aprendí que la evidencia desaparece cuando menos lo esperas, y yo no estoy dispuesta a perder nada.
Me pongo el blazer, tomo el bolso y salgo de la oficina. Hoy no pienso quedarme esperando a que las cosas se ordenen solas; necesito moverme, ver los lugares, confirmar lo que ya empiezo a intuir. Mientras avanzo por el pasillo, repaso mentalmente las paradas que me esperan y el orden en que voy a abordarlas. Es un día para caminar, preguntar y mirar de cerca lo que en las fotos no aparece.
El taxi que me espera en la salida huele a vinilo caliente y a desinfectante barato. Me recuesto en el asiento mientras el chofer sube el volumen de la radio sin preguntarme, como si padeciera de una sordera grave, no hago más que cerrar los ojos intentando ignorarlo. Las noticias van y vienen entre accidentes, política y el clima, hasta que una locutora anuncia que esta noche habrá luna llena, una de esas que, según ella, “vale la pena mirar porque ilumina todo como si fuera de día”. No le presto demasiada atención, pero la frase se me queda pegada mientras observo por la ventana cómo el pueblo pasa en bloques grises camino a la fiscalía.
Fiscalía
El edificio huele a café viejo y a papeles húmedos. Camino con paso firme, saludo con un gesto seco y pido acceso al registro de objetos personales de la víctima. El funcionario me mira como si le hubiera pedido un órgano vital.
—Eso está restringido —dice, sin ganas de cooperar.
—Soy la abogada del principal acusado —respondo, apoyando la credencial sobre el mostrador—. Y tengo derecho a revisar cualquier elemento que pueda exculparlo.
No es del todo cierto, pero tampoco es mentira. Y él no tiene ganas de discutir.
Reviso la carpeta: ropa, uñas, cabello, teléfono. Nada de joyería. Nada de cadenas. Nada que coincida con lo que vi en el video.
—¿Quién procesó la evidencia? —pregunto.
—Comisario Menéndez y forense Sully.
—Necesito una entrevista con el comisario ahora mismo.
—Está en su día de descanso y mañana iremos a un retiro, venga en unos días— la sonrisa cínica con la que lo dice demuesrta los años de enemistad entre nuestros equipos de trabajo.
—Le pagan para irse de recreo en medio de un caso de tal embergadura, pediré la baja y me uniré a ustedes, creo que vale la pena— doy media vuelta y escucho un ´´Dios nos libre´´ que me hace torcer los ojos.
Aún queda una persona.
Morgue