La hermana se hace a un lado para dejarme pasar y en cuanto cruzo el umbral la casa me traga con una mezcla equilibrada entre antigüedad y tecnología . El piso es de mármol oscuro, pulido hasta el punto de reflejar las lámparas empotradas que se encienden solas cuando cruzamos el umbral. Las paredes conservan molduras clásicas, gruesas, de esas que solo se ven en las iglesias que han sido construidas antes de que existieran los planos digitales. En cada tramo hay cuadros enmarcados con fotografías paisajísticas de un bosque espeso y en una esquina un reloj de péndulo estrecho que contrasta con los sensores modernos instalados en las paredes.
Sigo a la hermana de Gregory que avanza con paso ligero delante de mí. La niña nos sigue de cerca y en algún momento se gira y emprende su camino hacia alguna otra parte de la casa, es tranquila o simplemente muy silenciosa. Me distraigo unos segundos observando el lugar por donde se fue y la puntera de mi zapato choca contra el primer escalón de la que, sin dudas, es la escalera más majestuosa que he visto en mi vida. Está hecha de madera oscura, impecable, con una baranda tallada a mano que serpentea hacia la segunda planta como si fuera una pieza de museo. Es tan grande que parece diseñada para que alguien haga una entrada dramática desde arriba. No puedo evitar pensar que Gregory lo ha hecho más de una vez.
A mitad de la escalera, la hermana de Gregory se detiene de golpe y se gira hacia mí con una sonrisa apenada.
—Ay, disculpa —dice, levantando las manos— Qué descortés de mi parte, no me presenté. Soy Donatea Dupont— me extiende la mano y la aprieto cordialmente— Hoy estoy con la cabeza en otra parte, lo siento.
— No se preocupe, un placer conocerla —respondo soltando su mano— Es la primera vez que la veo,—pienso unos segundos en la primogénita de los Dupont— A quien sí conocía por las noticias es a Astrid.
—Sí, Astrid —asiente — Es la mayor de los tres. Yo soy la menor . Disculpe si la recibí con cara de pocos amigos, no esperaba visitas. Todos estamos metidos en asuntos empresariales y la casa está… bueno, ya ve, cada uno en lo suyo.
—No se preocupe —digo nuevamente— Solo necesito hablar con su hermano. Tengo una idea que podría ayudarlo con los objetivos del caso.
—Entiendo —responde con una mini sonrisa— Gregory ha tenido un día complicado, muchas llamadas, mucho movimiento. Cuando está así, se vuelve un poco… intenso, le advierto por si acaso.
—Sí, ya lo conozco un poco para saberlo.
Donatea se ríe con mi comentario y comienza a hablar de cosas que dejo en un segundo plano cuando un enorme cuadro se lleva toda mi atención. La pintura muestra a una mujer rubia de belleza llamativa, con ojos azules que destacan incluso desde la distancia. Su postura es recta y elegante, con ambas manos apoyadas sobre el abdomen en una pose formal que luce por completo el vestido de diseño antiguo. El marco que rodea el retrato es amplio, de caoba rojiza, trabajado con un estilo clásico que contrasta con la iluminación moderna del pasillo. Me detengo sin darme cuenta, observando cada detalle del rostro, la expresión angelical y la inmensitud de la obra, hasta que noto que Donatea ya no escucha mis pasos y retrocede para encontrarme mirando el retrato con la atención fija.
—Es hermosa, ¿verdad?
—Sí —respondo, sin apartar la vista del cuadro, la curiosidad me pica pero ella me corta antes de siquiera preguntar.
— Sigamos.
—Ah, sí, claro.
El pasillo del segundo piso es largo y está iluminado por luces lineales incrustadas en el techo. A ambos lados hay retratos familiares enmarcados con el mismo estilo clásico del cuadro anterior. Donatea camina unos pasos por delante, señalando con la mano hacia el final del pasillo, donde se encuentra el despacho de Gregory, pero mi atención se desvía hacia las paredes.
Reconozco a Gregory en una fotografía grande, tomada al aire libre. Está junto a Astrid y otra chica que supongo es Donatea, los tres más jóvenes, vestidos de manera formal, con un fondo de árboles que coincide con las fotografías del bosque que vi abajo. Gregory aparece serio, con la postura rígida que mantiene incluso en persona. Astrid tiene una expresión más dura, y Donatea sonríe de forma amplia, casi idéntica a la que me dedicó hace unos minutos.
Me acerco un poco más al retrato y me detengo al notar un detalle en específico que posee la señora Dupont.
El collar.
—Oh —digo sin pensarlo—. Es el mismo collar.
Donatea se detiene y gira hacia mí, siguiendo mi mirada hacia la fotografía.
—Sí —responde con naturalidad— Ese día lo llevaba mi madre. Era suyo originalmente.
—Disculpa la indiscreción pero es precioso —comento, manteniendo el tono asombrado intentando escarbar algo de información— Me gustan las joyas. Tengo algunas colecciones pequeñas.
—Ah, entonces podrás entender por qué me lo probé —dice con una sonrisa pequeña— Es una joya familiar. Mi abuelo se lo regaló a mi abuela y más tarde mi padre se lo regaló a mi madre cuando se casaron. Ha estado guardado desde...—hace una pausa incómoda que me desplaza al incendio de hace varios años, donde murió mucha gente incluido los Dupont—..Ya debe saber, en fin, siempre me ha encantado, pero Gregory se pone tenso cuando uso cosas que eran de ella, así que prefiero evitar comentarios delante de él.
Asiento, registrando cada palabra. Donatea no parece incómoda ni evasiva; habla con la naturalidad de alguien que no ve nada extraño en lo que lleva puesto, tal vez era una simple imitación aquella que llevaba Esmeralda, aunque, qué mujer adinerada se aferra tanto a una joya falsa.
— El despacho está justo al final—añade cuando retomamos la marcha.
El pasillo termina en una puerta doble de madera clara con herrajes negros. Donatea se adelanta y toca dos veces, sin esperar respuesta. Luego empuja una de las hojas con naturalidad, como si entrar sin anunciarse fuera parte de la rutina.