Blooklyn

001

Capítulo 01: Muerte

Cuando era niña, vivía en un pueblo perdido entre la densa niebla.
Aquel lugar parecía arrancado de un cuento oscuro o de un sueño demasiado real, de esos que te dejan con el corazón acelerado incluso después de despertar.
No había carreteras principales que llevaran directamente hasta él, ni señales que lo anunciaran. Solo una ruta olvidada que serpenteaba entre los bosques, y que los viajeros, por instinto, evitaban.

Si alguna vez ibas de viaje y te topabas con un pueblo como ese, pensarías que se trataba de un espejismo: calles estrechas cubiertas de hojas húmedas, casas de madera que crujían con el viento, una iglesia pequeña cuya campana ya no sonaba, y en la entrada, una gasolinera abandonada, oxidada, cubierta de musgo, que parecía llevar siglos muerta.
El tiempo se había detenido allí.

Ese lugar se llamaba Blooklyn.
Nunca supe si era su verdadero nombre o una palabra deformada que, con los años, había perdido su sentido original. Pero eso no importaba. Lo que realmente inquietaba era que en Blooklyn nada parecía normal. Sus habitantes siempre daban la impresión de saber más de lo que debían, como si guardaran secretos demasiado pesados para confesarlos. Fingían una vida común, pero sus sonrisas eran demasiado calculadas, sus miradas demasiado largas, sus silencios demasiado significativos.

De niña, el único que me hablaba con sinceridad era mi abuelo.
Él solía contarme historias que a mí me parecían raras y aterradoras. No hablaba de princesas ni de héroes, sino de criaturas que se escondían entre la niebla, de voces que imitaban a los vivos, de sombras que seguían a los que se atrevían a desobedecer. Y cada historia venía acompañada de reglas.

Regla 1: No salgas después de la medianoche.

Regla 2: No respondas a los extraños.

Regla 3: Cada 12 de diciembre, a las 12:00 AM, el pueblo entra en cuarentena total.

Para mí, todo aquello eran tonterías. Cuentos absurdos para asustar a los niños y mantenerlos obedientes.
Pero incluso entonces, en el fondo de mi corazón, sabía que Blooklyn no era un lugar como los demás.

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Cuando cumplí once años, mi vida cambió.
Mi madre llegó a casa una tarde con el rostro desencajado, los ojos rojos de tanto llorar. No dijo una palabra, simplemente empacó nuestras cosas apresuradamente y me obligó a subir al coche.

—¿A dónde vamos? —pregunté confundida.

—Lejos de aquí, Addison. Muy lejos —fue lo único que respondió.

No hubo despedidas, ni abrazos, ni tiempo para mirar atrás. Apenas alcancé a ver, desde la ventana del auto, a mi abuelo parado frente a la casa. Su figura se difuminaba en la niebla mientras nos alejábamos. Sus ojos, cargados de tristeza, se quedaron grabados en mi memoria.
Aquella fue la última vez que lo vi.

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Los años pasaron.
Ahora tenía dieciocho y vivía en Portland, Oregón.
No era la gran ciudad, pero comparado con Blooklyn parecía otro mundo. Aquí había supermercados, cines, cafeterías modernas y hasta un centro comercial. Sin embargo, la vida no era fácil. Mi madre trabajaba todo el día y yo trataba de portarme bien, de no darle preocupaciones. Aun así, la sensación de no pertenecer a ninguna parte seguía persiguiéndome.

En la escuela, intentaba pasar desapercibida. No me gustaban los dramas adolescentes ni los rumores que corrían en los pasillos. Por suerte, tenía a Emma, mi mejor amiga. Ella era mi ancla en aquel mar desconocido.

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—¡Addison!… ¡ADDISON! —su voz chillona me arrancó de mis pensamientos en la cafetería del instituto.

Levanté la vista y la vi mirándome con las cejas fruncidas, como si estuviera a punto de darme un sermón. Emma era de esas chicas imposibles de ignorar: alta, pelirroja, con ojos tan azules que parecían sacados de un filtro, y una seguridad en sí misma que a mí me faltaba.

—¿Qué pasa? —dije, quitándome un auricular.

—¡Mira quién acaba de entrar! —exclamó señalando la puerta con un movimiento de cabeza.

Seguí su mirada y, efectivamente, ahí estaba: Alex Turner.
El típico chico popular. Capitán del equipo de fútbol, sonrisa arrogante, cabello oscuro despeinado con ese estilo que parecía descuidado a propósito. Todas suspiraban por él. Yo, en cambio, apenas lo soportaba.

—Genial… —murmuré con sarcasmo.

Emma me miró con una sonrisa traviesa.
—Admite que es guapo.

—No lo niego —respondí encogiéndome de hombros—. Pero también es un idiota.

Ella rió y apoyó la barbilla en su mano.
—A veces me pregunto por qué somos amigas. Eres demasiado… correcta.

—Y tú demasiado imprudente —repliqué, aunque con una sonrisa.

—Oh, vamos, Addy. No puedes pasarte la vida buscando al “chico bueno”. Nadie quiere eso. Todas queremos a alguien que nos haga sentir adrenalina.

—Yo prefiero a alguien que me respete —contesté con firmeza.

Emma rodó los ojos como si yo hablara en otro idioma.
La conocía demasiado bien: por dentro, seguía pensando en Alex. Y lo peor era que yo sabía que él jamás le daría lo que buscaba.

Miré el reloj en mi celular y suspiré.
—Me tengo que ir.

—¿Tan rápido? ¡Si apenas llevamos una hora aquí! —protestó, cruzándose de brazos.

—Lo siento, mamá quiere que regrese antes de las seis. Sabes cómo se pone si llego tarde.

—Está bien… pero mañana vienes conmigo a comprar los vestidos para la graduación. No acepto excusas.

—Hecho. Te escribo en la noche.

Nos despedimos con un beso en la mejilla. Me puse los audífonos, subí el volumen de la música y salí a la calle. Caminé despacio, disfrutando del aire fresco y del paisaje. Portland tenía algo reconfortante: el ruido de los autos, el olor a café recién hecho que escapaba de las cafeterías, las luces que comenzaban a encenderse al caer la tarde. Todo eso me recordaba que había escapado de la oscuridad de Blooklyn. O al menos eso creía.



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En el texto hay: demonios, millonario, pueblo

Editado: 13.01.2026

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