Blooklyn

002

Capítulo 02: Regreso a Blooklyn

—Ya sabes, Addison… cualquier cosa me llamas. No dudes en venir si lo necesitas —me dijo mamá mientras me abrazaba con fuerza.

Asentí sin decir nada. Su abrazo me pesaba, como si intentara retenerme, pero al mismo tiempo soltarme. Íbamos a separarnos por primera vez desde que dejamos Blooklyn, y eso la asustaba más de lo que quería admitir.

A mi lado, Emma se secaba las lágrimas con el dorso de la mano. Su expresión era un espejo de tristeza.
—Addy, te voy a extrañar muuuucho —dijo, alargando las vocales con dramatismo.

Yo sonreí débilmente.
—Adiós… las quiero —susurré, antes de subir al auto que me llevaría de regreso a donde todo empezó.

---

La carretera se me hizo eterna.
A medida que avanzábamos, la modernidad iba quedando atrás: los postes de luz desaparecían, las gasolineras se volvían cada vez más escasas, y los letreros publicitarios se desvanecían hasta no quedar ninguno. El pavimento se angostaba, las líneas amarillas se borraban poco a poco, y la vegetación reclamaba los bordes de la vía.

Los pinos crecían altos y espesos, cerrándose como muros verdes a ambos lados. La niebla comenzó a colarse entre ellos, primero ligera, como un velo delicado, y luego más densa, hasta volverse una pared blanca que limitaba mi vista a unos pocos metros.

Regresar a Blooklyn era algo que jamás me había planteado. En el fondo, siempre supe que algún día sucedería, pero me repetía que no… que no volvería. Desde pequeña, había sentido allí una extraña sensación: la certeza de que algo —o alguien— me observaba. Nunca lo vi directamente, pero estaba ahí, acechando. No era paranoia. Era tan real como el aire que respiraba. Y lo más extraño era que esa sensación solo existía en Blooklyn. En ningún otro lugar.

El auto avanzó entre la neblina hasta que, a lo lejos, vi el viejo cartel de madera. Estaba cubierto de moho, la pintura descascarada, con letras apenas legibles: “BLOOKLYN”. Me estremecí. Era como si el tiempo se hubiera detenido allí.

Las calles estaban desiertas. Las casas de madera, envejecidas y agrietadas, se alineaban en silencio, como testigos mudos de los años que habían pasado sin cambios. No había coches circulando. No había niños jugando. Solo el sonido de las llantas sobre la grava húmeda y el eco lejano de un cuervo.

---

La casa de mi abuela apareció al final de la calle, exactamente igual a como la recordaba: dos pisos de madera con pintura descascarada, persianas torcidas y un porche amplio que crujía con cada paso.

El auto se detuvo. Bajé y la vi allí, de pie en el porche.
Era como si el tiempo no hubiera pasado desde el día en que partimos. Llevaba puesto un delantal azul, y su cabello blanco estaba recogido con precisión, aunque algunos mechones rebeldes escapaban hacia su rostro. Me recibió con una sonrisa cálida, pero sus ojos… sus ojos estaban fijos en algo más, como si miraran a través de mí.

—Mary… cuánto has crecido —murmuró.

Corrigió mi nombre, pero no la interrumpí. Para mi abuela siempre fui Mary, nunca Addison. La abracé con fuerza. Sentí lo frágil de sus brazos, la piel delgada como papel, y aun así su postura seguía firme. Era como madera vieja: crujía, pero no se quebraba.

—Lo siento por el abuelo —dije en voz baja.

Ella no respondió. Solo acarició mi cabello, y por un instante me sentí niña otra vez. Por un segundo volví a tener seis años, sentada en sus rodillas mientras el abuelo narraba alguna de sus historias imposibles. Esa paz se desvaneció en cuanto crucé el umbral de la casa.

Lo sentí.
Esa presencia. Esa presión invisible en el pecho.
Me detuve, incapaz de dar un paso más. No era un recuerdo: era real, como si algo me observara desde las sombras.

—¿Estás bien? —preguntó mi abuela, notando mi rigidez.

—Sí… —mentí.

Nos sentamos en el salón. Nada había cambiado. Las mantas tejidas colgaban sobre el sofá, las fotos enmarcadas de familiares que ya no reconocía adornaban las paredes, y el viejo reloj de péndulo seguía marcando los segundos con un sonido que parecía ajeno al tiempo. El silencio era denso, cargado de cosas no dichas.

De pronto, mi abuela rompió el silencio.
—Él sabía que no moriría de viejo.

La miré con incredulidad.
—¿Qué quieres decir?

Sus ojos, por primera vez en mi vida, mostraron miedo. Un miedo real.
—Te dejó algo. En su estudio. Dijo que solo tú debías verlo.

Asentí en silencio. Pero antes de ir, subí a mi antiguo cuarto.

El cuarto estaba igual. La cama pequeña junto a la ventana, los dibujos infantiles todavía pegados en la pared, y en las repisas, muñecos viejos que me observaban con ojos de vidrio. Toqué la colcha gastada, y un escalofrío recorrió mi espalda.

Al volver a bajar, encontré a mi abuela en la cocina, sentada con las manos entrelazadas. Su mirada estaba perdida.
—Mary… no olvides las reglas —susurró.

Tragué saliva.
—¿Las mismas de antes?

Asintió con gravedad.
Entonces las enumeró:

1. No salgas después de la medianoche.

2. Si una persona extraña que nunca antes viste en el pueblo te saluda, no lo mires. No lo saludes. No es uno de nosotros.

3. Cada 12 de diciembre, a las 12:00, el pueblo cae en cuarentena.

Me quedé callada unos segundos. Luego solté una pequeña risa, nerviosa.
—¿De verdad todavía crees en esas cosas?

Su rostro se endureció.
—Yo no. Pero ellos sí.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

---

El pasillo que conducía al estudio se sentía más largo de lo que recordaba. Cada paso era pesado, como si el aire se volviera más denso a medida que me acercaba. Finalmente, abrí la puerta.

El estudio estaba intacto. Los estantes rebosaban de libros viejos, pilas de papeles amarillentos cubrían las mesas, y los relojes antiguos seguían marcando la hora, aunque ninguno coincidía. Sobre el escritorio había una caja de madera. En la tapa, grabado con letras firmes, estaba mi nombre: Mary.



#792 en Fantasía
#452 en Personajes sobrenaturales
#344 en Thriller
#159 en Misterio

En el texto hay: demonios, millonario, pueblo

Editado: 13.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.