Capítulo 05: Condena
Me levanté sin saber qué hacer. Tenía la sensación de que mis piernas no me sostenían y que mi cabeza iba a estallar de tantas preguntas que me atravesaban al mismo tiempo. La luz de la mañana entraba débil por la ventana, pero no me traía calma; al contrario, parecía burlarse de mí, como si el sol ignorara lo que yo había visto durante la noche.
Me quedé unos segundos en la cama, sentada en el borde, con las manos apretadas contra mis rodillas. Cerré los ojos, intentando convencerme de que todo había sido una pesadilla, un delirio provocado por el cansancio o por la tristeza que siempre me dominaba cuando pensaba en el abuelo. Sin embargo, cuanto más trataba de olvidar, más vívido se volvía el recuerdo: las sombras moviéndose entre las tumbas, los susurros que no eran de este mundo, los ojos brillando en la oscuridad.
Era imposible negar la verdad. Yo había visto algo. Algo que no debería existir.
Respiré hondo y me obligué a ponerme de pie. El piso frío de madera crujió bajo mis pies descalzos mientras avanzaba hacia la puerta. El pasillo estaba sumido en un silencio extraño, casi pesado, y cada paso que daba hacía que el corazón me latiera más fuerte.
Cuando bajé las escaleras, el olor a café recién hecho me golpeó de golpe, junto con el murmullo del fuego encendido en la estufa. Me detuve unos segundos, agarrada del pasamanos, intentando reunir valor para entrar en la cocina. Sabía que ahí estaría ella, mi abuela, esperando, como si ya supiera lo que yo iba a decirle.
Y no me equivoqué.
Entré despacio y la vi de pie frente a la estufa, removiendo lentamente una olla que parecía olvidada. No me miró al principio, pero su postura rígida, la tensión en sus hombros, me revelaron que estaba más atenta a mi presencia de lo que aparentaba. La mesa estaba puesta solo para una persona: un plato, una taza, un pedazo de pan. No había nada más. Ni rastros de compañía.
-Abuela... -dije con voz apurada, casi atropellando las palabras-. ¿Qué pasó anoche?
Ella se giró lentamente, y el brillo de sus ojos me dejó helada. No había dulzura en su mirada, no había ternura de abuela preocupada. Era un hielo duro, un juicio que me atravesaba sin necesidad de palabras.
-Darien te trajo -respondió con voz firme, seca.
Mi corazón dio un vuelco. El nombre resonó en mi cabeza como un eco lejano. Otra vez él.
Abrí la boca para preguntar más, pero no me dejó.
-¿Qué te dije sobre llegar tarde, Addison? -me interrumpió, levantando la voz-. Antes de la medianoche debías estar aquí. ¡Antes! Y tú llegaste después. Justo después.
Me quedé sin palabras por un instante. Sabía que estaba furiosa, pero había algo más en su tono, algo que no era solo enojo: era miedo disfrazado de autoridad.
-Lo sé, abuela, lo sé... -respondí, nerviosa-. Pero yo... fui al cementerio. Necesitaba ver la tumba del abuelo, necesitaba estar allí un momento.
Ella apretó los labios con fuerza, pero no dijo nada.
-Me perdí -continué, apurándome a explicar-. No encontraba la salida y entonces... entonces los vi. Había personas que estaban allí...
El golpe de la cuchara contra la mesa me hizo callar de golpe. Mi abuela avanzó dos pasos hacia mí, con los ojos clavados en los míos.
-¿Qué viste, Addison? -preguntó con voz grave, tan cargada de tensión que me hizo retroceder un poco.
-Eran... unas personas -dije en un susurro.
-¡¿Qué viste, Addison?! -gritó, golpeando la mesa con tanta fuerza que la taza tembló y el líquido se derramó.
El aire se me atascó en los pulmones. Cerré los ojos un instante, pero eso solo empeoró las cosas, porque el recuerdo volvió con toda su crudeza: sombras que parecían moverse con vida propia, voces susurrando un idioma que no conocía, el frío denso que me caló hasta los huesos, y aquellos ojos... oh, Dios, aquellos ojos.
-No eran personas normales -murmuré con la voz temblorosa-. Sus ojos... no eran humanos. Eran como brasas encendidas, como fuego en medio de la oscuridad. Y había sangre... tanta sangre...
Mi abuela retrocedió, llevándose una mano al pecho como si hubiera recibido un golpe. Su rostro se contrajo de dolor y pavor.
-Lo sabía... -susurró con la voz quebrada-. Ahora lo sabes. Ahora estás condenada.
-¿Qué? -dije con un nudo en la garganta-. ¿Qué quieres decir, abuela?
Ella me miró fijamente, y por primera vez en mi vida vi miedo en sus ojos. No era el miedo común, era algo más profundo, un terror antiguo, arraigado en lo más hondo de su ser.
-Los viste, Addison -dijo con un hilo de voz-. Y ahora ellos saben de ti. Te reconocieron en cuanto los miraste. Y cuando eso pasa... ya no hay marcha atrás. Estás condenada.
Mis piernas comenzaron a temblar. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies, que todo el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
-No... no entiendo -balbuceé-. ¿Quiénes eran? ¿Qué son esas cosas?
Ella no me respondió. En cambio, se volvió de inmediato hacia la mesa y tomó el teléfono con manos temblorosas. Marcó un número con rapidez. Yo la observaba, confundida, con la piel erizada y la respiración entrecortada.
-John -dijo en cuanto contestaron al otro lado-. Ellos lo saben. Addison los vio. Ahora saben de su existencia. Está en peligro, la van a perseguir y... -se detuvo, respiró hondo, y su voz se quebró-. ¿Qué hago, John?
Un silencio tenso se apoderó de la cocina. Yo escuchaba solo un murmullo, pero podía sentir la desesperación en el rostro de mi abuela. Ella asentía lentamente, como quien recibe una condena definitiva.
Finalmente colgó.
El golpe del teléfono contra la mesa retumbó como un disparo. Mi abuela no me miró, mantuvo la vista fija en el suelo, como si le costara demasiado enfrentarme.
-Abuela... -dije en un susurro-. ¿Qué significa todo esto?
Ella apretó los puños, cerró los ojos y negó con la cabeza.
-Significa que ya no hay vuelta atrás -respondió finalmente-. Que lo que tanto temí... ya está aquí.
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Editado: 13.01.2026