Blooklyn

007

Capítulo 07 : ¿ Quien es Darien?

Había pasado todo un día entero encerrada en mi habitación. Las cortinas cerradas, la luz apagada, el aire estancado. No tenía ganas de comer, ni de hablar, ni de enfrentarme al mundo. Mi cuerpo estaba allí, pero mi mente era un torbellino de imágenes y recuerdos que no quería confrontar. Los demonios no existían... ¿verdad? Eran solo cuentos viejos, leyendas que mi abuelo contaba para asustarnos de niñas. Pero lo que vi anoche me había quitado cualquier posibilidad de seguir creyendo que eran solo historias.

Me abrazaba a mí misma, sentada en la cama, repitiéndome una y otra vez que todo era mentira. No podía estar condenada. No podía ser parte de un sacrificio. No quería morir, no ahora. No cuando aún no había entendido quién era. No cuando aún no había amado de verdad.

Entonces, como un pensamiento venenoso, me llegó la duda: ¿y si mi abuelo no murió de un infarto como todos dijeron? Nunca lo creí del todo. ¿Y si fueron ellos? ¿Y si lo asesinaron? Esa idea me partió en dos. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, mientras la sensación de impotencia me hacía temblar. Quería convencerme de que estaba loca, pero no podía. Yo lo había visto. Lo había presenciado. Y lo que se ve no se puede desver.

Un ruido en la ventana me sacó de golpe de mis pensamientos. Mi corazón se aceleró, mis manos sudaban y tomé lo único que tenía cerca: una regla de madera, mi torpe defensa ante lo desconocido. Caminé despacio, el aire se quedaba atascado en mi garganta, y al mirar, lo vi.

—Darien... ¿qué diablos? —dije con un sobresalto que delató mi miedo.

Él sonrió, con esa expresión suya que mezclaba burla y misterio. Su silueta se recortaba contra la lluvia, como si la noche lo hubiera esculpido.

—Hola, corderita. Te ves fatal.

—Ahora ya sabes el secreto... —murmuré, intentando mantenerme firme mientras lo observaba acercarse lentamente. Sus ojos oscuros me taladraban, evaluándome, disfrutando de cada reacción mía.

—Qué lástima... ahora serás sacrificada.

—No es gracioso.

—Mmm... claro que no —respondió con una voz ronca, cargada de algo más que burla, como si en sus palabras se escondiera un secreto que no podía comprender.

—¿Qué haces aquí?

—Tu abuela me llamó. Dice que necesitas un amigo.

—¿Tú eres ese amigo? —pregunté, con un dejo de ironía.

—Pues soy el único, corderita —levantó las cejas con orgullo—. Anda, ponte algo que te abrigue. Vamos a salir.

—¿Ahora?

—Sí... a menos que quieras que me quede en tu cama.

Rodé los ojos.

—Vamos.

—Tú te lo pierdes —rió, sin perder su sonrisa traviesa.

—Eres raro... la puerta estaba abierta.

—Me gusta hacer grandes entradas.

—O más bien dramáticas —le respondí, y una risa nerviosa escapó de mis labios.

Al salir, un auto deportivo negro y brillante llamó de inmediato mi atención. Estaba estacionado justo frente a mi casa, como si perteneciera a alguien que no temiera llamar la atención.

—¿Es tu auto? —pregunté, incrédula.

—Aparte de guapo, ¿no te conté que también soy rico?

—O más bien... de tu padre.

—¿De mi padre? No, yo tengo mi propio dinero.

—Tienes diecinueve... nadie es rico a los diecinueve.

Sonrió de lado, con un brillo extraño en los ojos.

—Te sorprendería la edad que tengo. Además, en este mundo hay demasiada gente con dinero joven... pero muy pocos saben sobrevivir lo suficiente para disfrutarlo.

Me quedé en silencio, intentando procesar sus palabras. Subimos al auto y nos quedamos sin hablar por un rato, escuchando el sonido de la lluvia golpear el parabrisas. Afuera, los árboles oscuros se mecían con el viento, y por primera vez en todo el día sentí un leve respiro de calma.

—¿En qué piensas, corderita? —preguntó Darien, mirándome de reojo mientras jugaba con el volante.

—¿Qué sabes de los demonios?

—Son viejos —respondió con voz seria—. Han estado aquí desde antes de que tu pueblo existiera. Habitan en el bosque, y a medianoche salen a comer gente.

—Cuando lo dices así suena ridículo —murmuré, apretando mis manos sobre mis rodillas—. Entonces... ¿qué pasará conmigo? ¿Voy a morir?

De repente, Darien detuvo el auto en seco. Su mirada se clavó en la mía con una intensidad que me hizo estremecer.

—Escúchame, Addison... —su voz sonó como un juramento—. Haré lo imposible por protegerte, aunque el mundo entero se quiebre en pedazos. No sé por qué, pero tú eres lo único que me importa ahora.

Me quedé sin palabras. Su seriedad me desconcertaba, pero también me llenaba de algo que no quería admitir: esperanza.

—¿Quieres decir con eso...? —susurré.

Él sonrió, burlón.

—No lo sé... me pareces una pequeña corderita que necesita protección.

—Definitivamente arruinas el momento... —le respondí, intentando aligerar la tensión.

Un silencio pesado nos envolvió hasta que, de pronto, arrancó de nuevo.

—¿A dónde vamos? —pregunté, aún con el corazón agitado.

—A distraernos un poco.

—¿Distraernos? ¿En medio de todo esto?

—Exacto. No todo es muerte y demonios, corderita. A veces hay fiestas.

No supe si reír o gritar, pero al final solo suspiré. El auto avanzó por caminos cada vez más estrechos y oscuros. Los árboles se cerraban sobre nosotros, el aire se volvía más frío y denso. Tras un rato, empezaron a aparecer luces a lo lejos. Música. Voces.

—¿Una fiesta? —pregunté, incrédula.

—Sí, en las afueras del pueblo —dijo, su sonrisa traviesa reapareció—. Créeme, lo necesitas.

Cuando llegamos, vi varios autos estacionados, jóvenes riendo, música vibrando entre los árboles. Había una fogata enorme en el centro y todo parecía tan normal... y al mismo tiempo inquietante.

Darien me abrió la puerta con un gesto caballeroso.

—Bienvenida, corderita, a un lugar donde por unas horas puedes olvidar que el mundo se cae a pedazos.



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En el texto hay: demonios, millonario, pueblo

Editado: 13.01.2026

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