ADVERTENCIA: Este capítulo será narrado de manera rápida para que puedan entender mejor la historia.
| ◇ ◇ ◇ | ◆ ◆ |
🜏CAPÍTULO I: MUERTE 🜏
| ◇ ◇ ◇ | ◆ ◆ |
Cuando era niña, vivía en un pequeño pueblo llamado Blooklyn. El lugar estaba alejado de todo; no había señal de teléfono, las calles eran de piedra y las casas se veían algo deprimentes. Siempre estaba nublado y el pueblo parecía estar protegido por pinos enormes. Para mí, todo era tranquilo: el clima calmado y todos conociéndose entre sí.
Pero bajo esa calma había algo que todos fingían. Parecían tener vidas normales, aunque yo siempre sospeché que las cosas no eran lo que decían ser. Tal vez era porque nadie salía después de las doce, o porque no me dejaban acercarme al bosque. O tal vez eran esas historias que contaba mi abuelo sobre demonios que comían personas. Siempre me parecieron exageraciones para que no durmiéramos por la noche; sus reglas me resultaban tontas y estúpidas.
Un día, cuando tenía ocho años, mi madre llegó a casa con una expresión en el rostro que yo no pude descifrar. Simplemente empacó nuestras maletas y nos fuimos. El último recuerdo que tengo de ese pueblo es el rostro de mi abuelo, triste y preocupado.
Ahora vivía en Oregón. No era un mal lugar, pero tampoco era bueno. Estaba cursando mi último año de secundaria y mi mamá casi nunca estaba en casa, ya que trabajaba demasiado para poder pagar mi escuela.
-Addy... Addy... ¡ADDISON!
La voz chillona de Hayle me sacó de mis pensamientos. Hayle era mi mejor amiga; el típico estereotipo de chica perfecta: rubia, ojos azules, cuerpo delgado y muy popular. Sus padres tenían mucho dinero y eran dueños de varios colegios.
-Mira quién nos está viendo... -dijo ella.
Volteé y ahí estaba Thomas. El chico guapo y atlético que traía a todas detrás de él, incluso a Hayle.
-Está tan atractivo... -mencionó mi amiga sin quitarle la vista de encima-. ¿No crees que parece un dios griego?
-Es un idiota -dije sin ganas.
-Ay, vamos, Addy... todas queremos a un hombre que nos haga sentir adrenalina. Que nos haga sentir que somos suyas, que le pertenecemos y que nos folle duro.
Hice una cara de asco total.
-Estás enferma -le respondí mirando la hora-. Tengo que irme. Mi mamá llegará pronto y tengo que preparar la cena.
-Bueno, bueno. Adiós, Addy. Te quiero, cuídate.
Me levanté de mi asiento, le di un beso en la mejilla a Hayle y me despedí. Caminé por las calles de Oregón con los audífonos puestos para ignorar el ruido del mundo, perdida en mi propia música. Al ir llegando a mi casa, vi el auto de mi mamá estacionado afuera. Miré la hora: eran las 2:30 p. m. Aún faltaban dos horas para que ella llegara. Caminé con rapidez hacia la entrada y abrí la puerta, pero no la vi por ningún lado.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¿Estás aquí? -la llamé, esperando que me respondiera, pero no obtuve nada. El silencio era extraño.
Comencé a buscarla por toda la casa hasta que llegué a su habitación. Estaba sentada en la cama con el teléfono en la mano. Tenía una expresión de horror, asombro y tristeza que me heló la sangre. Me acerqué corriendo a ella.
-Mamá, ¿qué pasó? ¿Mamá?
Ella no respondió; estaba en una especie de estado de shock. De pronto, susurró con la voz rota:
-Murió... tu abuelo murió.
Me quedé helada. No podía ser cierto, él no podía haber muerto.
-¿Pero de qué? ¿Cómo?
-Un infarto -respondió ella apenas en un hilo de voz.
¿Un infarto? Yo conocía a mi abuelo. Él era un hombre fuerte, un hombre duro de esos que parecen indestructibles. Me senté al borde de la cama, tratando de procesar lo que mamá acababa de decir.
-Mañana tienes que ir, Addison -dijo ella, limpiándose las lágrimas con desesperación-. Yo no puedo dejar el trabajo ahora, estamos a fin de mes y si falto nos cortan el pago de la escuela. Pero tu abuela está sola allá, no puede cargar con todo el funeral ella misma.
-¿Quieres que vaya... sola? -la miré incrédula-. ¿A Blooklyn?
-Eres casi una adulta, Addy. Solo serán unos días. Te dejaré en la estación de autobuses mañana temprano. Arreglas lo que necesite la abuela, te quedas al entierro y te regresas.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Volver a ese lugar ya era una pesadilla, pero hacerlo sin mi madre era mucho peor. Ella fue quien me sacó de ahí, ella era mi escudo.
-Mamá, sabes por qué nos fuimos -insistí, sintiendo que el aire se volvía pesado-. Sabes lo que decía el abuelo. Esas reglas...
-Las reglas eran cosas de un viejo que ya no está -me cortó en seco, aunque sus manos temblaban mientras sostenía el teléfono-. No hay de qué preocuparse si haces lo que tienes que hacer y no pierdes el tiempo por ahí. Empaca tus cosas.
No dije nada más. Fui a mi habitación y saqué la maleta del clóset. Mientras echaba mi ropa sin orden, mi mente no dejaba de repetir la misma frase: No salgas después de la medianoche.
Oregón se sentía tan seguro en ese momento, tan lleno de luz y de gente normal. Blooklyn, en cambio, era un agujero negro que me estaba succionando de vuelta. Y lo peor era que, muy en el fondo, sabía que el abuelo no había muerto por un simple infarto. Algo en ese pueblo se lo había llevado, y ahora yo iba directo hacia allá, sin nadie que me protegiera.
Ya había terminado de empacar cuando recibí una llamada de Hayle.
-¿Cómo que te vas, Addison? ¿Y nuestro baile de graduación? -preguntó ella con su tono de drama habitual.
-Solo me iré unos días, Hayle. No me voy a quedar a vivir allá -le respondí, mirándola a través de la pantalla del celular.
-Te voy a extrañar mucho, aunque solo sea por un tiempo.
-Yo también te voy a extrañar -dije, tratando de convencerme de que realmente volvería pronto.