Blooklyn

CAPÍTULO II

CAPÍTULO II; BIENVENIDA A BLOOKLYN

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- ​A medida que avanzaba, iba dejando atrás todo lo moderno. Los edificios desaparecieron y los grandes pinos empezaron a rodear la carretera, haciendo que todo se viera más oscuro. La neblina comenzó a salir, cubriendo el pavimento mientras las calles se hacían más estrechas y viejas.

​En el autobús no iba mucha gente; algunos leían, otros escuchaban música y otros simplemente dormían. Pero a medida que avanzábamos, las personas se iban bajando en distintas paradas hasta que, finalmente, me quedé sola.
​Entonces, a lo lejos, logré visualizar el gran cartel. Estaba oxidado, con la pintura rasgada y cubierto de moho, pero aún se podía leer: Bienvenidos a Blooklyn.

​-Última parada: el pueblo de Blooklyn -dijo el conductor con voz seca.

​El autobús frenó frente a la pequeña parada. No había ningún otro vehículo cerca. En cuanto bajé y el autobús arrancó a toda prisa, vi el auto de mi abuela estacionado al otro lado de la calle.

Crucé corriendo; las calles de Blooklyn estaban completamente vacías, como si fuera un pueblo fantasma.

​-¡Abuela! -dije en cuanto la vi, dándole un abrazo fuerte-. Cuánto tiempo.

​-Addy, me da mucho gusto verte, pequeña. Dios mío, mira cuánto has crecido... la última vez tenías ocho años -me soltó y me miró de arriba abajo con una sonrisa.

​ Mi abuela lucía exactamente como la recordaba. ¿Cómo era posible que no hubiera envejecido ni un poco? Tenía la misma piel, el mismo brillo en los ojos y el mismo aspecto que hace diez años. Parecía que para ella el tiempo se había detenido el día que nos fuimos.

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El coche de mi abuela avanzaba por las calles de Blooklyn. Todo estaba exactamente igual, como si el tiempo se hubiera detenido: las mismas casas con la pintura vieja y desgastada, los grandes pinos que parecían esconder al pueblo del resto del mundo y las mismas personas de siempre. El parque en el que antes solía jugar ahora lucía abandonado, con los columpios y toboganes devorados por el óxido.

​A lo lejos, la casa de mi abuela comenzó a aparecer entre los árboles. El coche se detuvo justo al lado de la estructura de madera que tanto recordaba: una construcción imponente de dos niveles con un gran porche delantero.

​En cuanto cruzamos el umbral, una oleada de recuerdos de mi niñez me golpeó el pecho. Me vi de nuevo escondiéndome en la habitación de mi abuelo para leer sus libros, preparando sopa por las noches, o posando quieta mientras él me dibujaba. Recordé la chimenea, el lugar exacto donde me quedaba hasta tarde escuchando sus historias. No me había dado cuenta de cuánto había echado de menos todo esto.

​-Debes de estar cansada... ¿Recuerdas tu antigua habitación? No hemos tocado nada, está justo como la dejaste -dijo mi abuela, comenzando a subir las escaleras.

​La seguí en silencio. Ella abrió la puerta de lo que solía ser mi refugio y, tal como prometió, el tiempo no había pasado allí dentro. Las paredes conservaban ese tono azul claro, los viejos dibujos seguían colgados en la pizarra junto a mis muñecos de la infancia, y la antigua peinadora permanecía en su lugar. Al fondo, la ventana con el pequeño colchón donde solía pasar las horas leyendo seguía esperándome.

​-Bueno, dejaré que acomodes tus cosas. Estaré abajo preparando la cena -dijo mi abuela, antes de desaparecer de la habitación y cerrar la puerta tras de sí.

​Me quedé sola. El silencio del cuarto de repente se sintió denso. Caminé hacia la ventana y miré hacia afuera; el bosque estaba envuelto en una neblina tan espesa que apenas permitía distinguir la silueta de los troncos. Sin embargo, algo me obligó a fijar la mirada en un punto exacto. Entre la bruma y los árboles, distinguí la sombra de un hombre. Era imposible verle el rostro, pero su silueta recortada contra la oscuridad del bosque estaba completamente quieta, apuntando en mi dirección.

​Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentir aquella mirada invisible me revolvió el estómago. Intenté engañar a mi cerebro, obligándome a pensar que solo era una ilusión óptica, una jugada de la luz o la caprichosa forma de una rama.

​Sin pensarlo dos veces, cerré la ventana de golpe, pasé el pestillo y bajé las escaleras a toda prisa. Necesitaba la seguridad de mi abuela. Al llegar a la cocina, notar que estaba vacía me aceleró el pulso.

​-¿Abuela? -llamé, con la voz un poco temblorosa.

​Comencé a buscarla por la planta baja hasta que la encontré en el comedor. Pero no estaba sola. Junto a ella había un hombre que aparentaba unos treinta años; era de piel pálida, cabello negro impecable y una barba corta bien cuidada. Vestía completamente de negro, lo que aumentaba su porte misterioso.

​-Addison, él es el señor John Morozova. Era un gran amigo de tu abuelo -dijo mi abuela, rompiendo la tensión del espacio.

​El hombre se giró lentamente hacia mí. Tenía una mirada profunda, de esas que sienten que te están leyendo los pensamientos.

​-Un gusto por fin conocerte, Addison... -dijo el señor Morozova, sosteniéndome la mirada con una ligera sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.

Por fin conocerme?
Ya sabía de mi?
Quien era este señor?

​-El gusto es mío -respondí, tratando de sonar cortés -. Siento interrumpir.

​-No interrumpes nada, querida -intervino el señor John con una cortesía casi ensayada-. Solo venía a entregarle unas cosas a tu abuela, pero ya me retiro. Con su permiso, señora Mary.

​El hombre se despidió con una leve inclinación de cabeza y cruzó el umbral, dejándome sumergida en un mar de dudas. ¿Quién demonios era ese tipo tan raro? Nunca lo había visto en el pueblo, pero se me hacía extrañamente conocido. No lograba encajar su rostro en ningún recuerdo, y aun así, me resultaba perturbadoramente familiar. Yo no sabía absolutamente nada de él, pero tenía la certeza absoluta de que él sí sabía de mí.




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