CAPÍTULO III : LO QUE HABITA EN EL BOSQUE
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La mañana llegó mucho antes de lo esperado. Mi primera noche en Blooklyn definitivamente no había sido la mejor, sobre todo por aquellos extraños ruidos. Aunque al final había seguido las reglas de mi abuela, las ganas de descubrir el origen de esos golpes seguían dándome vueltas en la cabeza, como un eco molesto.
El clima del pueblo no me daba tregua; el frío matutino era incluso más hostil y cortante que el de la noche anterior. Tras permanecer un largo rato atrapada entre las sábanas, intentando descifrar respuestas para mis propias preguntas, decidí ponerme en pie. En cuanto mis pies descalzos tocaron el suelo, el hielo del piso hizo que todo mi cuerpo se tambaleara con un escalofrío.
Luego de lavarme los dientes y quitarme la cara de sueño, bajé las escaleras. Lo primero que vi al llegar a la planta baja me detuvo en seco: el ataúd ya estaba colocado en el centro de la sala. Se sentía extraño. El féretro descansaba completamente solo, despojado de flores, velas o cruces. Nada. Supuse que se debía a que todavía estaban organizando el espacio y que, más tarde, antes de que llegaran los invitados al velatorio, colocarían los arreglos correspondientes.
Caminé con cautela hacia la cocina. Allí, de espaldas, se encontraba mi abuela.
-Addison, ya despertaste. ¿Cómo estuvo tu primera noche? -preguntó, mientras se giraba para colocar un plato de sopa humeante sobre la mesa.
-Bien, abuela... -respondí, tomando asiento-. Aunque esos golpes en mi ventana casi no me dejan dormir.
Al escuchar mis palabras, alcancé a notar cómo los hombros de mi abuela se tensaban de inmediato.
-No les abriste, ¿verdad? -su voz sonó extrañamente baja, casi en un susurro.
-No. Aunque, por un momento, estuve a punto de asomarme para ver qué era.
El sonido seco de la cuchara metálica golpeando contra la madera de la mesa me obligó a levantar la vista de golpe. Mi abuela me miraba con los ojos fijos, cargados de una severidad que nunca antes le había visto.
-¿Estás loca, Addison? Ni se te ocurra volver a pensar en algo así.
-¿Por qué? -le reclamé, perdiendo la paciencia-. ¿Qué son esas cosas?
-Aún no es el momento, Addison.
-¿Por qué nunca es el momento? Quiero saber qué es lo que toca a mi ventana por las noches... ¡Tengo derecho a saberlo!
-¡Suficiente! -sentenció ella, levantándose de la mesa de golpe. Su reacción fue tan tajante que me obligó a callarme de inmediato-. Tu sopa se va a enfriar.
Guardé silencio, tragándome mis propias preguntas, y devolví la mirada al plato, sabiendo que en esa casa los secretos eran tan densos como la neblina de afuera.
Me estaba terminando de arreglar para el funeral. Me puse un vestido negro de mangas largas, liso y bastante sencillo, a decir verdad, acompañado por unos tacones bajos a juego. Cepillé mi cabello con calma y opté por dejarlo suelto, cayendo sobre mis hombros. Al mirarme al espejo, profesé un suspiro; era lo mejor que podía hacer. Nunca me había considerado una chica súper hermosa, pero tampoco me veía fea; era normal, si es que esa palabra servía para describirme.
Bajé las escaleras despacio. Las personas ya comenzaban a llegar a la casa, formando una marea de figuras vestidas de riguroso luto. No conocía a casi nadie de los que estaban allí; solo alcanzaba a distinguir a un par de vecinos que recordaba de mi infancia, aunque ahora lucían mucho mayores.
Al verme bajar, mi abuela me tomó del brazo y comenzó a presentarme a varios de los asistentes. Todos repetían lo mismo con voces apagadas, asegurando que habían sido grandes amigos de mi abuelo. Sin embargo, mientras estrechaba sus manos frías y recibía sus condolencias, no podía sacarme de la cabeza la extraña sensación de que cada mirada en esa sala escondía un secreto.
Las personas aquí parecían conocerme mucho más de lo que me habría gustado. Algunos me preguntaban por mi madre, otros por personas que solo yo recordaba. Mi abuela, al notar mi incomodidad, intentaba calmarme susurrándome que mi abuelo siempre les hablaba de mí con orgullo, pero aun así todo me resultaba sumamente extraño. Se sentía como si el pueblo entero me hubiera estado vigilando a la distancia.
De repente, a lo lejos, divisé a una figura conocida. Era el mismo hombre de la noche anterior: John Morozova. Vestía completamente de negro, mimetizado con los demás, y estaba sentado conversando con alguien. Sin embargo, una punzada en el pecho me advirtió que no estaba sola. Sentí el peso de una mirada fija sobre mí.
Levanté la vista hacia donde estaba John y fue entonces cuando lo vi. Junto a él se encontraba un chico de piel pálida, alarmantemente pálida, con el cabello negro azabache y un rostro de facciones perfectamente perfiladas. Tenía una mirada profunda, oscura e intimidante, pero innegablemente atractiva. Al notar que me observaba fijamente, sin parpadear, el corazón me dio un vuelco. Desvié la mirada de inmediato, un tanto abrumada, e intenté concentrarme de nuevo en la conversación con los demás invitados para disimular el nerviosismo.
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Estaba sentada en los escalones de la escalera, observando a la gente murmurar entre sí. Normalmente, en los funerales, las personas encendían velas y colocaban hermosas flores para que el lugar no se viera tan lúgubre; ponían fotografías del fallecido y cruces como símbolo de respeto. Pero aquí no había nada. Al principio pensé que colocarían los arreglos más tarde, pero el tiempo pasaba y la sala seguía desierta. No había retratos de mi abuelo, ni cirios encendidos, ni flores que le aportaran un poco de color al área. Todo lucía apagado, plano, liso.
No es que hubiera asistido a muchos funerales en mi vida; de hecho, solo recordaba el del jefe de mi madre. Pero aquel había sido muy diferente: estaba inundado de coronas florales, la gente conversaba mientras comía galletas y bebía café, y había una enorme fotografía del difunto flanqueada por dos grandes velas a los costados. Todo en este velatorio, en cambio, era extrañamente simple. Muy oscuro. Muy gris.