CAPÍTULO IV: CONDENA
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Me desperté de golpe. El sol me cegó por un segundo y, cuando por fin logré enfocar la vista, me di cuenta de que estaba en mi habitación. Reconocía cada rincón de memoria.
¿Qué había pasado? ¿Lo que vi en el bosque fue solo un sueño o ocurrió de verdad? ¿Y qué hacía Alek ahí? No, no podía ser cierto. Me negaba a creerlo; era imposible que ese tipo de cosas existieran.
Me levanté de la cama. Al tocar el piso frío, mis pies parecieron activar de golpe todo mi cuerpo. Me lavé los dientes a toda prisa y salí del cuarto. Al bajar las escaleras, encontré a mi abuela sentada a la mesa de la cocina. Frente a ella había una taza de café ya fría. Tenía la espalda completamente recta, la postura tensa y una expresión en el rostro que no fui capaz de descifrar.
-¿Abuela...?-murmuré.
-Addison, ¿qué te dije? ¿Eh, Addison? -preguntó entre dientes, masticando cada palabra con rabia contenida.
-Abuela, ¿qué pasa?
- ¡¿QUÉ TE DIJE, ADDISON?!- estalló de pronto, gritando con furia-. ¡Las malditas reglas están para seguirse! Pero tú, por andar con tu maldita rebeldía, ¡ahora estás arruinada!
El aire se me escapó de los pulmones. Entonces era verdad. No había sido una pesadilla. Todo lo que vi anoche, lo de Alek, esas extrañas criaturas... todo era real.
- Abuela, lo siento mucho. Yo no sabía que esas cosas existían, yo...
-Addison, las reglas dicen claramente: no ir al bosque y no estar afuera a medianoche. ¿Creíste que esto era un juego? ¿Pensaste que era una tontería y que te lo decía por decir? Dime, Addison, ¡¿en qué estabas pensando?!
-Abuela, escúchame, yo...
-No tienes idea del problema en el que te has metido.
Antes de que pudiera responderle, alguien tocó a la puerta.
Un frío helado me recorrió la espalda. ¿Por qué mi abuela reaccionaba así? Ella lo sabía. Sabía de la existencia de esas cosas desde el principio. ¿Y por qué no me lo dijo? Si me hubiera advertido sobre los monstruos que rondaban allá afuera, jamás habría puesto un pie en ese bosque. Sabía perfectamente que, si solo me daba órdenes sin explicaciones, yo no iba a seguir sus «reglas absurdas».
Pero tú también tienes la culpa, Addison», me dije a mí misma. «Si tan solo hubieras hecho caso y no fueras tan estúpida, nada de esto estaría pasando».
Antes de que pudiera responderle a mi abuela, ella volvió a entrar a la cocina acompañada del padre de Alek: el señor John Morozova.
—Addison, qué bueno verte. Aunque lamento mucho que sea en estas circunstancias —dijo el señor Morozova mientras tomaba asiento en una de las sillas.
—Llamé a John para que viniera a explicarte lo que está sucediendo... y para que entiendas que tu vida ya no volverá a ser la misma —añadió mi abuela. Su rostro había cambiado; la furia de antes se había transformado en una absoluta preocupación.
El señor Morozova apoyó los brazos sobre la mesa y me miró fijamente.
—Addison, te voy a contar algo. Hace más de cien años, cuando los fundadores llegaron a este lugar, construyeron las casas, la plaza... todo lo que ves hoy. Sin embargo, a medida que comenzó a llegar más gente, empezaron a ocurrir cosas extrañas. La gente desaparecía al caer la medianoche o cuando se adentraba en el bosque. Nadie entendía por qué, hasta que un hombre llamado Zarrasa se tomó la tarea de investigar a escondidas. Descubrió que en este territorio habitan demonios capaces de tomar forma humana; criaturas que ya habitaban aquí mucho antes de que el primer hombre pisara esta tierra. Eso fue lo que viste anoche en el bosque.
Hizo una breve pausa para asegurarse de que lo estaba escuchando antes de continuar.
—Al enterarse, los habitantes del pueblo reunieron valor y llegaron a un acuerdo con ellos: los demonios no atacarían a nadie, siempre y cuando no anduvieran por el bosque después de la medianoche. Pero exigieron una condición a cambio... El pueblo estaría a salvo, sí, pero si alguna persona llegaba a verlos en su verdadera forma demoníaca, debía ser sacrificada en un ritual para otorgarles más vida e inmortalidad. Addison... tú los viste en su verdadera forma.
John guardó silencio.
—¿Qué...? No... no, no, no... ¿Qué dice? ¡NO! ¡ESTO ES FALSO, NO PUEDE SER VERDAD! —grité, en completo shock, desesperada y con las lágrimas agolpándose en mis ojos—. ¡ESTÁ MINTIENDO! ¡Abuela!
Me giré hacia ella buscando ayuda, pero solo encontré su mirada empapada en lágrimas.
—Abuela, esto no es verdad... ¿cierto? No voy a morir sacrificada. ¿Abuela?
Ella se quedó muda. No dijo una sola palabra, ni siquiera emitió un sonido. La opresión en mi pecho me obligó a ponerme de pie. Salí de la cocina y me dirigí a la calle. Oía las voces de mi abuela y de John a mis espaldas, pero no podía seguir ahí. Necesitaba aire, me urge poner en orden mi cabeza.
Caminé sin rumbo por las calles de Brooklyn, inusualmente desiertas salvo por uno que otro transeúnte. Terminé en el parque donde solía jugar de niña. Estaba completamente vacío; los juegos, devorados por el óxido. Me senté en uno de los columpios y, sin poder contenerlo más, rompí a llorar.
Sentía que mi vida se había terminado. Una parte de mí quería creer que todo era una pesadilla, que podría volver a mi rutina y olvidar; pero la otra parte sabía perfectamente lo que había presenciado en ese bosque. Aquellas criaturas existían. Mi mente se negaba a aceptarlo, aunque mi instinto sabía la verdad.
—Estoy perdida —susurré para mí misma, sintiendo las lágrimas rodar por mis mejillas.
—¿Te perdiste de nuevo, corderita?
El susto me hizo dar un brinco. Al darme la vuelta, vi a Alek apoyado contra el tubo de metal del columpio.
—Pareces un acosador —dije, limpiándome la cara con la manga del suéter.
—Y tú pareces una llorona... Aunque debo admitir que te ves divina con las mejillas sonrojadas. Igual no me gusta ver llorar a la gente —respondió con una sonrisa pícara antes de sentarse en el columpio de al lado.
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Editado: 04.08.2026