—¿Cómo has estado?
La pregunta sencilla que iniciaba cada sesión. Mi terapeuta me mira con una mezcla de seriedad y compasión, y yo no me limito a inspeccionar cada movimiento: el arqueo de sus cejas, los olivos profundos que llevan sus ojos, sus manos que se mecen con delicadeza y sus piernas cruzadas que inspiran respeto. Me es usual responder y querer gritar al mismo tiempo.
—Bien… supongo que bien.
—¿Cómo te sientes? La última vez hablamos sobre la carta.
—La carta… sí, la carta, claro… la carta… —mi mente divaga con rapidez y lo miro fijamente—. Claro, debe ser… la carta… es… complejo.
—¿Por qué? ¿Qué contiene esa carta? ¿Qué sentimientos encapsulaste en ella? ¿Qué pretendías con ella?
—Nada, en realidad no planeaba obtener nada con ella, al menos… no algo que esperarías, sabe, no algo que fuera tangible. Pretendía la comprensión, no anhelaba amor, no completamente. Quería saber que era solo yo, y que me entendía.
—Como el negro y blanco.
—¿Qué?
Mi mente desconcertada se halló buscando una respuesta clara, una memoria que pudiera darme entendimiento. ¿Negro y blanco? ¿De dónde carajos había salido eso? ¿Por qué mi terapeuta lo sabría? ¿Qué jodidos he estado haciendo?
—Hace dos sesiones mencionaste esa frase, que tú y él eran de esa forma, y que era como si hubieras entendido algo más. ¿Puedes decírmelo?
—Ah… ya veo… sí, eso… quería, de verdad quería que él se acercara. Por primera vez me encontré deseando explícitamente lo que me negaba a aceptar. Yo… quería ser cuidado. Anhelaba ser cuidado, tanto como yo he cuidado de otros, tanto como yo he sanado a otros, pero no quiero teñirme de egoísmo, sería una decepción hacerlo.
—¿Por qué crees que pedir cuidado sería egoísta?
—Porque… yo… he sido muy mala persona. Al final creo que yo soy el problema, siempre he sido el problema, y ahora lo perdí. Y me pregunto si quizá él siente lo mismo, si de verdad fui alguien memorable, alguien lo suficientemente bueno como para derramar lágrimas. Él era mi amigo… y lo amé, lo amo como a nadie.
—Pero dime, Alexei, ¿cómo es amarlo para ti?
Amarlo es como abrazar las llamaradas de un fuego intenso que se cierne en un intenso mar negro y espeso, en donde cuido a una pequeña rosa que me hiere a cada oportunidad, pero que me niego a cortar sus espinas, porque lo amo con todos sus defectos, con todos sus encantos. Como la sangre carmesí que brilla entre la luz de la media luna, que resplandece como mil centellas, tan sublime, tan especial, tan único, tan doloroso, como dagas diminutas que se acercan a mi corazón desde todas partes, pero que me enseñan la ternura encarnada.
Un ser tan bello y frágil que me hace querer evitar siquiera un rasguño, una herida. Alguien que quiero cuidar y proteger a toda costa, pero es indiferente, como un gato mezquino que recibe amor y vive de él pero no lo da, y aun así, lo quiero.
La sala se torna en un silencio suave y estremecedor, como si el mismo ruido se quedara petrificado ante mi confesión, y el terapeuta vuelve a hablar.
—Alexei… hablas de él como si fuera una deidad que necesita ser preservada, pero hablas de ti como el combustible que debe quemarse para que él brille. Me pregunto… ¿en qué parte de ese resplandor de mil centellas queda espacio para que tú no seas el que sangre? ¿Qué pasaría si dejaras de proteger las espinas que te están perforando el corazón?