Me pregunto qué fue lo primero que pensaste cuando viste el mundo por primera vez. Conforme crecías, qué observaste, qué escuchaste, qué odiaste y qué amaste. Es algo inusual, pensaría yo. Tu pequeño cuerpo que se mecía en brazos de tu madre, pero tu infancia y vida marcada por el acompañamiento de tu padre. Quisiera saber qué hay al fondo, qué guardas dentro de esa cabeza, esa mente, esos ojos.
Como un pequeño niño que ama a otros, que ríe y que juega, mientras observo el gran árbol que se mece contra el viento, suave y delicado, como si me transmitiera tu risa, como si me explicara por qué te fuiste, por qué terminamos siendo solo un toque superficial al agua, cuando éramos el océano entero.
Me pregunto cuán mala persona he sido contigo, con ellos, con los otros, con los demás, con la vida misma, con lo que supone ser un buen ser humano. No soy digno de ello, no soy propio de la vida, pero la muerte es una resolución egoísta y rápida. Cuesta más vivir, cuesta más respirar, y ante todo lo que podría pensar, existe un Dios que amo más que a nada, y ese amor me hace replantearme lo que en verdad deseo, lo que en verdad pienso. Debería deshacerme de mis pensamientos y caprichos egoístas.