Blue

Evan

Evan siempre había sido así, era el tipo de persona que crees no encontrar de nuevo. Amable y virtuoso, con unos ojos grandes y curiosos que se pasean con carisma, una risa que hace recordar a los infantes y una calidez que evoca querer acompañarlo.

Su tez morena pero suave, como una combinación perfecta entre ambas mitades, sus ojos expresivos e intensamente oscuros con un brillo característico, su cabello azabache que cae suavemente, sus labios delgados que se mueven con delicadeza, sus pestañas tupidas que profundizan la mirada; todo te llevaba a ser lentamente seducido por sus encantos.

Pero tras ello, las carencias y cicatrices que marcan a cada persona se ven envueltas en la forma de herir a otros. Sin saber o con saber, el daño que se hace es irreparable.

La pregunta del terapeuta me hace regresar a ese cuarto oscuro. La puerta blanca al frente de mis sueños se hace presente y siento urgencia por salir de ahí, pero al pasar por el umbral más lejano me centro con ese mar oscuro y espeso, la llamarada al centro y un cielo inmenso rodeado de nubes negras.

Pero… no siento frío.
No siento miedo.
Siento un profundo vacío que me hace estremecer, no porque me importe, no a mí mismo, sino porque sé que si pierdo ahora, lastimaré a los demás.

—Yo… no sé, intento, lo entiendo, pero es difícil, difícil dejarlo así como si nada.

—¿Has intentado alejarte de él?

—Sí, pero no puedo dejarlo solo, no cuando está viviendo y pasando por un momento difícil. Me rompería el corazón que él tuviera que pasar solo por algo así.

—¿Pero a él realmente le importa cuando tú atraviesas solo estos problemas? Es decir, Alexei, ahora estás aquí, dime, ¿él es consciente de ello?

—Ni siquiera lo sabe…

Como un golpe de realidad, una que yo mismo me he encargado de aceptar y recordar, las palabras de Gerald me hacen doler el pecho. Hacen que el dolor se infiltre en unas llagas que permanecen cerradas pero ardientes, en las grietas que desbordan, de vez en cuando, un profundo llanto que me hace caer dormido.

—Yo… ¿podemos terminar por hoy? —mi voz se quiebra con ligereza, pero recobro la compostura—. No me siento muy bien.

—Claro, Alexei. Felicidades.

—¿Qué? ¿Por qué? —mis ojos se abren con sorpresa y desconcierto y me dirijo hacia Gerald.

—Reconociste que no te sientes bien. Nos vemos en la siguiente sesión.

—Ah… sí, gracias, te veré en la siguiente.

Salir del consultorio me hace sentir el frío del día. En realidad, no hace frío, solo es la brisa del mediodía. El aroma del aire me hace recordar, querer recordar algo. Después de todo, estaba tratando de recuperar mis memorias. Mi cerebro, según mencionó Gerald, lo usó como mecanismo de defensa.

Raramente extraño.
Cuando la mente decide cómo sanar, no es decisión nuestra del todo. No del consciente, sino de aquello que toma nuestra vida y trata de preservarnos en ella.

Fue la última semana en esa ciudad, de estos meses. Tendría que regresar después, no ahora. Ahora no quiero pensar nada, no quiero sentir nada. Añoro poder ser inherente a todo, insensible y simple, mientras trato de ignorar este comportamiento frenético por algo que no puedo solucionar, tocar, o siquiera entender del todo.



#1642 en Otros
#30 en No ficción

En el texto hay: ruptura, amor amistad, introspeccion

Editado: 03.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.