—¿Cómo estás con lo de Evan? —la mirada sensible se acerca.
—Bien, supongo que bien… estoy mejor.
En realidad, no quiero hablar de ello, aunque ha estado mucho mejor, mejor que hace unas semanas en las que lloré durante tres días, en donde la angustia se metía con profundidad en mis entrañas. Sigo sintiendo un ligero peso que se entrega al dolor.
—¿Ya se arreglaron?
—Sí, así es.
Madre… creo que estoy un poco cansado. Ni siquiera tengo interés al estudiar. Mi mente está ofuscada y mi corazón está débil. Puedo sentir cómo se tranquiliza con la respiración, pero nunca llega a parar. En la noche, a veces no puedo dormir y otras en las que lo logro, tengo sueños; no pesadillas, pero en realidad tampoco son agradables. Quiero no hacerlo, no pensarlos, que mi mente se quede en negro y que la noche no signifique nada.
Son palabras que jamás le diré. No a la mujer que vive en continuo estrés por su propia vida y la mía, no cuando sus preocupaciones la rebasan y aun así hace espacio para tomar parte de las mías.
Madre, yo, quien he estado solo, puedo soportarlo aún más. Incluso con mi yo fragmentado, seguiré corriendo.