Evan.
Recuerdo la primera vez que lo vi. Estaba ahí, parado al lado de la pequeña banca de madera al frente del jardín de la facultad. Al escuchar mi nombre, volteé bruscamente buscando esa voz. Era la doctora. Me preguntaba algo sobre mi computadora, sobre si contaba con una para el curso de lectura inicial, y él estaba a su lado, con una mirada curiosa y ojos expresivos.
Su cabello azabache caía proporcionalmente a los lados, vestía un conjunto de pants gris, sus tenis negros, la delgada cadena en su cuello y una pulsera roja en su muñeca derecha. Como un niño perdido, desbordaba inocencia, una que me desconcertó y, por un momento fugaz, lo aborrecí.
—Alexei, ¿tienes tu laptop? Iremos por una a la sala de cómputo para Evan.
—Ah… sí, no se preocupe, muchas gracias.
Nuestras miradas se cruzaron, como desconocidos que éramos. No existió una reacción específica, pero sí fue especial. Era como si lo hubiera visto después de mucho tiempo, como alguien a quien conocía de toda la vida, mientras el aire frío de esa tarde chocaba contra los rayos fuertes del sol. Se marcó el inicio de nuestra historia.
Esa tarde no hablamos, y solo lo vi sentado en la penúltima fila a la izquierda, en la esquina al lado del pasillo del aula. Fue hasta el segundo día, cuando mi lugar fue ocupado por otra persona, que ese chico solitario me llamó la atención. Sus ojos, esos ojos grandes y brillosos, en efecto, me habían fascinado, y yo, quien raramente sentía curiosidad por las personas, me senté a su lado y pregunté si ya había terminado su lección.
—Hola, ¿cómo vas? —inquirí suavemente con la vista en la pantalla.
—Hola, ¡casi acabo! —su sonrisa infantil resonaba con dulzura—. Está un poco largo.
—Ah, claro, jajaja, es mucho.
—¿Cómo te llamas? —su mirada se dirigió hacia mí con efusividad.
—Alexei, ¿y tú?
—Evan, ¡mucho gusto!
Esa misma tarde Evan me dijo que iba a ir a la central de la universidad, quería comer algo. Yo, con desconfianza y sin verdaderamente saber a dónde ir, negué su invitación inmediata, pero más tarde quise agradecerle por hablar conmigo, e instintivamente compré algo para él.
Al llegar a su mesa, me ofreció ese pastel, aquel que cada vez que veo me recuerda al primer día que nos conocimos: pay de queso con zarzamora, tan dulce como él, tan dulce como le gustaba que fuera la vida.