Recordando todos los momentos que vivimos juntos, reflexiono sobre mis verdaderos sentimientos y sobre en quién verdaderamente soy, en quién me he convertido. Supongo que fui un buen amigo, te cuidé y quise con esmero, pero caí en ser mi propio sabotaje, en padecer del síndrome del salvador para alguien que no estaba dispuesto a tomar esa ayuda, y aún más importante, alguien que ni siquiera sabía que los demás son humanos.
Esa vez, en la que lloré durante tres días y tres noches preguntándome si es que mis errores nos habían llevado a esto, por primera vez mostré compasión hacia mí mismo. No porque realmente lo haya reconocido, sino porque el dolor me orilló a ello, el dolor que mancilló mi ego y persona.
Por fin me miraba a los ojos y me decía que tal carga era compartida, que tal carga había sido mantenida por columnas de cristal que simulaban ser fuertes como el mármol, y estaban desgastadas. Mantenía la esperanza de que en algún momento notaras el dolor detrás de mi sonrisa, pero ese día nunca llegó.
Y yo, que me sumergía en mi propia oscuridad, fui consumido y me sentí incapaz de sonreír, incapaz de sentir verdadera bondad y confianza ante el mundo que me rodeaba.
Me pregunto, cuando el castillo de cristal que construí para ti se desmorone…
¿Me buscarás?