¿Podría salvarte?
Me lo pregunté mientras observaba, desde una distancia que quemaba, cómo Mifennet extendía sus redes sobre ti. Mifennet siempre estuvo ahí, una presencia constante pero diluida, un ruido de fondo que no lograba opacar nuestra sintonía. O eso creía yo.
Él te conoció primero, sí, pero fui yo quien te sostuvo cuando el mundo pesaba demasiado. Fui yo quien descifró el código de tus silencios mientras él solo ocupaba espacio en el mismo salón.
Sin embargo, el tiempo parece tener una jerarquía cruel que mi lógica no alcanza a comprender. Para ti, la antigüedad de su presencia vale más que la profundidad de mi entrega.
Observé con una mezcla de náusea y fascinación cómo Mifennet comenzó a acapararte, a reclamarte como un trofeo de caza, marcando un territorio que yo nunca me atreví a pisar por respeto a tu libertad.
Y tú… tú te dejaste.
Te dejaste envolver por su egoísmo posesivo con una docilidad que me partió el alma. No hubo resistencia, no hubo el "Infinito" que supuestamente compartíamos; solo hubo una capitulación silenciosa ante quien gritaba más fuerte que era tu dueño.
En ese momento lo entendí.
No es que fueras incapaz de ser "de alguien", es que elegiste la seguridad de su cadena sobre la inmensidad de mi mar.
Mifennet te ofrece la comodidad de lo conocido, un contrato de pertenencia que te ahorra el esfuerzo de tener que mirarte al espejo. Y tú, como el vividor que finalmente reconozco en ti, aceptaste el trato.
La punzada en mi ego ya no es una pequeña espina; es el colapso total de mi sistema.
Gerald tenía razón.
Siempre te amaré, Evan, pero ya no puedo morir por ti.
He decidido, por primera vez, vivir por mí.