No fumo ni bebo, pero ahora, por alguna razón, quizá es porque ya no tengo paradigmas tan fuertes como para detenerme a vivir, no es un vicio, por primera vez lo hago, tal vez como liberación, tal vez como el retorno de mi propia libertad.
Siempre quise ir al frente del océano en la brisa del atardecer. Ahora, mientras inhalo el humo seco del cigarrillo, diviso esas gaviotas tan audaces y pequeñas que se alimentan del inmenso océano.
Y al voltear atrás, te vi.
No al agua, no a la arena, sino a un hombre débil y temeroso, común, asustado de su propio vacío, el mismo que se refugia en el ruido de alguien que no le exige ser profundo.
Y por primera vez, no sentí ganas de salvarte.
Sentí alivio.
Dejé de escribir y pintar para los demás, para ti. Ahora guardo mis palabras como preciadas joyas en la arena del mar que amo, que son bañadas por el oro del sol, y que solo son dignas de aquellos que entregan su alma y corazón.
A mi mejor amigo y maestro,
Evan.