Blue Colletion

El pesar de los años

Luciana se marchó de la imprenta y se dirigió a una cafetería en especial, donde siempre encuentra tranquilidad cuando su mente la abruma de sospechas que, afortunadamente para ella, aún son infundadas.

El “Coffee Land” es su lugar seguro y, por suerte, abre sus puertas las 24 horas del día debido a su alta demanda en cafés que destacan en sabor y un supuesto e improbable bienestar que le produce a sus clientes con solo beberlo. Eso dicen los clientes más fieles, pero bueno, cada quien sabe cuál es su pócima mágica.

Todos, sin importar la hora, necesitamos de un buen café para equilibrar nuestras diferentes maneras de sobrellevar la complicada, o más bien caprichosa, vida.

Luciana bajó de su camioneta y entró al café pidiendo lo de siempre y sentándose en su mesa reservada. Sí, Luciana va todos los días y es una clienta con beneficios.

Al recibir su café y beberlo, Luciana, aunque no lo parezca, es creyente de ese supuesto poder en el café y solo así se armó de valor para llamar a su esposo, lo cual no debería costarle tanta preparación mental, ¿no?

Después de todo, no tiene mucho que regresaron de vacaciones por su aniversario de bodas. Deberían estar muy enamorados para haberse acompañado más de un mes en la misma habitación, ¿verdad?

— ¿Bueno? ¿Me escuchas, cariño?

— ¿Hola? ¿Luci?

— Sí, soy yo, Christian.

— Hola, mi amor. ¿Dónde estás? Esta mañana no te encontré a mi lado.

— Fui a la imprenta, como cada miércoles. ¿Ya lo olvidaste? Este es mi día de la semana. Además, me presenté para recopilar el trabajo de Pamela en su lugar.

— Entonces estabas en la imprenta... Luciana, ya habíamos llegado a un acuerdo cuando estuvimos viajando por nuestro aniversario.

— Así es, y si tanto lo recuerdas sabrás por qué estoy molesta, ¿no es verdad?

— ...

— Fuiste a la imprenta hace unos días sin mí y habíamos acordado ya no ir por separado. ¿Por qué rompiste nuestro acuerdo? Y además, ¿por qué no me dijiste que habías ido? ¿Qué estás escondiendo, Christian?

— Tranquila, solo fui porque la máquina de Alexis estuvo teniendo fallas y Armando me puso al tanto. Y en realidad, nuestro acuerdo era que tú ya no irías a la imprenta en lo que Pamela da a luz a nuestro nieto, ¿lo olvidas?

— No es así. Como siempre, solo recuerdas lo que te conviene. Así que escúchame bien: yo seguiré visitando la imprenta, porque tanto tu trabajo como el mío y el de nuestra hija Pamela están allí. Y como solo recuerdas tus condiciones, yo voy a rehacer las mías: ya no iré solo los miércoles, voy a ir cuando yo lo crea conveniente, cualquier día de la semana. ¿Escuchaste bien?

— Espera, Luci, no hagas eso. Escucha, lo lamento. Lamento no haberte dicho de mi visita pasada a la imprenta, es solo que ya no quiero que cargues tanto peso sobre tus hombros.

— ¿Cuál peso?

— El peso del trabajo, la imprenta, tus contratos de modelaje, las negociaciones, las cuentas, reducción de gastos y ahora también el cuidar de nuestra hija y su embarazo de alto riesgo.

— ¿Ahora sí te preocupa? ¿Desde cuándo? Créeme que no sería tanto peso si tuviera tu ayuda. ¡No! "El gran diseñador" solo se preocupa por su súper marca y por su inexistente pelirroja. Y en realidad, cuidar a nuestra hija nunca, y sin importar su edad, será un peso para mí. Yo siempre la voy a cuidar y no lo sentiré como una carga. Pero veo que para ti, tu familia siempre ha sido un peso que no toleras más.

— Ya vas a empezar con tus delirios de "cargar a nuestra familia sobre tus hombros". Que no se te olvide quién inició esta marca, la misma que te dio la mayor oportunidad de tu vida con el modelaje. Blue Collection ha sido y es hasta el día de hoy una de las mejores marcas a nivel comercial gracias a mí y a mi incansable trabajo para volverla lo mejor de lo mejor en el mercado. Tampoco es verdad que no tolero a nuestra familia, porque soy yo quien hace todo por darles una buena vida a ti y a Pamela, con comodidades que cualquier persona anhelaría poseer. Y sobre todo, esa pelirroja no es inexistente. Es mi gran amor. Sin embargo, por lo que escucho, no estoy hablando con él.

Luciana ya estaba llorando de la rabia que sentía, pero esas palabras fueron la estaca a su amedrentado corazón, la gota que derramó el vaso en un matrimonio que no entiende que ya no está bien.

Con su voz calmada, Luciana respiró e hizo nuevamente una pregunta cuya respuesta ya conoce.

— ¿Por qué seguimos juntos, Christian?

— Lo sabes bien. Somos nuestro castigo mutuo por los corazones que no dudamos en romper para nuestro beneficio y también porque somos incapaces de aceptar que nos equivocamos al casarnos. Sabemos bien lo humillante que sería frente a los medios. ¿Por qué? ¿Te quieres di... —Luciana colgó el teléfono.

Luciana dejó caer su celular sobre la mesa y se agachó sujetando sus rubios cabellos con fuerza.

«No, no lo acepto. Nuestro matrimonio no debe terminar. Nos casamos porque somos el amor de nuestras vidas, nos encontramos porque así debía de ser y no pienso dejarlo ir, porque no me equivoqué al elegir. Yo jamás me equivoco y mucho menos lo aceptaré frente a los medios. Mi familia está bien, yo estoy bien y soy feliz porque aún nos amamos».

— ¿Se encuentra bien, señora? ¿Necesita otra cosa?

Luciana daba una imagen vulnerable, lo cual nunca se permite, y no le pasó desapercibido para decidir actuar de inmediato.

Se volvió a sentar derecha, se acomodó su cabello y sacó su polvo compacto.

— Sí, quiero que me traigas algo más, camarera. Siento un poco de migraña. ¿En tu menú no hay algo para aliviar eso?

— ¡Sí, señora! ¿Se encuentra bien? Tenemos té de corteza de sauce blanco. Le traeré uno enseguida.

— Está bien, tráeme uno.

— ¡Sí! Lo traeré pronto.

La camarera se estaba por ir cuando Luciana recordó que siempre debe dejar una buena impresión, incluso si no le gusta tratar con empleados.




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