Han transcurrido dos meses desde la última visita de la señora Luci y vaya que el diseñador no ha desaprovechado su ausencia.
— Buenos días, chicos.
— Hola, diseñador.
— Buenos días.
— Hola, señor Armando, qué bueno que lo veo, porque necesito que venga conmigo a la oficina, ya que necesitamos checar los gastos de este mes.
— Sí, señor.
Korin miraba con entusiasmo a Christian mientras todas nosotras ya imaginábamos qué pasaría este día.
— Otra vez estará aquí la mayor parte del día.
— Ya no lo soporto, María. Cuando él está aquí hace que me duela la cabeza por tanta tensión.
— No deben alarmarse, él aprecia mucho su trabajo, chicas.
— Sobre todo el tuyo, ¿no?
— ¿Qué te puedo decir, Carmen? A mí sí me emocionan sus visitas.
— ¿Tienes algo que ver con la ausencia de la señora Luci?
— Por supuesto que no, o bueno, es obvio que alguien debía tomar las distancias y por fortuna fue ella. Ya conoce su lugar.
— Eres una desvergonzada. ¿De verdad crees que eres suficiente para que una mujer como ella tome distancia? En realidad, Carmen, yo creo que tal vez está ocupada con su hija. ¿Recuerdas que la última vez que nos visitó, a Pamela se le veía una pancita?
— Sí, es cierto, tal vez sí está embarazada.
— ¡Qué alegría! Que la familia del diseñador se está expandiendo. Ahora no solo son esposos y padres, también se convertirán en abuelos.
— Es verdad, Rizos, esos son los frutos de un matrimonio. Lástima que no todas puedan pasar ni pasarán por esas etapas.
«¡Esas estúpidas solo quieren molestarme! ¡Están celosas! ¡El diseñador solo me ama a mí! Luciana solo es su máscara ante la prensa y cuando cumpla la mayoría de edad eso se terminará porque él se casará conmigo, es lo que me ha dicho».
— ¿Ya vas a llorar?
— ¡No! Tus palabras no causan ningún efecto sobre mí. Soy consciente de tus celos y te compadezco, María, porque tú no eres capaz de revelar tus verdaderos sentimientos y prefieres ser infeliz viendo a tu persona especial siendo feliz con alguien más. ¿O me equivoco?
— ¿Tú sientes compasión por mí? No me hagas reír. Y sobre mis sentimientos no sé de qué me hablas, porque en realidad tú no sabes nada de mí. A diferencia de ti, yo sí sé mantener en secreto mi vida privada.
Una simple discusión estaba por convertirse en una pelea escandalosa, pero Adriana regresó del baño.
— María, dice Paola que si le puedes pasar su botella de agua. La dejó en su casillero.
María y Korin se detuvieron, porque Korin todavía prefiere mantener las apariencias frente a Adriana.
Todo porque todavía cree que ella no sabe sobre sus encuentros con el diseñador.
Christian salió de la oficina con Armando y de inmediato buscó con la mirada a su persona "favorita".
— Ven un momento, Korin.
Las mejillas de Korin se sonrojaron y con su indiscreto cinismo se levantó de su lugar para acercarse a Christian.
— Sí, señor.
— Dice el maestro Armando que todavía faltan unos detalles sobre el inventario del almacén. ¿Vamos a contar los detalles que faltan?
— Sí, con su ayuda saldrán más rápido las cuentas. Usted sabe que no soy buena en matemáticas.
Christian y Korin se fueron al fondo de la imprenta, donde se encuentra el almacén, mientras todas observaban esa incómoda escena.
— Ya se fueron otra vez.
— ¿Siempre es lo mismo?
— Sí, Adriana, así son de desvergonzados.
— No siempre. Cuando viene la señora Luci eso no pasa y en realidad es Korin la que se esconde como vil zorra. Ja, maldita.
— ¿Qué comparas, María? Las zorras son más decentes, ja, ja, ja.
— Ni a zorra llega, ja, ja, la estúpida, porque por lo que sé ni siquiera le pide nada a cambio.
— ¿En serio, Rizos? ¿Entrega la caricia gratis?
— Sí, María, por eso es una estúpida prostituta.
— No, no, no. Las prostitutas por lo menos piden dinero y no se regalan como Korin.
— ¿Nunca se han preguntado si es consciente de lo que hace?
Las risas pararon y todas vieron con seriedad y molestia a Adriana.
— ¿Otra vez con tus preguntas morales?
— No se trata de moralidad, aquí no existe eso. Pero, ¿nunca han pensado que Korin no lo hace por ser una "zorra", "prostituta"? Como sea que la llamen, yo solo entiendo que está enamorada y por eso no ve al diseñador como un patrocinador y a su cuerpo como moneda de cambio.
— Adriana, tú solo nos ves como monstruos juzgadores y te puedo asegurar que estás pasando por una etapa que todas nosotras ya pasamos y nos trajo problemas, te lo juro.
— ¿Hay etapas, Carmen? ¿Cuáles problemas?
— La primera etapa es descubrir esa relación y vaya que cuando yo los descubrí me llevé un tremendo susto.
— ¿Por qué, Rizos?
— Tal vez no lo parezca ahora, pero Korin y yo fuimos mejores amigas, porque después de todo estamos de la misma edad y nos gustan las mismas cosas.
— ¿Las mismas cosas?
— ¡Ay, María! Me refiero a la música, ropa y sí, algunos muchachos. De hecho, teníamos planeado vivir juntas cuando cumpliéramos 18 años. También salíamos mucho de fiesta y nos gustaba emborracharnos juntas, pero eso cambió cuando el diseñador mostró interés en ella.
— ¿Qué pasó?
— Ella comenzó primero a apartarse y de un día para otro me di cuenta que checaba mucho su teléfono y con el tiempo empezó a recibir muchas llamadas, hasta que un día nos peleamos por eso y dejó de hablarme. Sin imaginarse que un día en el cual todos se habían ido de la imprenta, al igual que yo... ¡Ay! Desgraciadamente ese día se me había olvidado mi teléfono y regresé por él, solo para encontrarlos entre besos y toques.
— ¿Ella no te dijo nada?
— No, y gracias a eso se alejó más de mí y se acercó a ella —señala a María—.
— ¿Yo qué? Me miras como si yo las hubiera separado y fue ese adúltero.
— Y la segunda etapa es "intentar ayudar". Sinceramente te recomiendo saltar esa etapa, Adriana.