Mi nombre sé que lo conoces bien porque "ella" ya te lo contó, sin embargo no nos han presentado como debe de ser.
Yo soy Christian Ferrer y en esta ocasión, mi curioso lector, me acompañarás a conocer la vida lejos de los obreros que visito de vez en cuando.
Al despertar todas las mañanas junto a mi esposa Luciana siento el frío de las mañanas debido a que desde hace años ella no comparte su calor conmigo y siendo sincero yo tampoco la deseo. ¿Qué podemos hacer? ¿Saben lo mucho que me perjudicaría divorciarme de la mujer más bella de México?
Aunque pensándolo bien, Luciana y yo llegamos hasta este punto porque muy probablemente es con la única mujer con la que he desnudado por completo mi ser y no le gustó lo que conoció de mí.
No la puedo juzgar, ni ella a mí, porque descubrimos que somos iguales y dos monstruos no pueden destruirse sin arrastrar a medio mundo junto a su caótico escenario y en esta situación nuestro mundo es nuestra hija Pamela, que ambos adoramos y que por ahora nos tiene con cuidado su embarazo de alto riesgo.
He llegado a creer que mi hija carga con mis karmas, pero ya no puedo detenerme, porque hace años descubrí y acepté que ya es demasiado tarde para intentar cambiar lo que forjé por años. ¿Un diamante puede volver a ser en bruto?
Soy el primero en levantarme para preparar café. A diferencia de mi esposa, yo no acostumbro a visitar cafeterías como colegiala, porque no me gusta el café si no lo preparo yo. No lo sé, tal vez es mi propio ego hablando.
Sin embargo, estoy seguro de que no soy capaz de beber un café preparado por otras manos que no conocen mi caprichosa personalidad cambiante.
Por ejemplo: un día lo quiero amargo, otros días dulce o con leche, sin lactosa o entera o sin... vaya, me detengo o no podré centrarme en lo que debo hacer.
Al terminar de preparar el café me senté en el sofá y encendí el televisor en el canal SofistyFashion TV.
Quiero estar al tanto de si Bartolomé Santillán cumplió con su amenaza y se "reinventó" a él y su insípida marca Shanu Loy como para considerarse un digno rival para mí. ¡Ja! Como si eso fuera posible.
Bla, bla, bla. Lo supuse, otra vez es una sensación más, no un reinventor, un rey Midas o un nuevo inmortal. Como siempre será mencionado unos cuantos días y luego ya nadie sabrá quién es, a menos que vuelva a causar un escándalo como hace unos días que se metió con una de sus modelos que es hija del... ¿último rey chino? Ya no lo recuerdo ni me interesa.
Luciana bajó las escaleras y miró la televisión.
— Qué divertido. Para haber dicho hace unos días que no te importan las acciones de Bartolomé, te veo muy pendiente de su trabajo.
— ¿No has escuchado un dicho muy popular? "Tus amigos cerca y tus enemigos más". No es que me sienta amenazado con su trabajo, pero sí me encanta quitarle méritos. El día de hoy causó sensación y yo mañana lo sepultaré como la institución que soy y cuyas líneas de Blue Collection siempre tienen algo nuevo que ofrecer.
— Eres un arrogante. ¿Cómo estás tan seguro de tu triunfo? Un día puede que tu línea fracase y no logres soportarlo.
— No es así, Luciana. Ya he tocado el barro y juré que jamás regresaré a él y confiar en mí es lo único que me llevó a la grandeza y seguiré así.
Christian llevó su taza vacía al fregadero y la lavó de una vez.
— El agua está helada, deberías contratar una muchacha.
— ¿Para que te la vuelvas a coger? Me rehúso a traerte mujeres hasta mi casa y quedar como una idiota.
— Lo digo porque nuestras manos no deberían desgastarse en deberes domésticos o, en realidad, es más por ti, porque yo no me salvo de las agujas y mis manos no son tan observadas como las tuyas. Es para nuestros propios intereses.
— Descarado.
Christian se dirigió a la ducha y se quitó la bata junto a su ropa para entrar a la regadera y cerrar con cuidado la puerta.
Aquel pequeño espacio que más bien parece una vitrina no se empañará esta vez.
Tengo una regla importante para iniciar mi día y es bañarme con agua fría para despejar mi mente antes de presentarme en Blue Collection Agency y lidiar con todos mis deberes y personal que me esperan impacientes.
Cada tercer día me levanto más temprano y voy a entrenar o correr para cuidar mi cuerpo. Me gusta mucho mi imagen como para descuidarla. La comida es deliciosa, pero mi vanidad pesa más que mi gula como para lograr abstenerme de comer platillos exquisitos todos los días.
Luciana y yo no tenemos mucho personal rondando en la casa más que guardaespaldas, porque casi nunca nos encontramos en la mansión y probablemente yo tuve en parte la culpa de la ausencia de sirvientas. ¡Ja, ja!
Estaba tan sumergido en mi mente que por un momento pasé por alto la presencia de Luciana.
Me miraba con cautela y con una discreta excitación, lo cual no niego que me complace. Por desgracia el sentimiento no es mutuo: yo no deseo tocarla y verla desnuda ya no me resulta erótico como hace años atrás, pero me divierte jugar con sus intentos de interacción.
Volteé y le permití contemplar mi figura más de cerca, no es algo que me incomode. Después de todo, para eso me cuido mucho, para no sentir vergüenza de lo que miro diariamente ante el espejo.
— A menos que traigas escondido un cuchillo, te permito entrar a hacer lo que estés pensando. Será una buena manera de iniciar la mañana, ¿no lo crees?
— No lo creo, solo vine por mi medicina para la migraña.
— Puedo cambiar la temperatura del agua si ese es el impedimento —abre la llave del agua caliente—. Te puedo asegurar que así lograré calmar tu dolor de cabeza.
Luciana lo pensó por unos minutos, sin embargo el deseo y la excitación son sensaciones que nublan el juicio de las personas desde tiempos inmemoriales.
Aceptando sus anhelos, Luciana se desvistió y entró a la ducha con Ferrer y todo comenzó con un beso, sí, un beso que desde hace meses los labios de Luciana añoraban sentir.