Blue Death

Capítulo 8

Los cálidos y suaves rayos del sol se colaban entre las telas de zafiro y bailando traviesamente sobre el pálido y demacrado rostro de Seirin. Sintió su calidez y con un gemido se revolvió sobre el sofá. Se llevó las manos a la cara, frotándose los ojos en un intento por desperezarse. Suspiró.

El silencio reinaba en la habitación, únicamente interrumpido por los suaves ronquidos que provenían de su cama aún ocupada. Jack seguía durmiendo, enredado entre las sabanas en una posición demasiado extraña e incómoda en la que cualquier persona normal sería incapaz de sentirse cómodo, y mucho menos dormir. 

Contuvo una carcajada, solo de pensar la cara contraída de dolor que tendría al levantarse. Parecía que lo hubieran exprimido como a un trapo aguoso. Sus piernas y su cabeza se encontraban mirando a direcciones distintas creando una tensión notable en los músculos de su espalda. Aun así, él seguía durmiendo como un tronco.

—Se lo tiene bien ganado —aseguró cruzándose de brazo. Había tenido que dormir toda la noche en el pequeño y a simple vista cómodo sofá. La verdad era que en cuanto volvió de su visita con Daka su cuerpo se había enfriado a tal grado que le fue difícil volver a dormir. Había pasado gran parte de lo que quedaba de la noche en vela intentando calentar su cuerpo y aquel sofá solo había conseguido hundirla entre sus frías pieles sintéticas. Finalmente consiguió dormirse por agotamiento luego de largas horas de lucha.

El suave roce de la madera llamó su atención. Petra se había colado por la puerta visiblemente excitada y llena de energía.

Seirin le indicó que no hiciera ruido. Sin embargo, su expresión ladina mostraba una evidente oposición ante sus intenciones. La sonrisa audaz de Petra no se desfiguró lo más mínimo mientras observaba la habitación con detenimiento. Parecía estar buscando algo en particular que no encontró. Sus ojos se dirigieron a su hermano que seguía durmiendo plácidamente. Alzó su mirada hacia ella interrogándola mientras esbozaba una sonrisa pícara.

Las mejillas de Seirin empezaron a calentarse y adquirieron un tono rosado muy evidente de solo imaginarse en lo que debía estar pensando esa chica. Entreabrió sus labios sin poder encontrar las palabras exactas con las que explicarle que no había habido nada entre ellos dos y que únicamente se había quedado dormido allí. Maldecía su buena voluntad. No volvería a permitir que aquello pasara, la siguiente vez que viera el más mínimo atisbo de sueño en él lo echaría directamente de la habitación. Y si hiciera falta a patadas. Lo último que quería es que hubieran malentendidos y la gente diera las cosas por sentado. Había sido una mala idea permitir que Jack durmiera allí.

Al ver su expresión de descontento, Petra entendió a la perfección lo que le rondaba por la cabeza. Decidió restarle importancia, fuera lo que fuera que hubieran hecho ellos dos debía dejarlo en su intimidad. Negó decepcionada. «Aún no debe ser el momento», pensó. 

Una sonrisa traviesa se formó en su rostro y salió corriendo dejando a Seirin estupefacta. Una carcajada estuvo a punto de escaparse de entre sus labios cuando la vio volver con un estuche de pelusilla blanca repleto de rotuladores en una mano, y un cristal grafénico en la otra.

La tecnología en Seiðr había avanzado muchísimo desde su fundación. Ni las facciones promágicas habían conseguido frenar su avance. Se había colado en la vida de los habitantes del Seiðr como un error fantasmal en sus recetas mágicas haciéndose cada vez más persistente e imparable. Hasta tal punto, que para algunos seres mágicos les era imposible vivir sin ella.

El cristal grafénico era uno de ellos. Era para los seres sobrenaturales lo que era un móvil para los seres humanos, aunque este estaba mucho más evolucionado. Era muchísimo más potente que un teléfono, incluso podía llegar a almacenar recuerdos y pensamientos de las personas. Era la viva imagen de la sintonía entre la magia y la ciencia.

 Petra le pasó algunos rotuladores y luego se acercó a su hermano. Le hizo señas para que se acercara y la ayudara, pero Seirin se negó rotundamente. Destapó con sumo cuidado el rotulador y se puso a dibujar en su rostro. Siempre con suma cautela, evitando el más mínimo desliz.

Seirin observaba la escena desde lejos. No quería intervenir, tenía una sensación agridulce en la boca del estómago que la impedía ser partícipe de aquel jueguecito de niños.

Petra mientras tanto, ya había terminado su trabajo. Se posicionó a su lado buscando un buen ángulo y cuando estuvo completamente segura alzó el cristal grafénico que empezó a destellar hasta que sus colores brillantes se difuminaron en un cálido color verde lima.

Jack empezó a removerse en la cama balbuceando cosas sin sentido y soltando algún que otro gemido de dolor.

Asustadas ante la reprimenda que se llevarían cuando se diera cuenta de su travesura salieron corriendo de la habitación intentado hacer el menor ruido posible para no llamar la atención de Jack que seguía tumbado en la cama frotándose los ojos.




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