Boarding School for Princes (internado para príncipes)

CAPÍTULO 34. El Peso del Fuego Silencioso.

El viento soplaba en las torres superiores de Elysianek. Era como si el internado mismo comenzara a temblar, no por miedo, sino por lo que se avecinaba. Las verdades enterradas salían a la superficie, y los que antes callaban ahora hablaban.

Nolan estaba rodeado.

No por espadas, ni por hechizos. Por miradas. Las de Caleb, Theodora, Blake, Eleanor, Kaito, Deus, Erkan, Harrison y Luzian. Todos presentes. Todos, ahora, sabiendo demasiado.

Ian Ralvek observaba desde el fondo de la sala, su silueta delgada como un espectro de los errores de antaño.

—No es culpa mía —dijo Nolan al fin, voz trémula—. Yo solo seguía órdenes. Había algo más grande... más antiguo...

—¡Lo sabías! —Caleb dio un paso al frente, la rabia contenida por semanas liberándose—. Nos usaste a todos.

—Nunca quise que te hicieran daño —susurró Nolan, mirando a Caleb con algo que tal vez, una vez, fue amor.

—¡Basta! —interrumpió Blake, cortante—. Esto no es sobre sentimientos. Es sobre la llave. Sobre lo que intentaste abrir.

Theodora se adelantó, con el antiguo mapa en mano.

—La pista estaba en la galería oeste. Un artefacto perdido, vinculado al sello que encerraba a Ian. Nolan lo buscaba pero no era suyo. Nunca lo fue.

Ian por fin habló, su voz profunda, como si no hubiera hablado en décadas:

—Ese artefacto… fue creado para balancear el poder de los herederos verdaderos y los impostores. Solo responde al sacrificio.

Hubo un silencio.

—¿Y tú fuiste el sacrificio? —preguntó Luzian.

Ian bajó la mirada.

—Lo fui. Y lo volvería a ser… pero no es necesario. No mientras otro esté dispuesto.

Todos giraron hacia Nolan.

Él tragó saliva. Dio un paso atrás.

—No… no pueden pedirme eso.

—No es una petición —dijo Kaito fríamente.

Por un momento, pareció que iban a obligarlo. Pero Eleanor se interpuso.

—¡No somos como ellos! —gritó—. No resolveremos esto replicando sus errores.

—No se trata de venganza —dijo Blake, con voz contenida—. Se trata de evitar que vuelva a ocurrir.

Más tarde, cuando el grupo se separó para preparar la búsqueda del artefacto, Caleb se adelantó por un pasadizo oculto en los jardines cubiertos. El suelo húmedo y resbaloso le jugó una mala pasada: resbaló con fuerza contra una raíz vieja, su tobillo torcido de forma grotesca.

—¡Agh! —soltó, jadeando, incapaz de ponerse de pie.

Blake lo encontró minutos después, siguiendo el rastro que Caleb había dejado. Se arrodilló rápidamente junto a él.

—¿Caleb? ¡Hey, mírame!

—Está roto... creo que está roto —musitó Caleb, los ojos húmedos.

Sin dudarlo, Blake lo levantó en brazos.

—Eres más pesado de lo que pareces —bromeó, intentando aliviar la tensión.

Caleb soltó una pequeña risa entre el dolor.

—Y tú más fuerte de lo que aparentas.

—Te voy a llevar con los demás. Ya no puedes hacer esto solo.

—Nunca quise hacerlo solo —susurró Caleb, apoyando la cabeza en su hombro.

Esa noche, mientras Nolan permanecía encerrado en una sala bajo vigilancia, el resto del grupo volvió a reunirse. Theodora extendió el mapa sobre una mesa redonda.

—Aquí —dijo, señalando una esquina marcada con tinta roja—. El relicario olvidado. Si el artefacto sigue ahí, será mañana.

—Y si no... —murmuró Deus.

—Entonces sabremos que aún no hemos terminado con las mentiras del pasado —respondió Ian.

El silencio se apoderó de ellos.

Una última pieza por encontrar.
Una decisión final por tomar.
Y el eco de una traición que aún ardía entre ellos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.