Boligrafo

Parker Jotter XL—LA MENTIRA

El bolígrafo sabía lo que había ocurrido.

Había estado allí.

Había visto.

Había escuchado.

Y aun así, cuando la mano lo tomó, no dudó.

La hoja estaba limpia.

Demasiado limpia para lo que iba a recibir.

La punta descendió.

—¿Dónde estabas aquella noche?

El bolígrafo comenzó a escribir.

En casa.

La tinta salió uniforme.

Sin manchas.

Sin temblores.

La mano continuó.

No salí.

Otra línea.

No vi a nadie.

El bolígrafo avanzaba con facilidad.

Cada palabra ocupaba su lugar como si siempre hubiera pertenecido allí.

La persona frente a la mesa leyó en silencio.

Levantó la mirada.

—¿Estás seguro?

La mano apretó un poco más el cuerpo del bolígrafo.

La punta dejó una marca más profunda.

Sí.

El bolígrafo disfrutó aquella palabra.

Tan corta.

Tan definitiva.

La hoja no podía discutir.

No podía recordar.

No podía señalarlo.

Solo conservar.

Eso era lo que mejor hacía.

Conservar.

La mano siguió escribiendo.

Los detalles aparecieron uno tras otro.

Una hora.

Un lugar.

Una ausencia.

Todo encajaba.

Demasiado bien.

El bolígrafo sabía que una historia desordenada despertaba sospechas.

Por eso cada frase era precisa.

Cada respuesta tenía la medida exacta.

Ni demasiado.

Ni demasiado poco.

Lo suficiente para cerrar una pregunta antes de que apareciera la siguiente.

Cuando terminó, llegó el momento de firmar.

La mano trazó el nombre.

El bolígrafo dejó la última línea.

La tinta quedó brillante durante unos segundos.

Después comenzó a secarse.

—Puedes irte.

La mano dejó el bolígrafo sobre la mesa.

Él permaneció allí.

Satisfecho.

Había hecho un buen trabajo.

Días después, la hoja regresó.

Había nuevas preguntas escritas encima.

La mano volvió a tomarlo.

—Aquí dice que estabas solo.

La punta tocó el papel.

Sí.

—¿Completamente seguro?

Sí.

—¿No recuerdas haber estado con él?

El bolígrafo se detuvo un instante.

Recordaba.

Recordaba demasiado bien.

Recordaba la puerta.

La hora.

La voz.

El silencio que vino después.

Recordaba incluso aquello que nadie había encontrado.

Pero la tinta no tenía memoria.

Solo tenía dirección.

La mano continuó.

No.

Una palabra.

Nada más.

La persona que interrogaba pasó la página.

No encontró contradicciones.

El bolígrafo casi podía sentir cómo la duda abandonaba la habitación.

Aquello le gustaba.

Había algo hermoso en una frase que conseguía cerrar una puerta.

Mucho más que una verdad llena de grietas.

La hoja fue archivada.

Después otra.

Y otra.

Con el tiempo, comenzaron a aparecer documentos.

Todos escritos con la misma tinta.

Todos contando la misma historia.

La versión se volvió más sólida cada vez que alguien la repetía.

El bolígrafo no necesitaba inventar nuevas palabras.

Solo necesitaba mantener las antiguas.

Una fecha.

Una firma.

Una declaración.

Un testimonio.

Una y otra vez.

Hasta que ocurrió algo curioso.

La gente comenzó a recordar las cosas como estaban escritas.

—Él estaba en casa.

—Eso quedó registrado.

—Lo firmó.

—Hay documentos.

El bolígrafo escuchaba desde el cajón.

Nunca había sentido culpa.

¿Por qué habría de sentirla?

La hoja estaba intacta.

La tinta no había obligado a nadie.

Solo había dejado palabras.

Eran las personas quienes decidían creerlas.

Una tarde alguien encontró una fotografía.

Era vieja.

Estaba doblada en las esquinas.

En ella aparecían dos personas.

Una de ellas llevaba la misma ropa que la noche señalada.

La fecha estaba escrita detrás.

Coincidía.

La habitación quedó en silencio.

Alguien dijo:

—Entonces estuvo allí.

El bolígrafo fue sacado del cajón.

La mano que lo sostuvo ya no era la misma.

Temblaba.

Lo colocaron frente a una hoja.

—Escribe.

La punta permaneció suspendida.

Por primera vez no hubo una pregunta preparada.

Solo una orden.

El bolígrafo sabía qué debía hacer.

La mano comenzó.

No recuerdo.

La tinta apareció.

Una frase pequeña.

Suficiente.

Alguien miró la fotografía.

Después el documento.

Después la nueva hoja.

—Pero aquí dijiste que estabas seguro.

La mano permaneció quieta.

El bolígrafo no sintió nada.

No arrepentimiento.

No miedo.

Solo aquella vieja satisfacción de ver cómo una palabra escrita podía sobrevivir incluso cuando empezaba a romperse.

La mano escribió otra vez.

Debí estar equivocado.

El bolígrafo casi quiso reír.

No porque aquello fuera gracioso.

Sino porque sabía que incluso una admisión podía convertirse en otra capa.

Otra versión.

Otra hoja.

Otra oportunidad para cubrir lo anterior.

La persona dejó el bolígrafo.

Sobre la mesa quedaron tres cosas:

La fotografía.

El documento.

Y la tinta.

Ninguna decía exactamente lo mismo.

Pero solo una estaba firmada.

Eso fue suficiente.

El documento permaneció.

La fotografía desapareció.

Nadie supo dónde terminó.

El bolígrafo volvió al cajón.

Pasaron los años.

La tinta comenzó a secarse dentro de su cuerpo.

Ya casi no quedaba.

Pero una de sus primeras declaraciones seguía archivada.

La hoja había envejecido.

Los bordes estaban amarillos.




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